19 testigos del terremoto del 19-S en la Ciudad de México

El equipo de Milenio Digital narra su experiencia durante y después del sismo en este rompecabezas plagado de miedo, paranoia y tristeza, pero también de esperanza y solidaridad.

Ciudad de México

Quienes trabajamos en Milenio Digital difícilmente plasmamos nuestra intimidad en la página en blanco. Nuestro trabajo es ser objetivos, pero nuestra pasión por contar historias a veces exige contar la nuestra. Escribir sobre el terremoto del 19 de septiembre fue, para nosotros, una forma de sobrellevar el estrés, la paranoia, el miedo. Por eso, este texto es también una invitación a que nuestros lectores cuenten la suya.

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—LA PESADILLA EN EL SEXTO PISO—

13:14 horas en el sexto piso de un edificio en el Centro. El primer golpe. ¿Qué pasa? ¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica! Todo se mueve con fuerza. Pierdo el control de mis pasos. ¡No corran! Algunas lloran, alguien grita. ¡Tranquilos! Nos abrazamos. Las sillas van de un lado a otro, las pantallas también. Se va la luz, caen las lámparas y las computadoras. Diez o quince personas nos aferramos a una pared. No vamos a salir, el edificio va a caer. Se detiene. Nadie está herido. No hay tiempo de procesar lo que sentimos. ¡A trabajar! A contar la historia de quienes no tuvieron la misma suerte.

[Rosalía Solís | Editora de Home]

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"Me salí de mí misma y no he vuelto. Ninguno de nosotros lo ha hecho"

El sonido de los dedos sobre las teclas se detuvo en la redacción. El abrupto movimiento de la silla en que estuviste sentado hizo que miraras a otros. ¿Qué fue eso? Te escondiste debajo del escritorio. El soundtrack de ese momento en que trataste de no pensar lo peor fue la alerta sísmica, llanto, gritos y la palabra tranquilo. Al salir, viste la tragedia: construcciones colapsadas, muertos, heridos, desaparecidos. Intentaste no llorar. ¡Sobreviviste! Aun así lloraste. Viste otro México, un país unido y solidario.

[Jesús Badillo | Editor de Policía]

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¡Nos vamos a morir aquí!, fue lo primero que pensé cuando el edificio comenzó a moverse como gelatina. Nunca había sentido tanto miedo y eso que le di la espalda a la destrucción; la pared era mi única vista. Al fondo escuchaba el ruido de las lámparas que caían, cómo se movían los muebles y el crujir del edificio. De vez en cuando volteaba a ver a mis compañeros. Sólo había dos escenarios en mi mente: que la pared nos cayera encima o que el piso nos tragara. Pedí que todo terminara pronto. Entre el caos, el miedo y algunos gritos, encontré una mano que aguantó que la apretara con todas mis fuerzas. Me sentí bendecida cuando el sismo acabó.

[Adriana Anguiano | Editora de Estados]

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No pensé nunca en morir. Al contrario, mientras las sillas rodaban de un lado a otro y las lámparas se desplomaban por encima de nuestras cabezas, yo veía el caos embelesada. Asombrada y curiosa, veía el movimiento como en una especie de fascinación de quien descubre algo aterrador.

En ese momento algo se rompía dentro de la ciudad y en cada uno de nosotros. Me salí de mí misma y no he vuelto. Ninguno de nosotros lo ha hecho.

[Ana Estrada | Editora de Home]

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Escribía sobre el simulacro que, dos horas antes, se había realizado en la Ciudad de México. Sonó la alerta sísmica, pensé que se trataba de un error, pero al sentir el suelo temblar confirmé que el equivocado era yo. Mientras caminaba a una pared cercana, pedía que el edificio no colapsara. Mis pies se hacían a la idea de que en cualquier momento estaría bajo los escombros y hasta imaginé mi caída. Vi a mis compañeros: unos lloraban, otros pedían guardar la calma. No importa, todos somos iguales ante la tempestad.

[Iván Ramírez | Redactor]



—SIN MIS HIJOS. SIN MI FAMILIA—

Cuando empezó el vaivén en el sexto piso de Milenio, el equipo web gritó: ¡está temblando! Aunque las lámparas se zafaron y sacaron chispas, los muebles obstruyeron los pasillos y una capa de polvo cubrió las computadoras, lo primero que hice fue preguntar "qué magnitud dice el Sismológico, la nota”.  Entonces la angustia me inundó: ¡mi hijo! Me tomó casi una hora hablar con él, me platicó que no se asustó: "¿por qué no llegas a casa, mamá?". Aguanté las lágrimas dos días, pero lloré por los niños del Rébsamen y por sus papás, por los muertos que cada día eran más, por la Portales, donde hace casi 6 años nació mi hijo y donde quería vivir siempre.

[Natyelly Meneses | Editora de Home]

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“El edificio se va a caer”, fue el pensamiento que se incubó en mi cerebro mientras se cimbraba el sexto piso de Morelos 16. “El edificio se va a caer”, pensé mientras se desprendían lámparas del techo y veía caer las computadoras. Pero yo estaba tranquila. Sabía que estar en el último piso me daba la posibilidad de salir más rápido de entre los escombros para ir a buscar a mi hija de 7 meses. ¡Mi hija!

 Yo rezaba para que mi mensaje saliera del celular... y salió.

—¿Cómo están?

—Estamos bien —escribió (¡por fin!) mi suegra.

“El edificio se iba a caer”, pero no importaba. Leire, mi hija, estaba a salvo.

[Miriam Castro | Editora de Negocios]

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Estoy sentada en el sillón de mi sala. Me encuentro sitiada, mi colonia se derrumbó. Pienso que debería estar afuera cargando cascajo, alimentando a los voluntarios o ayudando a mis vecinos. Volteo al otro lado del cuarto y veo a mi hermano durmiendo, tan pequeño y frágil. No puedo moverme, hoy fui egoísta. No puedo dormir, quiero que amanezca. Deseo salir y unirme a mi gente, hacer mi trabajo e informar, pero también levantar piedra y ayudar. La noche será eterna.  

[Andrea Echavarría | Editora de Internacional]

 [Una cadena humana pasa víveres de mano en mano, en los días posteriores al terremoto | Foto: Jorge Carballo]

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Segundos antes de que empezara a sonar la alerta sísmica se sintió el primer jaloneo y al instante supe que venía algo muy fuerte. Hubo un momento, lo confieso, en que pensé que ahí acabaría todo. No soy creyente, pero mentalmente encargué a mis dos hijas a lo que sea que esté allá afuera. Lo más duro vendría después: regresar a ese mismo edificio de seis pisos que en mi mente seguía bamboleándose. Y, en casa, ser recibido por una notoria grieta en una pared: el desastre había pasado por mi puerta y me había dejado un mensaje: no somos dueños de nada y no tenemos control sobre nada. Eso puede ser terrible o tremendamente liberador.

[Francisco Masse | Editor de Tendencias y Cultura]


—MI CIUDAD—

Una coincidencia macabra —32 años después— erizaba la piel de más de uno. El 19 de septiembre de 2017 conocí a México. los edificios se hicieron polvo y miles de corazones estaban destrozados.  Pero ahí, en el dolor, había miles de mexicanos dispuestos a demostrar que los mexicanos somos de una madera especial, que ante la tragedia sólo sabe ser solidaria. Recorrí más de 20 derrumbes. Jamás me sentí tan triste, tan roto, tan pequeñito. Y al mismo tiempo, jamás sentí tanto amor en las calles de mi ciudad. Jamás sentí tanto orgullo de ser mexicano.

[Mario Fragoso | Community Manager]

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Nací en 1993 en un hospital de Villa Coapa y he vivido ahí desde entonces. Ocho años antes, un terremoto había devastado la ciudad, pero esa zona resistió intacta. Crecí creyendo que vivía en la zona más segura de la capital. El terremoto de hace una semana sacudió la tierra pero también mis prejuicios. Vi las locaciones de mi infancia, las calles que había recorrido incontables veces, en agonía: una plaza comercial al borde del desplome, un gimnasio —que yo mismo visitaría esa noche— convertido en acordeón, edificios de una universidad con aspecto de refugios en zona de guerra.  Mi barrio ya no es el lugar intocable que conocía.

[Ángel Soto | Editor de Cultura]

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Jamás sentí tanto amor en las calles de mi ciudad. Jamás sentí tanto orgullo de ser mexicano.

Tengo una imagen borrosa en la cabeza. Agazapado, resistí bajo el marco de la puerta  de madera de mi cuarto que no dejaba de crujir. Era como estar en un barco con las velas rotas en medio de la tormenta. Desde Jardín Balbuena caminé a toda prisa a casa de mis papás en la colonia Obrera. Los radios de los locales entre Chabacano y San Antonio Abad daban las primeras noticias: edificios y casas derrumbadas. La gente se estremecía al escuchar. En forma de nubes de polvo, las horas negras se habían cernido sobre la Ciudad de México.

[Alberto Evangelista | Community Manager]

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La lámpara se movía como si tratara de escapar por donde le fuera posible. Las paredes tronaban y el espejo vibraba. El movimiento cesó, pero el olor a gas se hizo presente. Estaba en la Roma Norte. Emprendí el camino hacia el Centro. Cerca de Reforma 222, un señor tocaba tocaba el claxon de su motoneta: Pi,Pi, Piii. “Qué inconsciente”, pensé. “Perdón que toque —dijo él— estoy buscando a mi familia”. Media cuadra más adelante el señor abrazaba a su esposa e hija; los tres lloraban.

[Paula Muratalla| Community Manager]

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Tac tac tac. Se escuchaba el taconeo de los zapatos de flamenco en el salón de danza, desde el cual se tenía una vista espectacular del Tec de Monterrey Campus Ciudad de México. El sonido de la alarma sísmica canceló esa percusión. A lo lejos escuché que algo se derrumbaba pero todos estaban más preocupados por las lámparas que amenazaban con caerse. Había plafones caídos, grietas en las escaleras y por todas las paredes. Ya en la explanada, un alumno gritó: “se cayeron los puentes”. Nadie lo había notado.

[Jesús Alejandro Sánchez | Editor de Política]

 [Vista de Galerías Coapa, centro comercial al sur de la ciudad | Foto: Paola García]

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En la glorieta del Ángel de la Independencia había miles de personas desalojadas de los grandes corporativos. Casi todos trataban, sin éxito, de hablar por celular. En la esquina de Reforma y Río Tíber al menos 30 personas hacían fila en tres  teléfonos de monedas y tarjetas. Mientras esperaba mi turno, una chica de unos 16 años —apenas diez años más joven que yo— me preguntó cómo utilizar el de tarjeta. A mi explicación respondió con un "gracias, señora". No era momento de mostrar indignación por esa nimiedad.

[Fernanda López | Editora de Ciudad]

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Mi novio sale temprano de la casa. Nos despedimos: un beso, un te amo. Yo voy al trabajo en Metro. A la 1:14, el tren se sacude, se frena a mitad del túnel. Todas nos miramos con risa nerviosa. Alguien dice “Puta madre está temblando”. Una chica llora y grita por su mamá.  Padre Nuestro que estás en los cielos reza una señora. Otra chica intenta abrir las puertas con las manos. El chofer la frena, le dice “Es más seguro aquí”. No tengo servicio en el celular. Entra una llamada, es de mi novio. Le digo que estoy bien, él me responde igual. Se corta la comunicación.

[Roxana Herrera | Editora de video]

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Esperaba el inicio de mi clase cuando la alerta sonó. Todos salieron en orden, yo comencé a grabar y después abandoné el salón. Una hora después vi la magnitud del desastre. Una lágrima salió de mi ojo, en ese momento supe que tenía que hacer algo. A una semana del sismo, seguimos heridos pero no derrotados.  

[Diego Palacios | Redactor en ¡Hey!]

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Arreglaba mi ropa para bañarme cuando sentí un mareo, que pensé era por la gripe. Escuché la alerta sísmica y mis nervios volvieron pesadas mis piernas. Corrí a ver a mi familia al tercer piso de la casa. Mi madre lloraba mientras abrazaba un marco, mi hermano intentaba bajarla por las escaleras, mi padre se cayó. Todo, mientras crujía la casa que mi abuelo construyó hace más de 30 años. Al escuchar las ambulancias y los noticieros recordé aquel 19 de septiembre, el de 1985. Entonces iba a cumplir 3 años. Ahora sentí el miedo de perder a mis seres queridos ante la fuerza de la naturaleza.

[Eduardo Suárez | Redactor]

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Después del sismo vi a una sociedad que buscaba cómo ayudar, pero también gente que difunde rumores que se viralizan con facilidad. Muchos comparten, sin verificar, aquello que suena urgente. Como sociedad, tuvimos que aprender cómo seleccionar y verificar la información. Un día después del sismo, los tuits y posteos tenían fecha e información de contacto.

[Gustavo Herrera | Chief Data Officer]

 [La ayuda pasa de mano en mano | Foto: Jorge Carballo]


RSE|ASS