Arcos pintor, guerrero con aerosol

Un día, Alfredo halló una superficie lisa: el agua de las lluvias se evaporaba y el polvo del llano se desecaba y con la punta de una vara comenzó a dibujar. Era hábil para los trazos y esas ...


Hubo una vez un hombre llamado Alfredo Arcos. En su niñez fue parte del público infantil que atiborró la sala del Cine Maravillas para disfrutar las funciones triples con películas de luchadores (Santo, Blue Demon, Rayo de Jalisco, Doctor Wagner), cintas que inflamaban, empachaban a la imaginación y lo ponían a uno del lado de los buenos en su combate a los malos que amenazaban dominar al mundo.

A espaldas de la dulcería del Cine Maravillas se erigía un mural alusivo a la fundación de México-Tenochtitlán: un grupo de indígenas, al abrirse paso entre los tulares, descubría al águila posada sobre un nopal, devorando a la serpiente. Sería definitivo y definitorio para la vocación de Arcos.

Como muchos de los chiquillos que poblaron el ex lago de Texcoco, Arcos vagaba por los llanos salitrosos, se internaba en los tulares del Río Churubusco, nadaba en el famoso charco Chocolatito (o Acapulquito) y participaba en las guerras que a terronazos sostenían las diversas parvadas de infantes de crespas cabelleras, mocotes resecos en los cachetes, pantalones remendados y resortera en la bolsa posterior; andariegos de pies descalzos, se solazaban con los charcos, renacuajos, lagartijas asoleadas.

Un día, Arcos halló una superficie lisa: el agua de las lluvias se evaporaba y el fino polvo del llano se desecaba como una gelatina de fina nata sobre la cual Arcos, con la punta de una vara, comenzó a dibujar. Era hábil para los trazos, y aquellas figuras sobre la tierra chocolatosa, inspiradas en el mural del Cine Maravillas, fueron su primera expresión de arte efímero, trazos que el viento se llevó. Pero no la incipiente vocación: Arcos, hijo de reparador de calzado en la colonia Roma; cantante de rock en su adolescencia; auxiliar de su madre, dedicada a la cría de cerdos en el traspatio, nutridos con sema y salvado y maíz.

—¿Aprendiste el oficio de tu padre, Arcos?

—No, fui muy pendejo para eso. Aprendí a inhalar cemento de contacto. Mi hermano aprendió a coser balones con costura invisible. Yo vivía entre Neza y el DF, tenía como 10 años y ayudaba a mi padre. En la secundaria conocí a maestros que me impulsaron mucho. Uno era José Salinas, pintor que había sido torero y boxeador. Vivía en la colonia Obrera, donde yo nací.

—¿Le metiste con fe al chemo?

—Unas tres veces. Hasta que llegó Silvano, al que le súper encantaba el cemento de bicicleta. Todos andábamos chamagosos, con ropa sucia, y él traía sacos, buena ropa. Era del DF y lo mandaron a Neza para alejarlo de la banda; nos enseñó a pachequearnos con cemento. Oíamos música en los baldíos de la colonia Maravillas, traíamos el pinche tocadiscos y huíamos de la policía. Fuimos 10 hermanos, murieron dos.

Arcos pertenece a la primera generación del CCH de la UNAM: plantel Vallejo, 1971. Repitió un año por la pachequez; solo le interesaban materias como Expresión gráfica, Filosofía y Estética:

"Las demás me valían madre. Al finalizar el ciclo tenía 15 materias reprobadas; dejé de fumar mota, fui de lleno al estudio y me recuperé. Pero que me meto a pintor: tomé cursos en el Centro Hidalgo del IMSS, atrás de Bellas Artes, y empecé a dibujar compulsivamente. No hay nada nuevo bajo el sol. Lo que existe son los contextos".

Alfredo Arcos es un transgresor de tiempo completo y fue un feroz bebedor de cerveza, retirado a raíz de que decidió cambiar el derivado de la cebada por algo más fuerte: el formol. Pese a su fortaleza, ingresó al hospital y los galenos le salvaron el pellejo.

Desde entonces el paladar, el sentido del gusto se le agudizó; la vista fue otra, el olfato corría tras de su presa visual y la loquera que le caracterizaba se incrementó; sus propuestas han obtenido especial asilo en la calle, pero también en el Museo Universitario del Chopo y en los muros de la Fábrica de Artes y Oficios, Faro de Iztapalapa; en casas de la cultura del ayuntamiento de Nezahualcóyotl y Plaza de Armas del mismo. Pata de perro irredento, Arcos ha dado de que hablar en diversos estados y países. Postales, esculturas, dibujos, intervenciones, murales, performances, fotografía, collage, vandalismo legal sobre esculturas cívicas de la Plaza Unión de Fuerzas...

—¿Cómo descubres tú habilidad para el dibujo?

—Pues copiaba bien los Cuatro Fantásticos, Chanoc, cualquier personaje de historieta. Compraba muchos cómics o los alquilaba en el puesto de revistas usadas en el mercado de la Maravillas. Leía el Kalimán puntual. Tuve mi gran cultura visual. Leía hasta 30 cómics diarios y después los alquilaba afuera de mi casa. La comicteca estaba cabrona; no había gente que coleccionara libros, pura historieta leíamos.

En 1971 murió su padre. Embolia. Ese año Arcos fue al Festival de Rock y Ruedas de Avándaro. Tenía el pelo largo, usaba pantalones de campana, huaraches de paz y amor. Tenía entonces 17 años de edad. Un año después ingresó a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda. Se hizo ayudante del pintor, recorría las galerías de la Zona Rosa, museos, exposiciones. Posteriormente ingresó como dibujante al Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde actualmente labora.

—Los dibujos que haces para el INAH, de piezas arqueológicas, son preciosistas... Contrastan con la pintura brutal que puebla tus murales (en Neza, Londres, DF).

—Es que las piezas son muy chingonas. He visto las más importantes. En Palenque vi unas figurillas de personajes panzones en barro. Preciosas. Los escultores profesionales se van de nalgas al verlas. Esculturas impresionantes. Emocionantes. Son parte de mi alimento. Voy a cumplir 30 años dibujando piezas. No me quiero jubilar. Quiero seguir tocando esas piezas arqueológicas.

Para expresarse, nada le es ajeno. Hace lo que le viene en gana y apela a mentes sin idea del pecado para que entiendan su quehacer. Y las encuentra. Le dio por intervenir esculturas cívicas del municipio de Nezahualcóyotl: Cuitláhuac, Nezahualcóyotl, Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Sor Juana Inés de la Cruz, Benito Juárez —entre otros— han sido cubiertos con cinta canela, plástico, liso o con leyendas ("Hecho en México". "Producto de exportación"...); las hieráticas moles adquieren otro sentido, se integran de manera natural y con humor al ámbito urbano al que tanto civismo y fervor patrio asquean, producen guácara y flemas tricolores e incluso blanquiazules.

Bienaventurado Alfredo Arcos de todos los moles, chilmole del Tae Kuan Do, masiosare de lo necense, jubileo del esparadrapo que huele a skrach, suena a bongó. Arcos se ve como el raza de bronce que es, aunque sin desatenderse del mundo. Arcos pegote en el Metro, aerosol en el camión; pierce de las artes gráficas; tatuaje en el talón. Señor de las Maravillas, azote con luz neón, fogonero del video, creativo puro en aluvión, cascada, granizo, llamarada, motor en ebullición frambuesa, sandía, cemento en inhalación; gaznate de pollo, mezclilla y basura, pellejo de perro, hisopo, arcadio, sumero, guerrero, warrior con aerosol.

Escritor. Cronista de Neza