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Sábado , 23.06.2018 / 11:43 Hoy

Volar con sentido del humor

Hombre de celuloide


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Fernando Zamora

Tres giros en el aire. Tonya desciende sobre el hielo con una gracia que su vida no tiene. Y es que más allá de las pistas, la protagonista de Yo, Tonya vive un desastre pero ¿es su vida un fracaso? Cada quien usará su propia definición porque, al margen de su participación en dos olimpiadas, Tonya no es el éxito al que nos tiene acostumbrados el cine hollywoodense. Su triunfo está más bien en la capacidad para sobreponerse a la lengua de su madre y al puño violento de un hombre que da nuevo sentido a la palabra macho. Pero Tonya tampoco es una víctima y justo por eso nos resulta adorable.

En uno de los letreritos con los que suelen cerrarse las películas “basadas en hechos reales”, aprendemos que Tonya solo quiere ser una buena madre. Teniendo en cuenta lo que a ella le costó sobrevivir a la suya, tal vez en esta lucha esté su verdadera misión y, por tanto, su verdadero triunfo. Tonya no es la historia de una campeona olímpica sino de una campeona vital.

Para comenzar, tiene que enfrentarse con los jueces que la califican no solo por los giros en el aire sino, también, por sus vestidos de cirquera, sus gustos musicales y la familia disfuncional que, a decir de un juez, no puede proyectar una competidora olímpica estadunidense, como si para colgarse una medalla de oro fuese necesario venir de la familia perfecta. Al contrario, lo interesante de esta película es que el verdadero reto de la protagonista está fuera de las pistas: en sus vínculos y sus apegos, en sus relaciones amorosas y en el escándalo que mueve el interés del espectador: ¿qué tan consciente estaba Tonya de que alguien había mandado a romperle las piernas a una de sus oponentes?

Con todo, independientemente del interés que despierta Yo, Tonya, hay dos aciertos que vale la pena resaltar aquí. Primero, la edición. Y la edición sonora, para más señas. Cuando la patinadora desciende después del giro escuchamos las hojas rozando el hielo; escuchamos suspiros, quejidos, exhalaciones. Por si fuera poco, la película tiene algo improbable en semejante dramón: mucho sentido del humor. Tanto que, como ella, olvidamos lo que sucede más allá de la pista y podemos gozar los instantes en que parece volar.

@fernandovzamora


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