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Sábado , 26.05.2018 / 15:34 Hoy

Zygmunt Bauman: Un intérprete de la sociedad

Hasta el final de su vida, con humildad, cualidad rara en nuestros días, Zygmunt Bauman (Polonia, 1925-Reino Unido, 2017) se asumió como sociólogo, pero tampoco le desagradaba verse como un pensador

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Silvia Herrera

El epílogo a Modernidad líquida (2000; FCE, 2003), libro con el que alcanzó celebridad en sus últimos años, es un ensayo donde reflexiona sobre su vocación con el título de “Acerca de escribir; acerca de escribir sociología”. Abre con un epígrafe de Theodor W. Adorno que es una declaración de principios: “La necesidad de pensamiento es lo que nos hace pensar”. Pero lúcidamente, Bauman supo que en tanto sociólogo esa necesidad de pensamiento tenía límites. En sus entrevistas, que según los testimonios, gozaba, llegó a explicar su papel (de seguro pronto habrá un volumen con algunas que le hicieron). A Gonzalo Suárez (El Mundo) le declaró en noviembre del año pasado: “Mi papel como pensador no es señalar qué es una sociedad feliz y qué leyes hay que aprobar para llegar a ese lugar, sino interpretar la sociedad, averiguar qué se esconde tras las reglas que cumplen sus ciudadanos, descubrir los acuerdos tácitos y los mecanismos automáticos que convierten las palabras en acciones concretas. En definitiva, ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones. Sí, entiendo que es difícil encontrar sentido a la vida, pero es menos difícil si sabes cómo funciona la realidad que si eres un ignorante”.

La idea de “descubrimiento”, Bauman la encuentra en la literatura. En el comienzo de “Acerca de escribir; acerca de escribir sociología” explica que en El arte de la novela, a partir de la idea de Jan Skácel de que al poeta le toca descubrir los versos que “siempre estuvieron ahí, en lo profundo”, Milan Kundera apunta que el poeta, al escribir, “derriba el muro” que los oculta. El pensador polaco hace entonces una analogía entre poeta e historiador: “la tarea del poeta no es diferente de la tarea del historiador, que también descubre en vez de inventar: el historiador, como el poeta, revela, en situaciones siempre nuevas, posibilidades humanas que antes estaban ocultas” (en lugar de “historiador” no hay problema en escribir “sociólogo”). Bauman no descubrió la metáfora de la liquidez ex nihilo. La expresión “modernidad líquida” queda como un sinónimo de “postmodernidad”, concepto con el que estaba en desacuerdo porque consideraba que aún no existe la perspectiva histórica para afirmar que la modernidad ha llegado a su fin. Un pensador que tuvo mucha influencia en el afinamiento de sus ideas fue el alemán Ulrich Beck, quien fue de los primeros en darse cuenta del proceso de cambio que estamos viviendo. Beck acuñó la expresión “segunda modernidad” para definirlo. En ella encontró que había “categorías zombis” e “instituciones zombis”, que “están muertas y todavía vivas”, como la familia, la clase y el vecindario, según anota Bauman en el prólogo a Modernidad líquida. En oposición al calificativo de “pesimista” que ciertos lectores le han endilgado, Bauman no cree que la modernidad líquida sea eterna. Le explicaba a Gonzalo Suárez: “Yo suelo usar el concepto de interregno, del filósofo italiano Antonio Gramsci. La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar. Así que hay un vacío entre las reglas que ya no sirven y las que aún tenemos que imaginar”. Y a pregunta expresa de cuánto durará este interregno, respondió: “Menos tiempo del que tardaron nuestros antecesores en crear un objeto punzante con el que penetrar otras sustancias. Y, aun así, tardaron otras decenas de miles de años en inventar un agujero en el que meter un palo y construir un hacha. Creo que nosotros tardaremos menos. Pero aun así será más tiempo del que la gente querría”. Con esta declaración estaba pidiendo que atendiéramos la diferencia entre el tiempo individual y el tiempo histórico.

Aquí cabe recordar que el discurso de Bauman sobre la liquidez comenzó en el ámbito histórico y lo que recuerda es que precisamente desde que nació la modernidad fue un “principio de licuefacción”. Contradictoriamente, la modernidad fue fluida desde sus orígenes pero incluso lo que los revolucionarios comunistas hicieron, hijos de su tiempo, fue “sustituir sólidos viejos por sólidos nuevos”. La modernidad líquida ha llevado hasta sus últimas consecuencias el “principio de licuefacción”. Precariedad, incertidumbre, transitoriedad, volatilidad de las relaciones son rasgos que la definen, y uno de los aspectos que han llevado a este estado es la libertad excesiva. El ser humano llegó al punto en que no sabe qué hacer con tanta libertad y ese es uno de los grandes puntos a discutir. Otro momento del desarrollo capitalista, el elemento central que también da pie a la entrada a esta nueva época, es el elemento económico. Sí, todos somos una mercancía. Pero si no tenemos las cualidades necesarias para estar bien pagados, la incertidumbre económica genera la pérdida de valores. En las relaciones amorosas predomina la precariedad porque se prefiere escapar a luchar en conjunto para asegurar un futuro.

A la sociología, la liquidez le rompió los fundamentos científicos que la hacían sólida. En La sociedad sitiada (2002), Bauman anotó: “La sociología apuntaba a conocer su objeto a fin de prever inequívocamente en qué dirección tendería a moverse: de ese modo, podría determinar qué hacer si deseaba impulsarlo en la dirección correcta”. Esta seguridad la ha perdido y le corresponde, como a los individuos, reimaginarse, reinventarse. Y claro que Bauman hizo que la imaginación sociológica se mantuviera viva. Prever no es profetizar, sino saber interpretar el presente. Un asunto que le preocupó al final de sus días fue la cuestión de los migrantes que trata en su libro Extraños llamando a la puerta (2016), donde habla de Donald Trump. Explica que fue ganando aceptación porque buena parte de los ciudadanos necesitan hombres fuertes porque los políticos actuales no lo son. Su respuesta a Justo Carranco (La Vanguradia) de por qué triunfó es clarificadora: “Son factores que explican el fenómeno, pero hay todavía un factor más que contribuyó considerablemente a la victoria de Donald Trump: percibió de manera muy inteligente el espíritu de los tiempos, que sus competidores fracasaron en comprender, y hábilmente se presentó como un outsider de la élite política, luchando contra el establishment como un todo, y no solo contra una u otra de sus divisiones partidistas”.

A pesar de todo lo que se ha dicho sobre su rompimiento, como los juegos temporales de Borges, el tiempo continúa siendo visto como una flecha que va hacia adelante. “Segunda modernidad”, “postmodernidad” o “modernidad líquida” son conceptos que surgen como una denominación al hecho de que en la historia humana siempre hay un momento de incertidumbre que provoca temor. Pero es ahí donde debe aparecer en toda su capacidad el espíritu humano. La incertidumbre es el muro que todo pensador debe ayudar a romper, porque ahí se hallan las epifanías, los caminos a seguir. Decir que Zygmunt Bauman fue un hombre de otra época se debe a que poseía sólidos valores y, ante todo, era un hombre coherente. Trascendiendo las posiciones políticas (aunque no faltarán cínicos izquierdosos de hoy que quieran llevarlo a su lado), fue ante todo un cuestionador porque creía, con Castoriadis, que “la sociedad está enferma si deja de cuestionarse”. Para él, toda sociología (añadamos, toda ciencia) es comprometida porque debe apostar por el hombre con todas sus imperfecciones: “La tarea de la sociología es ocuparse de que las elecciones (de los seres humanos) sean realmente libres, y que sigan siéndolo cada vez más, por todo el tiempo que dure la humanidad”.

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