Adiós a Vértiz

Lo que pensó delirio, un día se presentó frente a ella: se quedó sin casa. Quizá era una broma, no habían vendido el predio... pero el administrador no peleó por ellos.
Cajas.
(Jesús Martínez)

Ciudad de México

Comienza a pensar que nunca podrá tener una casa, ese sentimiento jamás desaparece. Paredes verdes, la perilla de la puerta moviéndose, la grieta junto al buró carcomido por las polillas. Presiona cualquier botón del teléfono para ver la hora, dos cuarenta y cinco de la mañana. Despertó, agitada, trata de reconocer el espacio. Está sola. Se levanta, las paredes todavía son blancas, aquellas paredes verdes eran parte de una pesadilla. Un espacio amplio, ventanales de pared a pared, sigue ahí ese edificio color ladrillo que está en ruinas. La perilla sigue moviéndose. Nada. Los gatos, son ellos, mueven la perilla alzando las garras en la obscuridad. Todavía es su departamento en Dr. Vértiz. Ellos saben abrir, vaya, ciertos animales sin duda son más inteligentes que algunos seres humanos. No es 1998, la noche anterior trató de empacar cientos de libros sin éxito. Polvo, demasiado polvo. Basura, botellas, mentiras, cartas que rompe y escupe, fotografías arrugadas junto a las botellas vacías. Tira también aquellas libretas con interminables quejas sobre la nada. Piensa que no es buena idea quejarse, así que las tira. Prende la luz del largo pasillo. Una gata la observa trepada en una de las ventanas. Pasa junto a ella, está cazando monstruos imperceptibles para la vista humana, ellos flotan, duermen, los atrapará cuando sea el momento. Abre, se asombra, recuerda el vacío que ya no existe. Observa la enorme habitación, la duela cruje, vorágine de papeles, hojas manchadas de vino barato y caro, cerveza, lágrimas. Interminable desorden que desearía enviar a dimensiones inexistentes. Sepultar todo en bolsas negras, como los muertos que nadie reconoce y que se van a la fosa común. Encontró tantos tickets de una vida que ya no le pertenece, lloró. Las maletas no soportarán el peso de los libros, la noche anterior rompió una. Duele, no grita, no llora como en los primeros días. No puedes entenderla, nadie puede entenderla. La pérdida es un asunto íntimo. Perdemos todo el tiempo. Cuando por fin creemos avanzar, algo se pierde, algo se muere, algo entibia nuestra apacible forma de estar en el mundo. Habló con la vecina, no tiene adónde ir. "¿De verdad es tanta la ambición cuando hay dinero de por medio? No tengo nada, para ellos no tengo nada, soy una jodida para ellos. Lo que tengo en mi corazón me apartará de tanta miseria", su rostro es dulce, curtido por el dolor de los que han perdido todo, ella está tratando, luchando por apartarse de la mierda. Piensa que su corazón la mantendrá apartada de tanta miseria ambulante que apuñala una ciudad caótica, sucia, hermosa, arde, se muere lentamente, es posible, así que seguiré ese consejo. Vuelve a reparar en la belleza del patio, lo eligió porque era largo, imaginaba que su abuelo entraría caminando un día, le parecía que había luz, mucha luz, un sol bañando la estancia, el silencio. Su vecino: editor, maestro, amigo. Nunca le faltaría un vodka en la madrugada, entre libros, risas, entre amigos, pese a la ambición desmedida, nada de eso podrá borrarlo el dinero: un dios inservible cuando el alma está podrida. Y el gato pardo, no quiso salir al patio nunca. Piensa mucho en él, piensa en su madre. Piensa en lo cerca que está su vida del año 1998. Evade, vuelve a tomar una caja, acomoda algunos libros. Pasan de las tres de la mañana. No hay consuelo. Tres meses de angustia. Atrapada en una búsqueda imposible, ratoneras obscuras, el peso de la crisis, las rentas elevadas. En su desesperación buscó un departamento en La Merced, quizás queda algo de las cosas maravillosas que le contaba su padre, quizás queda algo bello entre tanta mugre. Fue de noche a ver la zona, una ciudad perdida la hizo reconsiderarlo. Pensó también en la escalera obscura, en la sombra que le pareció ver cuando visitó ese departamento. En la cara de dolor de aquella muerta imaginaria en la tina sucia de moho, eso la hizo retroceder en su elección. Caseros, inmobiliarias, administradores, sin sentido común, quizás están muertos y no lo saben [no aceptamos mascotas, no aceptamos niños, no aceptamos cartas de trabajo, queremos recibos de nómina de los últimos dos años. Necesitamos que se pague la póliza jurídica. Te voy a investigar, te costará 2 mil pesos, no puedo regresarte el dinero si no considero que eres la persona adecuada para mi departamento. Tienes que pagar el agua del edificio, no importa si eres una persona, se divide por departamento, no, no importa si eres sola, me pagas lo de las familias, porque aquí pagamos todos, justos por pecadores, no puedes poner medidor individual. La luz no la pagamos desde hace tres años, damos mordida, nos toca de a 500 pesos por cada departamento al mes, son ocho departamentos, no es tanto si haces la cuenta por un año, nos vamos turnando el mes, te tocaría dentro de dos meses. ¿Qué?, no, no te puedo aceptar ese fiador, busco fiadores en Benito Juárez, Coyoacán o Miguel Hidalgo, excepto la colonia Pensil. Busco personas que ganen 25 mil pesos al mes. Así te lo entregamos, tú lo pintas, la instalación eléctrica está mal, si no quieres que se descompongan tus aparatos la puedes cambiar, desgraciadamente no te la podemos descontar de la renta. No se permiten las reuniones en áreas comunes. Es que está colonia está subiendo mucho, ya es casi la Roma, por eso rento en 6 mil pesos, no, no puedo rentarlo más barato].

Ha gastado mucho dinero en llamadas, se siente abrumada. Dobla los periódicos sobre la mesa, servirán para envolver los vasos que tiene, son muy pocos, nunca tuvo licuadora, tampoco lavadora. Dos mesas, una la quemaría, no tiene valor. Muchas veces se sintió abandonada e invisible en una habitación diminuta con olor a cucaracha y desinfectante. Tomó todos esos empleos mal pagados para sobrevivir sin depender de nadie. Nunca pidió favores cuando estaba sola y hambrienta. Pensó en los jodidos débiles que jamás podrán afrontar su vida sin llamar a alguien para que solucione su existencia. Pensó en lo que le dijo su padre: "Si no sabes qué hacer cuando has perdido todo y piensas que quizás alguien pueda ayudarte: no estás lista para vivir". Al mundo le falta actitud. Piensa eso mientras baja las escaleras, cierra, pone un candado, adiós Vértiz, quizás su departamento será una piscina, piensa en las personas que habitarán ahí, piensa en los siete pisos y las dos torres de departamentos que ocuparán la vida de Carlos, Alma, su esposo, sus hijos. Emmie, su padre, su hermana. Piensa en Lolita, en el esposo enfermo, en su hijo, enfermo también. Alejandra, Tomás, personas dulces y honradas. ¿Quiénes ocuparán sus vidas?, piensa en todos los que se fueron. Coco era tan alegre. No puede evitar pensar en aquella noche que imaginó un río mientras regresaba de una fiesta, se sentó en el tinaco azul del patio, le pareció el sonido de un río que corría entre su memoria y el vino. Y los recuerdos de ese patio siguen suspendidos mientras trata de empacar inútilmente cientos de libros. Las puertas cerradas, todos esos días que pasaban por su existencia en ese lugar, se convirtieron en memoria. La nada tiene una filosa forma de marcar, de descuartizar la belleza, todo se volvía recuerdo, cada libro en la caja era un segundo menos. Piensa que el presente no debería existir, porque el presente es ahora una dolorosa cicatriz cruzando su rostro. Su olvido, piensa también en él. En la pesadilla, el musgo, un musgo verde atrapaba las paredes, después todo se volvía ambarino, así eran sus pesadillas de las últimas 14 noches. El musgo cubría todo el predio. Ese sentimiento de horror se convirtió en un sueño muy cercano, todas las mañanas felices se volvieron sueños insoportables. Lo que pensó delirio, un día se presentó frente a ella: se quedó sin casa. Quizás era una broma, no habían vendido el predio, el administrador rompería el esquema de injusticia y pelearía por ellos como lo haría un hombre de honor, defendiendo a las personas que le dieron sustento. No sucedió, existen cosas que el dinero jamás podría pagar. Un día, ella empezó a ver las puertas cerradas, los niños ya no reían en el patio, extrañó el ruido, también al gato gris que la visitaba. Vértiz #185 sepultado, destruido, jamás derrotado. Hoy debe irse, esa mujer que cruzó la puerta de un departamento luminoso no existe, no queda nada. Comienza a pensar que esa siempre será su casa. m

*Novelista. Autora de Señorita Vodka (Tusquets).