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Miércoles , 18.07.2018 / 06:04 Hoy

‘Walking bass’ en Milán

Todos hablan en voz alta, es insoportable, no sienten respeto por los músicos que se entregan, el dinero no incluye educación básica. Cierro los ojos tratando de borrar las conversaciones estúpidas. Puta madre, ¿en qué momento decidí venir?

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Susana Iglesias

Los esclavos negros llegaron encadenados, cantaban en los barcos, amontonados como cadáveres en las bodegas, acostados, sin poder moverse, en esas plataformas de madera algunos encontraron su ataúd. América los recibió con una cadena de crueldad. Nada me da más asco que la falsa esperanza, escupo en el american dream. En 1619 un barco holandés dejó cerca de 20 hombres negros en el fuerte Jamestown, no eran esclavos. Entre los cantos africanos e himnos religiosos: nació el blues. Las sucias carreteras del sur americano se parecen, continúan serpenteando una línea de tiempo que parece no alterarse. Nos gustaba ver las luces de la ciudad desde aquellos miradores populares, el de Cuernavaca nos quedaba muy lejos, arriesgábamos las horas tratando de llegar allá. Muchas veces debía volver a casa antes de poder ver aquellas luces que me hipnotizaban. Una caminata por la avenida Juárez para abrir las ganas de besarse. Eso nos calmaba, dar vueltas insaciables sobre Bucareli, torcer por sus arterias hasta el parque de la Biblioteca México, la noche abría tantas posibilidades como heridas. A veces te esperaba en la esquina de Balderas. Manejabas el auto de tu padre muerto, un Camaro negro 75 que tenía muy buena voz, casi tan buena como la de Robert Johnson cuando cantaba Sweet Home Chicago. Las calles solitarias de esa colonia propiciaban toda clase de encuentros entre nosotros. Bastaba estacionarse para encendernos. Estoy parada en la esquina de Milán, veo a las parejas, ríen y discuten en las mesas de un local del número 14, la fiesta editorial va a comenzar, desde la acera de enfrente veo entrar a un par de conocidos. No sé qué decir cuando las personas están reunidas, ni siquiera sé si pueda soportar la plática con extraños o conocidos, mis amigos con los que sentía conexión están muertos o lejos, tú estás muerto, es lo único que puedo pensar desde hace semanas. Parker and Lenox me obligó a entrar, sus luces encendidas, el techo verde viejo, sonrisas plásticas, candilitos luminosos, café, el olor a sándwiches calientes. Es una noche de lluvia fina como aquellas en las que dábamos vuelta en esta misma esquina para besarnos. Pago la entrada, dos boletos, las escritoras que me cobran no entienden por qué pagué tu boleto, tú me acompañas. Estoy entre la luz y un pasillo que destila blues al fondo, me atrae de inmediato el sonido, no hay más que hacer, entro. Un piano, fa invertido, dos tiempos, la voz, esa que me rompe hasta trasladarme a una memoria perdida, primitiva. Me extienden un trago aguado de cortesía, lo escupo, pido un bourbon doble con hielo. Me arrepiento, acabo el trago de golpe, pido ginebra. Gintónic doble a tu salud. Llega un aroma a vainilla desde la nada, los ojos, ¿cómo eran tus ojos?, azules, enormes, parecías un niño asombrado. Todos hablan en voz alta, es insoportable, no sienten respeto por los músicos que se entregan, el dinero no incluye educación básica. Cierro los ojos tratando de borrar las conversaciones estúpidas.

—Conoces a tal…

—Sí.

—¿Qué tal edita?

—Lo hace bien.

—En Niu York Citi sí se nota el otoño.

—Quiero comprarme un abrigo todo lindo, que sea rojo, sí.

—México es un asco de país.

—¿Ya leíste a tal…?

—No.

—Tienes que leerlo.

—Las hamburguesas están buenas, pide una que sirven con Jack.

—¿Qué tal las papas?

Deli.

Puta madre, ¿en qué momento decidí venir?, si no fuera por Marina estaría en la Siberia personal de la que procuro no salir, excepto cuando se acaba el verano. Me regaló una estola siberiana de más de 100 años, mis amigos a favor de los derechos animales se horrorizarían al tocarla, “tú no podías ayudar a este animalito, acéptalo con mucho amor, tiene más de 100 años, era de mi abuela”. Marina tiene ojos hondos, una voz suave, su alma está limpia, cuando se enteró que apenas podía pagar las cuentas, me regaló un frasco de alubias para cocinarlas, es tan bello que nunca lo abrí, lo guardo junto a una pila de libros pendientes y una mesa desordenada, lo destaparé cuando no quede nada en la alacena. Tengo una alacena de los años 50, es naranja. Ingrid no estaba, extrañé esa sonrisa franca, rareza genuina, una pieza poco convencional, cuando habla es como encontrar un vaso helado de bourbon en una carretera de la ruta 61. La veo al fondo del local, Marina sostiene una cerveza, está sonriendo, escuchando el suave y poderoso vaivén de una voz sobrenatural, pienso en ella: son las últimas horas que la veré hasta que cualquier avión me lleve de la colonia Juárez a Harlem. En Nueva York, ahora, una delicada aguanieve debe estar patinando en sus pies, seguro no tiene botas para nieve, me dan ganas de enviarle unas y una bufanda. Es inevitable, acudo a tus manos, me salvaron de hacerme daño muchas veces, pensaba constantemente que nunca lograría escribir. Te recuerdo, tocabas en la guitarra Memphis Blues con un cuchillo, era 1994. El día que mataron a Colosio tocaste tan fuerte el cláxon al llegar a mi casa que pensé que algo había pasado. Otra discusión con tu padre gringo desde el más allá, algún reclamo de tu madre, la soledad de tu habitación, algo que no lograba concretarse: la felicidad. Asuntos sin resolver. Los noticieros daban los detalles, no es que la historia mexicana no me interesara, en ese tiempo mi cabeza estaba en otra parte, pensando en ti. Salí, tomé mi bolsa, me despedí de mis padres diciendo cualquier cosa. Era miércoles, planeábamos algo acerca de una fiesta estúpida.

—Todo es mentira. Nadie de tus “amigos” se quiere, todos se odian, no entiendo por qué hablas con ellos.

—¿Y qué quieres?, no puedo seguir viviendo debajo de la cama.

—No me obligues a ir con tus amigos, me parecen unos cretinos. El único que me caía bien se mató.

—Cállate, no quiero escuchar nada sobre él.

—Nunca quieres hablar sobre él.

—Me parece bobo que no puedas surfear entre una manadita de estúpidos.

—No tengo ganas de bailar, no me gusta bailar. No quiero surfear idiotas.

—Tienes bonitas piernas para ser hombre, deberías ser un gran bailarín.

—¿Debo agradecer algo tan detestable como la belleza?, bailar es algo tan detestable.

—La amargada soy yo.

—Tienes bonitas piernas.

—No me metas mano, aquí no.

—¿Entonces dónde?

—Qué ansioso.

—¿Cómo nos conocimos exactamente?

—¿No te acuerdas?

—No muy bien.

—Estabas borracho, besaste a dos mujeres en aquella fiesta.

—¿Hice eso?

—Sí, después querías besarme. Me dabas un poquito de asco.

—¿Ya no?

—No tanto como antes.

—Hoy por la mañana pensaba en el canibalismo.

—Es extraño, pensaba en eso en días pasados.

—En Jamestown existieron casos, mi papá me contó sobre eso, ¿te comerías a alguien?

—No.

—Entonces no sabes amar.

—Es probable.

—No estoy seguro de que las cosas vayan bien.

—Nadie puede asegurar que “las cosas vayan bien”

—¿Por qué te gusta Hemingway?

—No hablemos de Hemingway.

—Eres demasiado reservada con lo que en realidad te interesa.

—Su afición a las armas era fascinante, es…

—Me gustan las escopetas, son hermosas

—A veces escribo pensando en escopetas o en un revólver poco convencional. Borrarse la cara es una elección dura.

—Las armas son fascinantes.

—Sí. La primera vez que me enamoré fue de un arma, un Ruger que vendían en Tepito. Debería conseguir como novio un revólver, solo pide que lo lustres, dispara y ya, una relación armoniosa.

—Lústrame.

La calle de Milán sigue intacta, salvo pequeños cambios. Estoy parada en la esquina escuchando un blues imaginario. Pensando en el momento en que me despedí de Marina aquí. Decido regresar a casa, leer lo último que me escribiste en 1994. Cuando estuve en Texas pensaba conseguir un auto, me acobardé, la idea era manejar al sur. El río Misisipi, los campos de algodón, atardeceres, voces profundas, el recuerdo de tus manos, venderle mi alma al diablo, “nadie tiene la culpa, ¿qué puedo esperar ya?, I believe it’s time to go”, te imagino, vestido con un suéter roto color negro, Robert Johnson gruñe en la tornamesa, estás afilando tu cuchillo para tocar algo, revisas las cartas que nos enviamos, me escribes apenas en las orillas que quedan de ese cuaderno que intentaste quemar días antes, that you will dog me round, It must-a be that old evil spirit, so deep down in the ground, ¿qué es un beso?, se fundan y acaban las historias de amor en besos. Pienso en aquel hombre negro del Grey-hound que me ofreció de su licor barato, su cobija muerta, aquella mirada sepultada en años de dolor. La necia costumbre de buscarte entre los restos de la noche, mi corazón a punto de explotar. Las conversaciones ajenas, la vida indiferente que carcome todo. Una Remington inservible que guardo todavía, la azoté cuando regresé a casa destrozada. La besaste, apoyaste su amorosa boca en la tuya, una vieja Spencer. Johnson ruge y se apaga en tus oídos, tu madre sube alertada, la pared, el techo, el pantalón roto de mezclilla, todo se llena de sangre, blow back.

*Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)

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