Una voz en la tertulia

De la Colina exhibe su capote de ingenio, intercambia pullas con el ala beligerante de la mesa, hace aseveraciones enfáticas, gasta y aguanta bromas.
Tertulia
(Cortesía)

Ciudad de México

La tertulia de los viernes es una cita informal para relajarse, divertirse, intercambiar chistes y chismes, pero, también, para calibrar ideas y refrendar vocaciones y aficiones. José de la Colina, que ha participado en las empresas y coloquios intelectuales más relevantes de la lengua española de las últimas décadas, es un lujo en esa tertulia, una presencia picante y entrañable que reserva, de sus jornadas agotadoras de escritura, mucho buen humor y ánimo polémico para la reunión. A su llegada, De la Colina exhibe su capote de ingenio, intercambia pullas con el ala beligerante de la mesa, hace aseveraciones enfáticas, gasta y aguanta bromas. Luego, entre los platos y las ocurrencias, sus presencias tutelares, San Juan de la Cruz, Charles Baudelaire, Marcel Schwob, Ramón Gómez de la Serna, comienzan a integrarse tam­bién a la tertulia. Por supuesto, hay un momento en que De la Colina despliega su erudita nostalgia cinematográfica o su faceta memorialista con la recreación de épocas gloriosas de la bohemia y la vida en la Ciudad de México. Pareciera que De la Colina tiene vocación de solista, pero no, acepta el intercambio, sobre todo si se hace con agudeza. La conversación con De la Colina es, por sí misma, un potente espirituoso y hay ocasio­nes en que con la ingestión de sus chascarrillos, remembranzas o categóricas provocaciones uno va sintiendo una ligera y acogedora euforia sin haber probado todavía un solo sorbo de la copa. Y es que la oralidad leve y elegante de De la Colina tiene una agilidad envidiable y se atreve con las piruetas y juegos de palabras que fascinan y embriagan.

Pero si la conversación es una fiesta, también es un método crítico y muchas veces entre las bromas y veras, sin que haya habido ningún sermón, solo la pedagogía de la risa, uno sale de la conversación con De la Colina con las ideas y las convicciones más claras. Por supuesto, antes de ser escritura, lo literario es conversable y con sus conversaciones De la Colina restituye esta forma gozosa de transmisión y da sustancia a su prosa escrita. Porque la prosa de De la Colina tiene la huella indeleble del con­versador, una prosa tan afilada como cordial que acude lo mismo al humor que a una dosificada y estimulante erudición, que funde anécdota e invención; una prosa risueña que complace tanto al lector como al propio escritor. Con su contribución a la terapia semanal de risa e inteligencia, De la Colina demuestra que el es­tilo de un escritor no solo se forja en el trabajoso y solitario parto ante la hoja en blanco, sino que se nutre de todos los ámbitos de la vida cotidiana y se expresa de manera privilegiada en esa prosa de circunstancia que es la conversación. La conversación refleja la naturaleza social de la vocación literaria de De la Colina, una escritura hecha con el material provisorio del presente y la asimilación del habla y que, sin embargo, no tiene fecha de caducidad y suena a clásica.