La violencia sin ética

Las ideas de moral o ética públicas aparecen como conceptos remotos, avejentados, que en el mejor de los casos hacen referencia a buenas intenciones que en la vida práctica no sirven para nada.
En México tenemos una sociedad inmersa en una no tan discreta guerra civil.
En México tenemos una sociedad inmersa en una no tan discreta guerra civil. (Javier Ríos)

México

En una época como la nuestra, en la que prácticamente el único paradigma que estructura el propósito colectivo es el crecimiento económico, se desprende de manera lógica que a nivel individual prevalezca una mentalidad egoísta, orientada al propio beneficio, a conseguir la mayor cantidad posible de poder, fama, dinero, etc. En ese contexto, las ideas de moral o ética públicas aparecen como conceptos remotos, avejentados, que en el mejor de los casos hacen referencia a buenas intenciones que en la vida práctica no sirven para nada. Al mismo tiempo, a cada nueva noticia que se suma al flujo incesante de la espeluznante violencia bajo la cual vivimos, quienes no hemos sido víctimas, o al menos no víctimas letales, reprobamos y tememos dicha violencia, pero siempre como si fuera un fenómeno que nos resulta por completo ajeno, como si cada uno de nosotros fuera parte de la solución y en modo alguno del problema. Sin embargo, en países como México, uno de aquellos donde se vive con mayor agudeza la devastación ocasionada por el proyecto neoliberal, no son fenómenos en modo alguno desvinculados.

Por supuesto que ninguno de los actos de violencia sin sentido se pueden ni reducir ni mucho menos justificar por fenómenos sociopolíticos. En ese sentido, son abominables y punto. Aun así, ¿qué refleja desde el punto de vista sistémico una sociedad donde una joven es estrangulada y colgada de una caseta telefónica en el campus de la principal universidad pública del país? Donde un apacible estadunidense de 58 años, profundamente involucrado y comprometido con una pequeña comunidad veracruzana, es torturado hasta la muerte sin que se sepa por qué. Donde un conductor arrolla y deja con muerte cerebral a una policía por intentar evadir su justa pena por conducir borracho. Y eso son solo hechos ocurridos en los últimos días. Queda claro que no existe ningún principio ético, vinculado a la idea de la vida en sociedad, que detenga a los perpetradores de estos actos. No hay freno alguno, es el impulso violento en su vertiente más descarnada, con lo cual tenemos una sociedad inmersa en una no tan discreta guerra civil, no estructurada a partir de grandes bandos, sino más bien de innumerables células violentas que matan y destruyen porque sí, porque pueden, porque así conviene a sus intereses y nada más.

Hay claramente algo podrido en esta Dinamarca marcada por la desigualdad, la miseria, el hambre, el racismo, el clasismo y una clase político-empresarial que también se ha vuelto cada vez más cínica en cuanto a la ostentación de su propia corrupción y a la abierta utilización del Estado para la defensa de sus propios intereses. Mientras existan decenas de millones de olvidados y excluidos, de personas cuya única aspiración en la vida es la de sobrevivir como mejor puedan, continuaremos teniendo un caldo de cultivo inmejorable para el reguero de violencia indiferenciada que ha azotado al país por lo menos durante los últimos 10 o 15 años. En lugar de una creciente militarización que simplemente engendra a su vez más y más violencia, urge una ética que anteponga la distribución al modelo de crecimiento que continúa concentrando la riqueza en unos cuantos. Porque la paradoja es que con el modelo actual nos jodemos todos aunque, muy orwellianamente y como siempre, unos se joden mucho más que otros.