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Miércoles , 21.11.2018 / 04:37 Hoy

Ya nadie puede salir

A fuego lento


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En uno de los once relatos que componen La superficie más honda —no el mejor pero sí uno de los más representativos, “Lo que no pueden decirnos”—, una pareja se aferra a la rutina en un pueblo donde gobierna el silencio, decididamente ominoso, hasta que decide abandonarlo con sus mínimas pertenencias solo para darse de bruces con la certeza de que huir es la más peligrosa de las opciones. En unas cuantas páginas, se impone tanto la sensación de extrañeza como la de ser testigos de realidades que no por ficticias dejamos de ahuyentar en la vigilia. Bienvenidos al país donde todos sus habitantes se han convertido al fin en prisioneros, bienvenidos a México, donde hasta los niños, si escuchan los consejos de sus mayores, pueden emplearse como carceleros.

No pasa con sus novelas pero con La superficie más honda Emiliano Monge ha logrado que el lector tenga la oprobiosa seguridad de estar viviendo en sus relatos. Pensemos, por ejemplo, en “Testigos de su fracaso”: cada Navidad, al despuntar la noche y cuando la cena está por servirse, una familia común recibe una llamada telefónica como anuncio de la venganza que le espera. O en “Alguien que estaba ahí sobrando”: un joven viaja a un lugar prescindible del mapa y en vez de una aventura amorosa tiene un encuentro con la autoridad ahora representada por el cuerno de chivo y el resentimiento babeante. Quién dice, sugiere Emiliano Monge, que no seamos, o podamos ser, esa familia, ese joven, y entonces aceptamos con temblor y admiración que La superficie más honda exhiba los suficientes argumentos literarios para develar algunas de las muchas encarnaciones del horror, pan nuestro de cada día.

Atina Monge al despojar —en la mayoría de estos relatos— de cuerpo y nombre a los mensajeros de ese horror, al perfilarlos como voces o presencias anónimas, nunca vistos pero siempre aciagos, y atina al elegir el camino de la imaginación para hacernos intuir el mal que tanto espacio ha ganado en el horizonte mexicano. Abundan entre nosotros las madres infértiles capaces de linchar a un par de extraños porque los creen responsables de su desdicha y también los chacales a bordo de una patrulla policiaca. Muy bien. Pero cómo narrar a tales monstruos sin recurrir a las “condiciones objetivas”. Como lo hace Monge, haciéndonos simplemente presentir.

Si La superficie más honda puede juzgarse un libro a la altura de las más infames distopías es porque ha concebido una figura indeseable: la de lugares a donde más vale no entrar y de los cuales nadie puede salir.

La superficie más honda
Emiliano Monge
Literatura Random House
México, 2017

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