El virus y el fantasma

"En los últimos 2 años han sucedido todo tipo de cosas extrañas y terribles, lo más extraño para mí es lo que está haciendo Burroughs"
William S. Burroughs
William S. Burroughs (Especial )

México

Desde un hotel mahometano de Calcuta, Allen Ginsberg relató una rara imagen a Neal Cassady, su amigo, su ex amante y malogrado alumno literario: "En los últimos 2 años han sucedido todo tipo de cosas extrañas y terribles, lo más extraño para mí es lo que está haciendo Burroughs ––realmente impersonal, parece como si no hubiera un hombre dentro––. Todos nosotros (Gregory Peter Ansen Yo Bill Paul Bowles) nos reunimos en Tánger hace un año y Bill me hizo tener la sensación de que no le conocía. Dijo que estaba tratando de salir de su cuerpo y por lo tanto se estaba despegando de todas sus ligaduras. Y lo cierto es que daba la impresión de estar haciendo tal cosa."

Ginsberg remitió esa carta el 8 de octubre de 1962, nueve años después de que Burroughs escribiera Yonqui, siete de El almuerzo desnudo, cinco de La máquina blanda y uno antes de que acabara Nova Express. También había pasado más de una década del affaire entre su revólver y su esposa Joan Vollmer en la colonia Roma de la Ciudad de México, la breve estancia en Lecumberri y los arreglos a la mexicana con su abogado Bernabé Jurado, y del viaje expedicionario que Bill hizo por Sudamérica en busca del yagé, experiencia que relata en Queer, escrita en 1951 pero publicada en 1985.

Antes de que aquel hombre alto, huesudo y tenebrosamente austero intentara salirse de su cuerpo (bueno, la verdad es que siempre estaba fuera de él, solo que Ginsberg no se había, o no quiso, percatarse del asunto), ya había escrito un libro a cuatro manos con Jack Kerouac, Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (1945), donde novelaron el frenético verano de 1944, cuando Lucien Carr, hastiado del alucinante acoso homosexual de David Kammerer, lo apuñaló y echó su fiambre a las caldeadas aguas del Río Hudson.

Cínica, vertiginosa y visceral, Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques es como un ping pong autobiográfico en el que palpita la crónica exacta de los inicios del movimiento beat, sin complacencia, sin idealismos ni impostura, porque las miradas de Will Dennison (alter ego de Burroughs) y de Mike Ryko (doble de Kerouac), exponen una instantánea detallista de esa tribu de parias y poetas, adictos y filósofos, dementes y profetas que despegaron hacia la luna desde el centro de Manhattan.

Así que cuando Ginsberg le escribió a Cassady que Burroughs planeaba escabullirse de su cáscara epidérmica, quizá no había detectado que en él se había asentado un virus. Era una lámina desteñida, transparente, que Bill elucidó a través de El Hombre Invisible de Nova Express: "Esas láminas incoloras son la materia de que está hecha la carne–Se vuelve carne cuando tienen color y escritura–Es decir Palabra e Imagen y escriben el mensaje que es cada uno de ustedes sobre las láminas incoloras y determinan toda carne."

La palabra, el virus. La carne, la imagen. Ideas que circulan permanentemente en la obra de ese hombre que nació el 5 de febrero de 1914 en St. Louis, Missouri, cuyo universo estaba plagado de criaturas ectoplásmicas, cadenas de ADN, tierra de hierba sin espejos, viajes astrales en el avión de una aguja hipodérmica, exterminadores de parásitos que se alimentan de los egos, las fobias y las tentaciones de humanos­–huésped, se reproducen en los genitales de sodomitas improbables y bullen en el esfínter de tiranos.

La literatura de Burroughs es lo más parecida a un sueño, mejor dicho, a una pesadilla multiforme. Todo es posible en esas páginas donde el mundo se destruye y reconstruye como en un lienzo de Brion Gysin o adquiere un tono surrealista como en el que hablaba el gángster alemán, judío y americano Dutch Schultz.

Leer a William Burroughs impone la tarea de ensamblar un mecano de apariencia sospechosa: Los chicos salvajes, Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos, Tierras de Occidente, El fantasma accidental, El metro blanco, El ticket que explotó, Mi educación o sus inmensos epistolarios (a Kerouac, a Ginsberg) donde soltó las riendas de su espíritu para mostrarse como lo que era, efectivamente, un tipo fuera de sí mismo, deslumbrado eternamente por el orgasmo que, decía, era como un flash en el culo: "Soy un fantasma que desea lo que todos los fantasmas —un cuerpo— después del Largo Tiempo que estuve cruzando avenidas indoloras del espacio sin vida al no olor incoloro de la muerte..." (El almuerzo desnudo)