Azulejos

Semáforo.

Ciudad de México

El cambio climático trae dramas y neurosis, impotencia y nueva contaminación que se suma a la común y la exacerba. Esta Ciudad de México es de una precariedad alarmante: basta una ponchadura de llanta en el periférico para colapsar las arterias. Un poco de agua —ni siquiera tanta como ha caído recientemente— para que la estupidez cunda: la torpeza es soluble. La ciudad es históricamente lacustre, pero parece gozar invirtiendo los términos: desecada en el subsuelo, inundada por arriba. Y esto ha cambiado todo.

He buscado explicaciones a ciertos fenómenos que me llaman la atención. Por ejemplo, cuando era niño, casi no pasaba día sin ver una catarina. Recuerdo incluso que tenían un raro apego por las gomas de los lápices y, en pleno salón de clases, de pronto, ahí, encima de mi lápiz, aquel milagro de bichito. Con sus variaciones: las de muchas pintas, las de pocas y las lisas, de tonos desde el rosa, naranja, hasta el rojo. A veces aparecía alguna verde con tono metálico. Hacia las afueras de la ciudad, los niños podíamos coger campamochas y, algún suertudo, dar con un insecto palo. Hace mucho que no veo catarinas, mucho menos mantis o insectos palo. Las mariposas han casi desaparecido y los colibríes parecen muchos más. Pero, ahora, la zona sureña donde vivo se ve constantemente acosada por una enorme cantidad de ardillas, de distintos tonos y pelajes, que no eran nada comunes hace 40 años, cuando, para atisbar alguna, había que salir lejos, al bosque. Al principio me resultaban simpáticas y les ponía nueces y cacahuates justo afuera de la ventana de mi baño, para incitarlas a la visita y poder mirarlas. Ya no sé cómo ahuyentarlas. Un día, mi pasta de dientes apareció roída.

Pero lo que me viene trabajando es una aparición. Me explico: hace cerca de un año, de pronto los vecinos pudimos ver una pareja de pájaros azules, muy hermosos, grandes para ser citadinos (digamos, menos anchos que una paloma grande, pero más largos), claramente de la familia de los córvidos. Fui a dar hasta el nombre, en inglés: Mexican Jay —no he hallado el nombre en español, y no es la Sialia mexicana, que es un tordo. Supuse, por el beisbol, que debía traducirlo como “azulejo mexicano”, pero cuando busqué, Google me envió a cosas de cerámica: cocina, baños, pisos. Wikipedia, en inglés, me deja el nombre científico, hasta la subespecie: Aphelocoma wollweberi potosina, y por la foto confirmo el hallazgo. Solo he visto esa pareja y, cada vez, con el mismo melancólico entusiasmo: son una belleza, pero éste no debiera ser su lugar. Cuando mucho, Querétaro, según Wikipedia.

De las pocas entradas que pude hallar, la inmensa mayoría están en inglés; solo una en español, y se trata de una de esas horrendas traducciones automáticas, hechas por software y, en vez de alguna imagen del Mexican Jay, aparece una publicidad de cremas contra la celulitis. Ya sería hora de que alguna institución (DF o UNAM, por ejemplo) pusiera un portal dedicado a la fauna de la ciudad. El gobierno de la Ciudad de México tiene una paginita, pomposamente titulada “Flora y fauna del DF” donde aparecen cuatro (sí: cuatro) especies, nada más, y ni siquiera existe la entrada en español en Wikipedia.