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Witold Gombrowicz, ese viejo conocido nuestro

Opinión

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Crimen premeditado y otros cuentos, nuevo título de la colección Sergio Pitol traductor, incluye cinco relatos de Witold Gombrowicz extraídos de Bakakaj, colección publicada por primera vez en Varsovia en 1957, donde se reunieron los primeros escritos del polaco (las Memorias del tiempo de la inmadurez, aparecidas en el lejano 1933) al que se añadieron unas piezas más hasta completar una decena. Para la barcelonesa editorial Tusquets, Pitol tradujo en 1970 tres de estas narraciones: “Crimen premeditado”, “El festín de la condesa Kotlubaj” y “La virginidad”, la cual dio nombre a todo el volumen.

Cuatro años más tarde, rotulados ya como Bakakaï, Barral, otro sello catalán, reunió los diez cuentos del polaco y los llevó a la imprenta, siempre en traducción de nuestro escritor veracruzano. Hace 30 años Tusquets los reeditó en su colección Marginales, y apenas en 2015 la editorial argentina Cuenco de Plata puso a circular de nuevo el libro, con el título atinadamente escrito en español, Bacacay, calle bonaerense del barrio de Flores, de donde sacó Gombrowicz la idea para nombrar su obra.

Estamos, por tanto, ante un nuevo capítulo de los ires y venires de los primeros relatos de Gombrowicz en nuestra lengua y en las soberbias traducciones de Sergio Pitol. Para los lectores asiduos de uno y otro, autor y traductor, es todo un acontecimiento. En principio, porque permitirá a muchos refrescar la lectura de Gombrowicz, extraordinario heterodoxo. En otro plano, el más importante a mi parecer, nos permitirá apreciar de una forma muy nítida la manera en cómo la obra del autor eslavo influyó a Pitol y se filtró en su escritura. Además, para quienes desconozcan la obra del creador de Ferdydurke, las poco más de 100 páginas de esta nueva compilación resultarán la mejor manera de entrar a su mundo, su estilo y sus innovaciones, ajenas por completo a las tendencias narrativas al uso en nuestros días.

La primera constatación al cursar estas páginas será, sin duda, la de ingresar a un ámbito delirante, en cierta medida desquiciado, por completo imprevisible. Respiramos de inmediato aire enrarecido, quedamos rodeados por atmósferas donde los temperamentos se exaltan y comienzan a surgir elementos grotescos, absurdos e incluso repugnantes. Es incuestionable el tono paródico subyacente a muchas situaciones y personajes, pero de a poco aceptamos nuestro ingreso a una “verosimilitud” distinta, donde lo insólito es la norma y lo ordinario queda mitigado ante una brutal descarga de irrealidad. Página a página, la literatura de Gombrowicz nos demanda dar crédito a un estado de cosas a partir del cual vamos desprendiéndonos de los criterios tradicionales para admitir la veracidad de los acontecimientos o su falsía, su mera simulación. Comenzamos a percibir, con algún sobresalto, cuán limitada es nuestra capacidad de aprehensión de lo cotidiano.

En una famosa conversación con Dominique de Roux, Gombrowicz relató las pulsiones que lo llevaron a escribir los textos ahora integrados en Crimen premeditado y otros cuentos:


"No me encontraba con medios de hacer otra cosa que parodia. La parodia de la realidad y del arte, […] desde mi infancia el artificio de mi vida burguesa, fácil, era para mí una pesadilla. La sensación de irrealidad no me abandonaba. Y no mentiría si dijera que era ella, la realidad, lo que yo buscaba en la sencillez y en la salud bruta de las más bajas capas sociales, en el curso de […] expediciones por los barrios obreros de Varsovia, y buscaba también esa realidad en mis propias zonas, en esas tierras interiores sin laborar ni edificar, desiertas, periféricas, inhumanas, en las que hacían estragos las anomalías y, quizá, lo Informe y la Enfermedad, lo Abyecto. Porque se puede encontrar la realidad en lo más ordinario, lo más primitivo y lo más sano, pero también en lo más torcido y lo más demencial."


La primera narración de la serie que nos presenta la Universidad Veracruzana podría catalogarse de “cuento diplomático”. No obstante, “En la escalera de servicio” va más allá de este género tan peculiar —en el cual por regla general aparece un personaje o una serie de personajes expatriados viviendo en el contexto de la enredada vida diplomática— para presentarnos a un personaje que ha decidido renunciar a una adscripción nada despreciable, la plaza de segundo secretario en la embajada de Polonia en París, y retorna a su país con el fin de satisfacer una adicción fuera de lo común: la seducción de mucamas obesas de los barrios bajos, pues las sirvientas parisinas le resultan demasiado refinadas. Este antihéroe, quien terminará formando un matrimonio sólido y sedante en su propio país logrando formar parte del grupo de funcionarios más distinguidos de su Ministerio de Relaciones Exteriores, es mucho más que un pícaro. En manos de un escritor satírico no habría pasado de ser un incontrolable fauno o un rabo verde decrépito, pero en virtud del genio de Gombrowicz cobra una consistencia inusual, adquiere una sustancia a un tiempo simbólica y… común. Lo delirante se torna ordinario y en vez de resultarnos excéntrico o patético atisbamos los pliegues de una humanidad entera, acaso contrahecha pero muy veraz. (Me veo obligado a hacer un paréntesis, pues nada más llegar a mitad del relato tuve que recordar a Julio Torri, quien por cierto fuera profesor de Sergio Pitol, refinado cuentista, muy conocido por su enorme erudición, sus clases amodorradas, su afición a recorrer en bicicleta la Ciudad de México y su no menos conocida proclividad a perseguir asistentas domésticas de la colonia Cuauhtémoc del otrora DF montado en su velocípedo.)

Las cuatro piezas restantes de este volumen exploran muchos registros más del conjunto de exaltaciones y alucines que constituyen buena parte de la materia literaria de Gombrowicz. Resulta fascinante constatar la naturalidad con que cursamos narraciones escritas originalmente en una lengua tan lejana a la nuestra, como el polaco, gracias al virtuosismo traductológico de Pitol. Encontrar el equivalente en español de ciertos giros de un autor con el oído de Gombrowicz (muy dado a dar cabida al coloquialismo y la oralidad) es un reto mayúsculo, afrontado por Pitol no solo con enorme solvencia sino, además, con el despliegue de recursos de un narrador magistral.

Por otro lado, es asombroso rendirse a la evidencia de la forma en cómo Sergio Pitol filtró en su propia escritura algunos aspectos de los relatos de Gombrowicz por él traducidos. Pasajes del ya mencionado “En la escalera de servicio” o de “El festín de la condesa Kotlubaj” hacen resonar en la memoria los ademanes, desplantes y manías de una Marietta Karapetiz o del licenciado Dante de la Estrella, protagonistas de Domar a la divina garza, la para mi gusto más regocijante, deleitable y perfecta de las obras maduras de Pitol. Con muy poco esfuerzo, el lector puede contrapuntear, mentalmente, el texto del aria que canta ante un grupo de aristócratas polacos el barón de Apfelbaum en el libro de Gombrowicz…


Este fulano nada ha comprendido

¡Arrojémoslo a un hondo precipicio!

O tal vez deberíamos explicarnos mejor:

Belleza no es lo bello, belleza es el sabor,

el sabor, el sabor, el gustoso sabor,

¡Tal es de la belleza el esencial factor!


… con la letanía del Santo Niño del Agro, memorable plegaria recitada por una multitud de dolientes dispuestos a participar de un rito colectivo para aliviar el bajo vientre:


¡Sal mojón

del oscuro rincón!

¡Hazme el milagro,

Santo Niño del Agro!

¡Cáguelo yo duro

o lo haga blandito,

a la luz o en lo oscuro

sé mi dulce Santito!

¡Ampara a tu gente

Santo Niño Incontinente!


Mucho hay que agradecer a la Universidad Veracruzana por recuperar para los lectores del siglo XXI mexicano esta quinteta de relatos de Gombrowicz–Pitol. Como en muy pocos casos ante una obra traducida, estamos frente a una interpretación literaria integral, que nos hace escuchar y percibir la composición original como si se tratara de una creación propia, una creación más, feliz y deslumbrante, del Mago de Xalapa.

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