El yerro y el hombre

David Miklos (San Antonio Texas, 1970). Su más reciente libro es 'Dorada'
David Miklos
(Especial)

Ciudad de México

El 6 de octubre de 1981 asesinaron a Anwar el–Sadat. Yo escuchaba a Van Halen, “Women and Children First”. Acababa de cambiarme de escuela. Tenía 11 años y cursaba el último año de la primaria. Fue entonces que me enamoré de Andrea, después de una clase de historia de México, en la que entendí lo sanguinaria que era la búsqueda del poder. Pensaba, aún lo recuerdo, en el asesinato de Madero y, sobre todo, en la participación de los hermanos Flores Magón en los albores de la reyerta. Hombres buenos, a mi juicio. Eso pensaba, digo, cuando Andrea se manifestó frente a mí y me sacó de mis cavilaciones sobre el yerro y el hombre. Aún puedo verla, su imagen fresca en mi memoria, su cara llena de cachetes, la sonrisa de conejo, el pelo lacio y castaño y corto, el flequillo sobre su frente, la camisa tinta del uniforme de la escuela, las líneas azul marino y blanco en el cuello, cerrado por tres botones, la escasez de pechos en su seno, unos pantalones Sergio Valente de mezclilla ajustados a sus nacientes caderas. El corazón me dio un vuelco. Ignoro lo que me dijo, solo recuerdo que sonrió y nos despedimos y nació en mí la promesa de verla el lunes siguiente, era viernes, me esperaba un largo fin de semana con Van Halen y los relatos de Los mitos de Cthulhu de H. P. Lovecraft. Salí de la escuela empujado por el impulso de la emoción pretérita, caminé un par de cuadras, llegué a la calle en la que solía esperarme mi vecina, una universitaria de veintipocos años, para llevarme a la casa, a cinco minutos cuesta arriba en coche. Apenas me vio, se bajó los lentes de sol y me dijo Tú estás enamorado. Y tú estás celosa, le respondí. Me subí al asiento trasero del auto y dejé que me trasladara, silenciosa, a la calle en la que ambos vivíamos, una cerrada. Me bajé del coche sin despedirme y alcancé a ver cómo ella alzaba la mano y la agitaba frente al espejo retrovisor mientras el auto y su motor rugiente avanzaban hacia el fondo de la cerrada, yo vivía en el 20, ella en el 8. Con la sonrisa y el resto del rostro de Andrea tatuada en la memoria inmediata, entré a la casa, subí a mi cuarto y me encerré a leer en lo que me llamaban a comer. No recuerdo más de ese fin de semana, salvo lo que ya he referido en otras narraciones: durante las noches, dormía abrazado a los libros de Lovecraft para que sus dioses originarios y tentaculares no abandonaran las páginas y acabaran con mi paso por este tiempo. El lunes llegó y, como era mi hábito en esa época, me fingí enfermo y no fui a la escuela, aun cuando la idea de Andrea me invitaba a hacer lo contrario. El martes, por fin, me desperté, me puse la camisa tinta, los pantalones de mezclilla Yale y me dejé llevar por mi madre a la escuela. Reconocí a Andrea de espaldas entre un corro de niñas. Me acerqué a ella. A punto estaba de tocarle el hombro cuando sonó la chicharra y las niñas corrieron en desbandada hacia sus respectivos salones. No volví a ver a Andrea durante el resto de la jornada escolar. Cuando salí a la calle, mi vecina no estaba allí. Caminé cuesta arriba los 20 minutos que me tomaba llegar a casa. Subí a mi cuarto y me encerré a leer a Lovecraft y sus seguidores. La sonrisa de Andrea comenzó a desvanecerse en mi memoria, lo mismo que su cara llena de cachetes y su sonrisa de conejo, el pelo castaño y corto, el flequillo sobre su frente, sus escasos pechos y sus caderas nacientes. Pasaron 34 años. Y todavía sigo escribiendo estas líneas.


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David Miklos (San Antonio Texas, 1970). Su más reciente libro es Dorada