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Domingo , 19.08.2018 / 15:29 Hoy

Yves Bonnefoy: vivir la poesía

[Opinión]


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Con la muerte de Yves Bonnefoy, sucedida el 2 de julio, casi una semana después de haber cumplido los 93 años, desaparece uno de los grandes protagonistas de la poesía francesa del siglo XX. Su longevidad le permitió ser el sobreviviente de una generación marcada por la consolidación del fascismo y del ascenso de las hordas salvajes de la suástica, y que a pesar de ello pudo participar del esplendor que vivió la poesía francesa entre años de incertidumbre y un horizonte histórico sombrío.

A la generación de Bonnefoy tocó consolidar la modernidad de la poesía francesa. Retomaba toda la teoría y práctica de sus mayores a partir de Mallarmé, con su desarticulación de la forma y la página en blanco como metáfora y espejo de un infinito inabarcable e inescrutable; en una trayectoria que tuvo una importante estación de paso en la obra postrera de Paul Valéry, el hijo del simbolismo que descreyó de la poesía por la imposibilidad de traducir la perfección intelectual a la que podía aspirar una mente lúcida, y que tuvo su momento cumbre con el surrealismo y sus búsquedas más allá de la razón y el orden.

Yves Bonnefoy sobresalió porque supo asimilar la tradición de lo nuevo sin renegar de los procedimientos clásicos en la escritura poética. Además de gran poeta, Yves Bonnefoy fue un gran lector de poesía preocupado por el fenómeno de la creación artística en el ámbito de la poesía y las artes visuales que se plasmó en una intensa obra ensayística.

Nacido el 24 de junio de 1923, desde su ingreso a la escuela primaria mostró un gran interés por la literatura, de tal modo que una de sus tías le regaló un libro con la dedicatoria que expresaba ya una premonición: “A mi joven sobrino, futuro poeta”.

Su lugar de nacimiento no fue en el gran París sino en Tours. Asiste en esa ciudad al liceo Descartes donde su profesor de filosofía lo pone sobre la pista de la poesía moderna; así descubre un libro que sería una gran revelación y que lo confirmaría en su vocación por la poesía: Petite anthologie du surréalisme, hecha por el poeta y cineasta Georges Hugnet. “Descubrí en ese libro, de repente, los poemas de Breton, de Péret, de Éluard; los maravillosos conjuntos verbales de Tzara de sus tiempos dadaístas”. Pero no solo entró en contacto en esos años del liceo con la poesía, también se incorporaron a su asombro y entusiasmo la obra de Giacometti, los collages de Max Ernst, Tanguy, los primeros cuadros de Miró, todo un mundo, comentó en 1990.

Todo hacía suponer que la atracción por lo extraño que le despertaban las obras de los surrealistas lo encaminaría en sus estudios y actividades intelectuales a explorar los caminos de la irracionalidad y a estudiar literatura. Pero Yves Bonnefoy se inclinó por el aprendizaje de los sistemas de medición, y así fue como gracias a una beca partió hacia París para estudiar matemáticas. Y ante las estrecheces a que le obligaba la modesta beca, ampliaba sus ingresos impartiendo cursos de matemáticas y ciencias naturales; pero esto no significa que hubiera abandonado su interés por la literatura, la cual se le impuso debido a su gran voracidad por la lectura. La postguerra fue los años de la efervescencia cultural: los artistas y escritores exiliados han regresado y está muy viva la actividad cultural de París. Lee los libros y las obras gráficas de Michaux, la poesía de Artaud y los ensayos seminales de Bataille. En 1946, en la revista surrealista La Révolution la nuit, que había fundado André Breton, vio publicado por primera vez su nombre con caracteres de imprenta gracias a su poema “Le coeur–space”. Pero duró poco su asociación con el grupo de Breton pues le reprochó que se alejara de lo real en favor de un difuso “ocultismo”, y también rechaza su carácter ideológico que opone lo quimérico a lo real y da más importancia a la opacidad que a la luz.

Hizo ingreso firme en la poesía con su libro Du mouvement et l’immobilité de Douve, publicado en 1954, que fue objeto de un entusiasta recibimiento de Maurice Nadeau, director y fundador de la revista Lettres nouvelles, quien dijo: “Quizá ya no se recuerde que tuvimos el Premio Goncourt, pero habrá que tener presente que este año apareció el primer libro de un gran poeta. Hay que señalar con una piedra blanca el advenimiento de Yves Bonnefoy y el nuevo rumbo que él ha impreso a la poesía”. Poesía soñadora pero anclada en la realidad del mundo. Si bien Bonnefoy tuvo inclinación por la decantada poesía de Valéry y las grandes imágenes salvajes de los surrealistas, siempre buscó un punto de apoyo en su realidad circundante, con sus esplendores y contrariedades, una poética que lo acompañó hasta el final de su existencia. Él se cuidaba de las palabras porque no tenía un asidero real con las palabras, aconsejaba pasar sobre ellas, desviarlas de su empleo para descubrir lo que llamaba “el grado segundo de la palabra”.

La obra de Rimbaud fue el gran acontecimiento para su obra como autor de poemas y crítico del fenómeno poético, asociado al interés por las artes visuales, sobre las que escribió notables ensayos de interpretación.

Para él, el “poema no es una actividad didáctica, no tiene que explicar la experiencia del mundo que busca profundizar”.

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