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Miércoles , 21.11.2018 / 13:49 Hoy

Volver a casa libre de culpa

Hombre de celuloide

'Bohemian Rhapsody' se distingue de las demás biopics, el salto a la fama y la perdición llegan incluso a quedar en segundo lugar para llevarnos a través de una historia de amor y aceptación
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@fernandovzamora


Son tantos los clichés que se han formado en torno a los biopics que se han transformado en elementos de género hollywoodense: contra todo y a pesar de todo, un chico talentoso se abre paso rumbo al Olimpo de la fama. Pero Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury es una película bien cuidada. Tanto que va a gustar al fanático que sabe el dato erudito sobre Queen y al aficionado que va al cine por un poco de rock and roll. Como es cine de género, es de esperar que todo comience con una escena grande: en el Estadio de Wembley, en 1985, se abren las cortinas del back stage y Freddie Mercury enfrenta a un mar de fanáticos que lo aclaman. 

También es de esperar el flashback. Farrokh Bulsara (nombre original de Mercury) es un don nadie a quien sus compañeros llaman Paqui en referencia a su aspecto paquistano. Él no se arredra. Carga maletas en el aeropuerto. Y sueña. Sabemos qué pasará. Pero como a decir verdad Bohemian Rhapsody es una buena película comercial, lo que esperamos no sucede exactamente como lo imaginamos. En efecto, veremos a Farrokh luchando con un padre que quiere obligarlo a tener una vida convencional, lo veremos cambiando su nombre por el sonoro Freddie Mercury y lo veremos tomando cerveza en un pub donde finalmente conseguirá una primera oportunidad para cantar. Despega la carrera frenética y todos nos ponemos de buen humor porque sabemos que llegará el momento en que Freddie tocará las notas de su obra maestra y que sucederá exactamente lo mismo que en Immortal Beloved, cuando el héroe silba el tema del cuarto movimiento de la Novena y el público sonríe como sintiendo lástima de los pobres tipos que dentro de la pantalla no saben que están escuchando algo más que una obra maestra, un fetiche cultural. ¡Nos sentimos tan sabios!

Y todo esto está más o menos bien pero lo que distingue a Bohemian Rhapsody de películas como Amor y piedad (basada en los Beach Boys) o La vida en rosa (sobre la vida de Edith Piaf) es la historia de amor. Porque, hay que decirlo, el gran problema con estos biopics es lo mismo que da comodidad. Sabemos qué va a suceder pero corremos el riesgo de aburrirnos tanto como en aquella película de Richard Attenborough sobre la vida de Gandhi que parecía no terminar nunca. Bohemian Rhapsody nos salva de este horror porque se concentra en la pasión romántica de un homosexual por una mujer a la que ama pero no desea. Es aquí donde deja de importar el biopic y comienza a importar la película. Esta apasionada historia de un amor que no puede consumarse más allá de un ideal tan alto que puede poner a cantar a cien mil espectadores pero no le da a los amantes una auténtica noche de amor. Es verdad que por momentos pareciera que los guionistas ponen en el amante homosexual toda la maldad y en la lánguida rubiecita todas las bondades pero los escritores terminan por arreglar las cosas y le dan a nuestro héroe la oportunidad de aceptarse a sí mismo. Si sucedió o no poco importa. Ésta es la historia de un homosexual enamorado realmente de una mujer y es eso lo que la vuelve interesante porque ofrece una mirada poco trabajada en torno al amor romántico. Una que demuestra que a veces no basta la voluntad para que estén juntos los amantes, que la pasión sexual no es de ninguna manera lo mismo que el amor romántico, algo más parecido al sentimiento de volver a casa, sentirse comprendido y libre de toda culpa.

Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury. Dirección: Bryan Singer. Gran Bretaña, Estados Unidos, 2018.


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