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Sábado , 22.09.2018 / 13:08 Hoy

Xavier Velasco, la aventura del azar

El escritor Xavier Velasco habla de su más reciente publicación literaria "Los años sabandijas" la cual resucita los años 80.

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A lo largo de los años —y no solo desde la concesión del Premio Alfaguara de Novela 2003— los lectores de Xavier Velasco tienen claro que el escritor al que siguen es en realidad varios escritores al mismo tiempo: rockstar ovacionado, malafacha, señero amante de la noche, narrador habilidoso, personaje central en una parte de su obra, tramador de historias singulares.

El que tengo frente a mí este día es una mezcla entre el autor amante del tenis (llega a la entrevista vistiendo una chamarra que devela su afición por ese deporte) y el ciudadano que arriba a la conversación tan solo unas horas después de haberse conocido la victoria electoral de Donald Trump. También se trata del narrador que presenta su más reciente historia, luego de casi cuatro años de un impasse que se antoja involuntario y que concluye con la aparición de una novela ambientada en los extremos.

¿Qué tanto de autobiografía hay en “Los años sabandijas”? ¿Fuiste amigo de los personajes que habitan tu historia o fuiste esos personajes?

Como en una buena parte de la literatura, la mentira es el pegamento y la verdad es la materia. Como historia ambientada en la década de los años ochenta, te puedo decir que “Los años sabandijas” no es precisamente una novela autobiográfica, aunque en realidad tuve muy poco para inventar. Sobre esa década tengo que decir que mantengo una gran cantidad de historias en la cabeza y que quería contar varias de ellas, aunque cuando empecé arranqué solo con el Roxy y el Rudy, los dos malandros estelares. No fui esos personajes, pero sí manejé un Dart K; eso sin duda.

En todo caso, ¿”Los años sabandijas” es una especie de tratado sobre cierta forma extrema de vivir?

De alguna manera. A lo largo de la novela hay una serie —se va a escuchar muy mamón, pero te lo voy a decir igual— de fugas intertextuales. Es decir, empezamos por el primer capítulo, donde le sucede lo que le sucede a estos dos granujas en noviembre de 1980, y de pronto aparece un personaje que trabaja en Sears, y entonces como lector puedes meterte en esa historia dentro de la historia donde casualmente aparece Rudy, el personaje central. A lo largo de la novela hay pequeños guiños que te llevan a un enlace que desde mi perspectiva tiene que ver con una sustancia hipertextual y laberíntica. En la novela voy tendiendo ligas entre cosas que van a pasar mucho después y que cuando estaba escribiendo no sabía que iban a pasar. Lo que hago es subirme al ramblercito a bordo del cual van mis dos personajes, y ver qué pasa. La historia arranca con una fuga. Mis personajes salen del estacionamiento del Sears y traen un vochito detrás que los viene siguiendo, subiendo banquetas y tomando sentidos contrarios. Como narrador, sigo en esa fuga hasta 1989. “Los años sabandijas” es una road novel que cuando inicié no tenía estructura.

Ese ingrediente de la narración libre, que va construyéndose sin estructura previa, es novedoso en tu obra.

Se encuentra un poco, aunque de manera distinta, en “Puedo explicarlo todo”, pero en “Los años sabandijas” transcurre a otra velocidad. Tenía en la cabeza episodios de la historia y pasé mucho tiempo tratando de tejer el enlace de unos con otros. Javier Marías dice que hay escritores que trabajan con mapa y escritores que trabajan con brújula. Yo diría que soy de los de brújula, si hubiera visto la brújula. Las únicas historias de las que sabía el rumbo han sido las biográficas, naturalmente. En “Este que ves” y “La edad de la punzada”, siempre tuve resuelto el “cómo”. En “Los años sabandijas” me faltaba el “qué”.

¿Qué fue lo que te convenció de tomar finalmente el tema?

En una palabra: el walkman. Tenía la idea de escribir algo sobre dos tipos que deciden robarle un walkman a Sting, basándome en la tan chilanga idea de “vamos a chingarnos a ese cabrón”, sin importar The Police ni qué new wave ni qué nada: ese cuate trae un walkman y se lo voy a bajar. Entonces me hice varias preguntas. La más recurrente: ¿qué se yo de mis personajes? La respuesta que me di fue: “ya sabré”.

Es decir, te sentaste con tus personajes y encendiste el motor de la historia.

Con mis amigos, cuando solía irme de viaje, nos gastábamos hasta el último centavo y a veces, a media sierra, dentro del coche alguien invariablemente se preguntaba: ¿y ahora qué? Siempre los tranquilizaba diciéndoles “Dios proveerá”, y acabábamos pidiendo dinero en las gasolineras. El “Dios proveerá” era mi forma de disponerme abiertamente a la aventura. Yo creo en la novela como una aventura, cosa que es en la medida en que no sabes qué va a pasar en ella al día siguiente. La gente ya no quiere vivir la aventura del azar. Yo sí. Cuando el narrador va perdido, te va a contagiar su extravío y también sus descubrimientos. Creo que uno se pierde para encontrarse y aprender. La novela es también aprendizaje. Como escritor, me gusta estar perdido porque siempre sé de cierto que voy a encontrar mi camino entre otras cosas porque no me queda de otra. Finalmente, cuando sales del laberinto te das cuenta que algo aprendiste y que tu colmillo es ahora un poco más grande.

¿Cuál era tu ambición mayor a la hora de narrar esta historia?

Mi única aspiración, la única en verdad importante, era que la historia funcionara. Salir del berenjenal haciendo el menor ridículo posible. En la medida en que la historia evolucione, harás un poco menos el ridículo. A las que me refiero son de esa clase de crisis en las que piensas que no sabes cómo fue que te metiste ahí, pero sí que quieres salir. No se puede salir del modo chafa. De la historia vas a salir por la puerta correcta, que es el final. La literatura es un juego que tiene sus reglas y que debes cumplir para salir exitosamente. La misión es salir de ese juego para luego jugar otra vez. Sin embargo, ocurre que uno también tiene un gusto por complicarlo todo más y más. Es el castigo y la fortuna que se adquiere por el hecho de ser escritor: uno le buscará el ruido al chicharrón y los tres pies al gato para siempre.

¿Si me encuentro al salir a la calle a alguno de los personajes de “Los años sabandijas” me recomiendas que me vuelva su amigo?

Mejor te recomiendo que después de estrecharles la mano te cuentes los dedos.

JOS

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