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Martes , 25.09.2018 / 05:01 Hoy

Alemania, el bólido de acero, el látigo de hierro, contra el México de un fanfarrón y 23 soñadores…

México va a perder con Alemania y quizá pierda muy feo
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Voy a explicar las razones de ese atropello, pero primero permítaseme narrar cómo conocí a la selección alemana de futbol, cómo la odié, cómo la padecí, y cómo ocurrió que después la respeté, valoré y admiré…

*****

LA MAQUINARIA.

La última vez que cubrí un Mundial fue hace muchísimo tiempo: ocurrió 32 años atrás, en el México 86. Yo ya no era reportero de Deportes, sino de Información General, pero el gran Ramón Márquez, finísimo cronista de asuntos especiales, en particular de temas policiacos, además de extraordinario periodista deportivo y jefe de la sección en aquel antiguo unomásuno, donde yo había dado mis primeros pasos reporteriles bajo su tutela, me llamó para que cubriera el grupo D, de Alemania, Dinamarca, Escocia y Uruguay.

Dinamarca jugó bellísimo, vertical, alegre, siempre la ofensiva, y ganó el grupo luego de pegarle 2-0 a Alemania. Sí, 2-0 a Alemania. Después perdió en octavos con España, que resistió todos sus embates, salvo uno, y la liquidó 5-1 con cuatro goles de Emilio Butragueño. Los escoceses y uruguayos fueron equipos-maceta, selecciones de decoración.

Como los reporteros seguíamos a nuestros equipos hasta donde llegaran en la competencia, de la mano de Alemania me metí a la final de aquel Mundial, partido jugado en el estadio Azteca contra la Argentina de Diego Armando Maradona y Jorge Valdano.

En el Grupo B estaba México, que en el Azteca venció 2-1 a Bélgica, empató 1-1 con Paraguay, y apenas ganó 1-0 a Irak. Lo menciono aquí porque más adelante me toparía con el Tri, pero vuelvo a mi grupo, cuyos partidos, los de Alemania, se dieron en Querétaro, en el entonces flamante estadio La Corregidora. Yo me concentré un mes en una casona del centro queretano, porque mi encomienda era no despegarme de Alemania, que tenía su sede en la bellísima Mansión Galindo de San Juan del Río, una hacienda del siglo XVI, sobre la cual algunas leyendas afirman que Hernán Cortés se la construyó y regaló a Doña Malinalli, a Doña Marina, a La Malinche.

Ramón Márquez me había escogido para que me encamara con Alemania porque dos años antes, en 1984, cuando yo todavía estaba en Deportes, me había ido muy bien en una entrevista exclusiva que afortunadamente me concedió Franz Beckenbauer. El Káiser alemán fue muy generoso conmigo: me respondió todo lo que tímidamente le pregunté durante el tiempo que quise. Me miraba con diversión, supongo que porque yo era un mocoso de 21 años que procuraba hablar solemnemente cada vez que le hacía una pregunta al ídolo futbolístico, ese personaje de mirada penetrante que francamente imponía con su elegante porte y seducía con su sobrio pero elocuente hablar.

Franz Beckenbauer no sólo era Franz Beckenbauer, aquel finísimo líbero (con él se creó ese concepto -líbero-, el del zaguero que no solo corta ataques rivales, sino que sale libremente orquestando el juego de su escuadra y muchas veces se convierte en un letal atacante más: en su debut en un Mundial, en Inglaterra 66, marcó 4 goles); así que no solo era Beckenbauer, aquel campeón del mundo en 1974, tres veces ganador de la Champions con la camiseta del Bayern Munich, dos veces Balón de Oro en Europa, y catalogado como el tercer mejor jugador del mundo en el siglo pasado, por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Futbol (el primer lugar lo ocupó Pelé, el segundo Johan Cruyff, el cuarto Di Stéfano y el quinto Maradona); no, Beckenbauer no era nada más ese crack de enciclopedia deportiva que parecía levitar con destreza por el césped de los estadios con un donaire aristocrático inigualable, sino que ya era el entrenador de Alemania, el técnico que haría subcampeón a su equipo en el ‘86, y que cuatro años más tarde lo encumbraría como campeón en Italia 90.

Así que por eso me escogió mi querido Ramón, porque creyó que gracias a Beckenbauer, y a ciertas actitudes temerarias que tenía yo, me metería hasta el hotel de concentración de Alemania; vaya, hasta los pasillos del lugar, hasta la alberca del sitio, hasta la cocina, hasta las puertas de las habitaciones de los jugadores. Y con gran dosis de suerte, así fue: se publicaron en el diario algunas croniquitas sabrosas sobre lo que decían y hacían los alemanes, incluido un escándalo con mujeres que por algunas horas y días cimbró la concentración y la prensa alemana.

Pero bueno, más allá de las travesuras de alcoba de la escuadra de Rummenigge, Rudi Völler, Olaf Thon, Lothar Matthäus, Littbarski, Briegel, Brehme, Berthold y Schumacher, y otros nombres y apellidos de alcurnia futbolística, aprendí a entender, respetar y admirar a los futbolistas de Alemania, a sus entrenadores, y sobre todo su filosofía y sus conceptos de juego, que van más allá de las generaciones y que perduran, con mayor o menor éxito, a través de los mundiales.

Años atrás los había odiado: en 1978, durante el Mundial de Argentina, cuando yo apenas tenía catorce años, Alemania vapuleó 6-0 a México. Lloré. Solo quienes aman el futbol entienden eso de llorar de tristeza y dolor por un partido de futbol, de derramar lágrimas de alegría por una victoria, de acabar afónico en los estadios con un padre, unos amigos, o unos hijos. Y aquel 6 de junio de 1978, justamente hace 40 años, lloré mucho. Odié a los alemanes. Los aborrecí durante un buen rato (México también perdió 3-1con Túnez y 3-1 con Polonia, un vergonzoso papelón).

Los alemanes ya de por sí me habían caído mal cuatro años atrás, en 1974, año en el que vencieron en la final del Mundial de Alemania a la admirable Holanda de Johan Cruyff, la Naranja Mecánica que por aquellos años nos cautivó a tantos niños del mundo gracias a su elegante y vertiginosa forma de juego, que era de filosofía libérrima en todo el campo de futbol.

En el 86, ahí en la Mansión Galindo, empecé a observarlos en los entrenamientos. Empecé a escucharlos con detenimiento. Un veterano periodista alemán fue mi maestro en la asignatura de comprensión futbolística teutona. Fue un mes de estudiar minuciosamente ese equipo y sus selecciones anteriores, desde la que se formó en 1970, cuando los vi caer 3-4 en el Mundial de México, en una emocionante semifinal de volteretas contra Italia, que luego perdió 4-1 la final contra Brasil.

Aprendí y asimilé que Alemania es una finísima maquinaria de precisión, una estupenda orquesta que jamás, ni en sus derrotas, ni en sus peores tiempos, desafina ni traiciona su filosofía de desgastar, depredar y aniquilar al rival con una, dos, tres o diez acometidas (ataques, abordajes masivos de medios, defensas y delanteros), previamente concebidas a lo largo de una veintena de pacientes demoliciones (ocasiones frustradas a los rivales). Alemania siempre es, aunque pierda, una extraordinaria obra de ingeniería.

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LA TRAGEDIA MEXICANA.

Después de quedar segundo lugar en su grupo (empató a 1-1con Uruguay, apenas venció 2-1 a Escocia y, como ya redacté, cayó 0-2 con Dinamarca), Alemania fue vapuleada por los periodistas de su país. Las críticas a los futbolistas y al novato entrenador Beckenbauer fueron durísimas. Tenían razón los colegas: Alemania jugaba mal. El equipo venía de ser subcampeón en España ’82 (perdió la final 1-3 con Italia), pero varios de los jugadores ya iban de salida en México, ya estaban en decadencia, ya no llegarían al siguiente mundial, y se mostraban displicentes, arrogantes. En octavos de final Alemania apenas venció 1-0 a Marruecos, jugando francamente feo. Y se los comieron de nuevo los periodistas.

Ya estábamos en Monterrey, donde vendría una tragedia mexicana: en cuarto de final, Alemania se enfrentaría a México, que en octavos había vencido 2-0 a Bulgaria.

México tuvo todo para ganar. Mal partido, pero México fue levemente mejor; sí, jugó mejor ante una Alemania sofocada por el calor veraniego de 39° grados, con una abrasante sensación térmica de 44° grados. Nunca el Tri tuvo mejor oportunidad de llegar a una semifinal.

En el minuto 24 del segundo tiempo el árbitro colombiano Jesús Díaz Palacios le anuló un gol al ‘Abuelo’ Cruz, que acababa de entrar de cambio, por una supuesta falta, un empujón de Javier Aguirre contra el defensa Andreas Brehme, que solo vio el silbante, porque el alemán estaba a más de dos metros de donde Cruz remataba, luego de una serie de rebotes, incluido un disparo al larguero, posteriores a un tiro de esquina.

Brehme se tiró al piso al ver que no llegaba para impedir el gol, justo cuando sintió el contacto de Aguirre. El silbante se tragó el drama, aunque la supuesta falta no influyó nunca en el desarrollo de la jugada.

Cuatro minutos antes Thomas Berthold, también defensa, había sido expulsado. Era el minuto 20 del segundo tiempo y se fue con una tarjeta roja directa, pero México ya no aprovechó su ventaja numérica luego del gol anulado al Abuelo: no sacó ventaja del derretimiento de los alemanes, que sobrevivían el infierno gracias a su estoicismo.

El caso es que México tuvo todo para triunfar, pero el partido terminó 0-0.

A Alemania le bastó ser la peor Alemania, dura, sin brillo, pero eficiente: resistió impertérritamente con un hombre menos hasta el minuto diez del primer tiempo extra, cuando Aguirre fue expulsado, también con roja directa.

Sudaban y sudaban y parecía que esos titanes alemanes se evaporarían, pero no. Alemania fue imbatible y se mostró letal cuando tuvo la posibilidad de anotar, justo en el lugar que sabía que obtendría la victoria: en los penales. Arte de la guerra. Hay que llevar la batalla al terreno donde se puede ganar. Ahí, a dos mexicanos les temblaron las piernas y la cosa acabó fea, 4-1: Manuel negrete acertó pero los disparos de Fernando Quirarte y Raúl Servín fueron atajados. Klaus Allofs, Andreas Brehme, Lothar Matthaeus y Pierre Littbarski fusilaron a un impotente portero mexicano, de nombre Pablo Larios.

Alemania estaba en la semifinal sin merecerlo, jugando aparentemente a nada, pero sin dejar de ser eficiente a la defensiva y en el medio campo para frustrar una y otra vez al rival, y México perdía la oportunidad de llegar a esas instancias.

No odié a los alemanes. Abominé al árbitro y a los mexicanos por su falta de atrevimiento ante sus rivales debilitados.

De los alemanes admiré su reciedumbre, su inquebrantable voluntad de no renunciar a su esencia y a su filosofía, inclusive en una olla ardiente donde parecía que los lincharían: ellos tocaban y tocaban el balón con eficacia, incluso si ya no podían llegar a concebir sus tradicionales ataques velocísimos y contundentes.

En la semifinal acabarían 2-0 con Francia, jugando bastante mejor, sin rozar esa excelsitud del Mundial de 1974, o del de 2010, pero con un carácter indomable, fiel a lo suyo: una maquinaria de eficiencia colectiva más allá de la brillantez individual, donde cada jugador sabe qué tiene que hacer, porque hay un concepto claro de a qué juega el equipo en lo colectivo.

Y sí, Alemania juega a aniquilar a los enemigos a través de tres armas poderosísimas y perennes a lo largo de su historia, con matices de estilo según la época, sí, pero con el mismo gen exterminador:

1.- El acero. La frustración del contrario, que se siente impotente cada vez que la media y la zaga alemanas impiden a los rivales orquestar un juego coherente, y mucho menos concretar una individualidad. Los equipos se estrellan una y otra vez contra un muro de acero infranqueable y eso va minando su confianza. Los alemanes se anticipan velozmente, enciman, aprietan, asfixian. Frustran, derrotan sicológicamente.

2.- El látigo. Los ataques alemanes provocan miedo, pánico. Cuando Alemania ataca con convicción e ideas, en el aire se produce un zumbido aterrador de viento veloz, de eficiencia que ahuyenta a los demás. Todos los contrarios saben que, salvo excepciones, Alemania terminará por clavarles un gol. En tiros de esquina, en tiros libres, en contragolpes, en veloces e inesperados cambios de juego y de ritmo, en diagonales asesinas, en triangulaciones exactas, precisas, meticulosas; en latigazos inverosímiles desde fuera del área que anidan los balones en los ángulos. Como sea, pero Alemania anotará si se lo propone.

3.- El bólido. Alemania es un Mercedes Benz. Es el ronroneo elegante del Mercedes Benz. Sobrio, sólido, impecable. Robusto. Fino. Es el vértigo de un deportivo capaz de acelerar como ninguno. Es la estabilidad de un bólido en las curvas. Es la seguridad más confiable en momentos de peligro. Es el lujo y la fineza sin que se perciba ostentación. Es la tecnología más avanzada y refinada.

Es la contundencia sin miramientos de una fiera que no se inmuta por meterle 7-1 a Brasil en su propio país, en una semifinal, con gente en las gradas llorando de dolor por la humillación. Alemania pudo ganar 2-1, 3-1, pero no, Alemania seguía con sus tarascadas, anotando una y otra vez sin consideración alguna por el rival.

Así es Alemania.

Por eso, este domingo el actual campeón del mundo debe liquidar sin problema alguno el partido contra México. A pesar de que haya jugado mal últimamente, tiene todo, colectivamente, para vencer contundentemente, e incluso, en lo individual, para apabullar al Tri con algún lujo de Werner, Draxler, Özil, Müller, Kroos, Khedira, Boateng, o de otro más.

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EL FANTOCHE Y LOS DREAMERS.

Y además, México anda mal. Muy mal.

La peor decisión que he visto en mi vida de fanático del futbol, desde los años setentas, en cuanto a escoger un entrenador de México, ha sido la elección de los señores de pantalón largo que determinaron contratar al colombiano Juan Carlos Osorio. ¿Qué méritos tenía ese caballero para encargarle al Tri, luego de que México tuvo un aceptable papel en Brasil 2014?

Como jugador, Osorio no hizo nada. Jugó cinco años en su país y se retiró, aparentemente por una lesión.

Luego se fue a estudiar a Gran Bretaña (Liverpool). Afirma que durante cinco años fue preparador físico y posteriormente asistente técnico del Manchester City, vaya usted a saber. Después, como entrenador de Millonarios de Bogotá, logró un cuarto lugar. Se fue al Chicago Fire y lo llevó a una semifinal. Más adelante, con el Red Bull de Nueva York, llegó a una final. Volvió a Colombia y logró un título de torneo corto en el Once Caldas. Llegó a cuartos de final de la Libertadores.

Vino a México, al Puebla, disputó once encuentros con siete derrotas, dos empates y dos triunfos. Se volvió a Colombia al Atlético Nacional y ganó una superliga y otros títulos en la Primera A.

No entendí cuando lo contrataron y sigo sin comprender cómo es que está al frente del Tri, con quien no ha conseguido nada relevante en tres años, salvo un triunfo en Columbia, ante Estados Unidos, y otro en Tegucigalpa, ante Honduras.

Y ya. Se acabó. Eso es todo. Pero ahí está, ufano en Rusia 2018.

Por Dios. Este señor no sabe ni hablar. Es un engaña bobos que utiliza un lenguaje rimbombante para apantallar incautos. Es un farsante que no dice nada. No puedo redactar que cantinflea, porque cantinflear es un arte y este señor no tiene arte. ¿Qué ha aportado este individuo? Nada. Aportaron Menotti, Lavolpe, Hugo, Mejía Barón, Aguirre, Lapuente, con todo y sus errores, pero este caballerito, cero. Ничего. Nichego. Nada.

Reitero, basta oírlo hablar, todo rebuscado, fanfarrón, con conceptos de mercadotecnia chafa, o de superación personal de quinta, sin la menor esencia o concepto futbolístico. Por eso habla así, porque no sabe qué decir, porque… no tiene ni idea de qué quiere. Por eso no tuvo una alineación, siempre mil escuadras, porque carece de un ideario futbolístico y de una filosofía de juego.

Termino repitiendo: ¿usted lo ha escuchado hablar en las conferencias de prensa? No dice nada. Perora todo el tiempo, bullshitea a cada alocución, como si todos fuéramos estólidos, para ver si algún reportero se traga alguna insensata mezcla de palabras en calidad de brillante ideario deportivo. Cuentas de cristal por diamantes. Ajá. ¿Y lo ha escuchado hablar en entrevistas largas? Ensordece y taladra la memoria porque no hay registro alguno de sus palabras luego de sus soliloquios. Nada que valga la pena, nada que sirva. Ni una sola cosa. Punto.

La única esperanza es que este domingo los jugadores mexicanos se liberen de él, antes de que los saque del campo y empiece con sus insensatos cambios que siempre que empeoran todo. Solo las genialidades de alguno (Corona, Lozano, Giovani, Guardado, Vela, Chicharito); solo las individualidades podrían cambiar el destino de una derrota y transmutarla por un empate, pero para eso primero los jugadores tendrían que rebelarse, ser cada uno un soñador que se vuelve partizanskiy, una banda de alegres guerrilleros que acechan el área contraria con claridad para, en una de esas, dinamitar la defensa alemana.

Aunque, con Osorio mandando, no veo cómo.

Lo único que he visto que hacen bien, por momentos, es apretar y achicar en la salida del rival, pero siempre me viene Chile a la memoria, hace dos años, en Copa América: 7-0. ¿Por qué no corrieron a Osorio entonces?

En fin, ojalá los mexicanos se olviden de su inestabilidad permanente, de su confusión continua, de su esterilidad reciente; que se olviden de todo y salgan a jugar. Simplemente a jugar y divertirse, como en el barrio, olvidando sus falencias y sus carencias, pensando que por ahí pueden trazar una o dos genialidades, si se atreven a acercarse al área rival en conjunto, con eficiencia, y conciertan aunque sea una breve aria futbolística.

Y si no sucede así, pues ni modo, canta y no llores: habrá que asimilar la derrota y entender que queda algo de Mundial: de lo posible, Suecia y Corea del Sur tal vez puedan ser nuestras víctimas.

Y hasta ahí, porque probablemente en la siguiente ronda nos topamos con Brasil.

Acabo: si los chavales entienden lo que es Alemania, en una de esas lo empatan y en los otros partidos se olvidan de Osorio, y entonces igual nos la pasamos bien unos cuatro partidos, cantando sin llorar…

jpbecerra.acosta@milenio.com

Twitter: @jpbecerraacosta

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