Algo enseñan los zapatos

Dime qué calzas y te preguntaré quién eres, de dónde vienes, para dónde vas que más valgas; a qué te dedicas, cómo caminas, la prisa que tienes.
Metronautas.
(Jesús Martínez)

Desde el asiento individual reservado a los discapacitados, ancianos o mujeres embarazadas, fija la mirada en el piso del vagón. Se entretiene, a falta de celular, libro o periódico qué leer, viendo el calzado de los metronautas.

Encuentra: botas de cow-boy urbano huérfano de cabalgadura; tenis para deportistas que jamás han corrido en una pista; alpargatas, huaraches para orear un rato los pies —aunque, gracias a los pisotones entre la multitud, se corra el riesgo de perder las uñas—, zapatones de minero que no conocen socavón alguno, borceguíes, choclos, calzado de toda clase, olores y colores.

Zapatos que cada quien domestica a su manera, amolda y lo deslizan por las calles de la gran ciudad, a paso cansino, a paso lento o veloz para no perder el transporte, para entrar a la oficina, al comercio, al templo, el mercado, la escuela y la fábrica, al banco o al bailongo...

Con Juan José Arreola se puede decir: “Lo único que sé es que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y flexibles eran”.

El calzado de los mexicanos urbanitas refleja la realidad de quien los porta: cenizo, luego de su paso por calles de colonias carentes de pavimento y generosas en obstáculos: piedras, zanjas, bordos resbaladizos, charcos; abrillantado, aunque al interior de los zapatos los pies se duelan por los chipoteos sobre los que se mueven, producto del desgaste de forros y suelas, y chacualeen entre sudoraciones excesivas, estimuladas por la ínfima calidad de los materiales (“úsese y tírese”) .

Zapatos mantecosos pero antiderrapantes, porque los oficios de carnicero o mecánico, con las grasas los patinan, impermeabilizan y brindan un aspecto recio pero sumamente flexible, apto para los ambientes laborales donde la caída o el resbalón suelen acontecer.

Muchos cascorros o cacles (del nahua cactli, zapato o sandalia) están llenos de cal y polvo de arena, pues la obra en construcción, tan escasa ahora, les caló hasta los tacones, juntas y costuras; o parecen sonrientes, porque la muchacha de menudos pies y falda arriba de la rodilla los mueve feliz por el besuqueo que le propina goloso el adolescente, el que desgasta las puntas de cuero o vinil parándose en ellas para alcanzar a esta grandulona, que besa y que besa la condenada.

Clava la mirada en esos serios bostonianos, cafés; alza la vista y descubre un apretado entrecejo, un hombre vestido con traje abrillantado por el cotidiano uso, que casi exclama que los zapatos le duelen y agrian el ánimo, ya de por sí acedo pues por doquier surgen problemas: que de presupuesto, que de despidos en su área, de carencias en la papelería y límites para el número de llamadas telefónicas, y los legajos que no cesan de fluir, y oiga: tanta chamba en la chamba y ni para comprar zapatos alcanza.

Zapatos de mujer a punto de reventar, porque a la señito se le han hinchado los pies de tanto andar de arriba abajo por las calles del Centro en busca del material escolar para la hija que estudia corte y confección y que no le dio la referencia exacta de las mercerías a visitar, y ya el dedo gordo punza gracias a la uña enterrada. Calzado estercolado en los enormes pies de ese recio ranchero que dejó el establo circunvecino y viajó para adquirir unos trozos de piel y herrajes para su vaca pinta y orejona, que no pasea por el prado pero sí mata moscas con el rabo, tilín-tilín tolón-tolón.

Medita y deduce: hay más zapatos que metronautas en el Metro.

Recuerda a Juan Pie, a quien por una uña mal cortada le amputaron la extremidad y quería hacerse de un puesto en el tianguis para ofertar solo zapatos izquierdos, ¿qué hago con ellos?, siempre me sobran y ya son muchos, y me da no sé qué tirarlos.

Mira, le sorprenden esos borceguísde charol blanco y negro en mosaico sobre una vasta superficie, que se arrisca en la punta redondota para mirar el rostro de su dueño: un payaso malabarista, enjuto y cariacontecido, aferrado al pasamanos del Metro con sus blanquísimos guantes, con la enorme maleta traslúcida colgada a su espalda, rebosante de chucherías que repartirá en alguna fiesta infantil.

La afilada punta y el altísimo tacón de una zapatilla dan sólido esplendor a la pantorrilla de una veinteañera, y realza el trasero, cubierto con ajustado vestido verde esmeralda, fiestero. Desvía la mirada y la posa en sandalias juveniles, alpargatas, babuchas que cubren pies anchos-anchos, asilan pies de tamal, masculinos y femeninos, tan frágiles ellos pese a su gordura. Colije que los zapatos blancos y con suela de goma sirven para que los enfermos no se sobresalten, si ellos andan con la prisa del mundo encima del cirujano, la enfermera, el practicante, la seño del aseo siempre en acción.

Una imagen le viene a la cabeza: la del atropellado por un cafre que se dio a la fuga y allí dejó el cuerpo tendido, a la espera de cuatro veladoras y una sábana blanca que cubra el cuerpo descalzo, mientras arriban el Ministerio Público y la ambulancia del servicio médico forense. El atropellado no se va con los tenis por delante: por lo común el impacto se los desprende y algún alma caritativa los rescata y pone al lado del difunto.

Advierte pares de cacles díscolos, que tuercen la punta de la nariz y aunque quieran enderezarla nomás no pueden, porque un juanete se interpuso en su camino y los deforma; se solaza con aquellos coquetos, con su moñito en el talón, o elegantes porque sobre el impecable color negro relumbran molduras de oro y chapetones; algunos botines con fieros fierros ortopédicos, que anuncian a un enfermo de los pies que porta una charola de plástico para atender a quienes se desprenden de alguna moneda y se la brindan; le cautivan los zapatos que adivina cautos y olisqueantes, como sabuesos que conducen por seguros resquicios a quienes carecen de la vista; y considera golfos a los que atacan a las zapatillas con toques lúbricos, incitándolas o arrancándoles un brusco movimiento de coraje por el hostigamiento, advertido por los demás zapatos, que inquietos se remueven o afianzan para mantener el equilibrio en tan movidos días.

Días en que uno fija la vista en el calzado de nuestros compatriotas para ver cómo los trata la vida y sus trotes o carreras relajadas, o en sosegadas caminatas luego de la misión cumplida.

Así se entretiene día tras día, a falta de celular, libro o periódico qué leer, viendo el calzado de los urbanitas en estos días en que hay que mirarse a los pies para no perder la cabeza, y en nuestros pies la pobreza, la humildad, el confort, la diligencia, el azoro, la acción: el deporte, y no pocas veces ¡la conchotooota! reflejada en los zapatos, que ya con calma nos encaminan de retorno al hogar, dulce hogar, donde los pies ya descalzos se estiren a sus anchas y sean apapachados, sobados (ya de perdis)…

*Escritor. Cronista de Neza