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Viernes , 22.06.2018 / 18:30 Hoy

"Viernes Negro"

La vendedora acarició suavemente el zapato como si se tratara de un hombre. Cuero negro, suela de corcho.

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Susana Iglesias

Lo normal en una mujer es ver una enorme sonrisa cuando entra a una tienda de zapatos, eso es lo que esperan. Una sonrisa estúpida. Para mí todas esas miradas de mujeres sonriendo, están muertas. Desoladas acuden a comprar zapatos para hombres que no las aprecian. Esas dos sonrisas asesinan. Ya no puedo ver un par de zapatos como antes, cuando los veo me dan ganas de vomitar o echarme a correr. Tienen 70 por ciento de descuento, “solo queda un número siete en Plaza Tepeyac”, no me da tiempo de llegar, eso está al norte de la ciudad, le dije a la vendedora que no podría llegar a tiempo. Insistió que podría pagarlo, lo traerían en un par de días, “antes me gustaría medírmelos”, los pretextos sobran cuando decides que no vas a comprar un par de zapatos más, “la oferta es hasta hoy”, la vendedora con aquellas uñas postizas acarició suavemente el zapato como si se tratara de un hombre. Cuero negro, suela de corcho. Vaya decepción, cuando encajé la uña discretamente pude darme cuenta que era imitación de corcho, por eso cuestan tan poco, en las ofertas puedes darte cuenta de lo sobrevalorados que están los objetos, cualquier cosa en los aparadores está sobrevalorada. Si necesitas saber algo sobre precios reales, espera las ofertas. En sus uñas dejaba ver con orgullo la letra D, conocida casa francesa a la que pertenecían los zapatos. Una mujer que estaba cerca del mostrador le preguntó a la vendedora por el precio, “soy del seis, a lo mejor me queda el siete, ¿no?”, no lo dudes, los zapatos son como los hombres, si tiras alguno, vendrá otra tras él en cualquier momento. Esa mujer de uñas también postizas, pestañas postizas, chichis postizas, se deslizó entre la vendedora y mi espacio vital, qué molesto cuando alguna persona invade de esa forma. El movimiento exacto, a veces los sucesos incómodos nos dan oportunidad de reconsiderar nuestros actos; nada mejor que escapar ante la distracción, una vez que una de esas amables vendedoras ha extendido su garra, no importa lo que hagas, no importa si te consideras inteligente, es probable que salgas con varios pares de zapatos que no necesitabas. La vulgaridad es hermosa para millones de personas, no advierten que ese elemento es lo que los convierte en pequeñas piezas desechables. Una mujer deja un par de zapatos, otra los encuentra, vaya puntada del destino. Lo normal es hermoso para las personas normales, para algunos es normal recoger lo que otros desechan.

Estaba cansada de caminar, no nací con tacones. Tenía hambre, subí al piso de comida rápida, pedí un arroz al vapor con pollo estilo teriyaki. Insípido, dudo que sea pollo esa menudencia apestosa que sirven sobre el arroz, demasiado condimento para tapar el mal olor y sabor de algo que lleva siglos congelado. El cajero estaba visiblemente harto, por un momento pensé que se trataba de otra persona muerta, de esas con sonrisa muerta, venciendo mi odio a los otros, traté de ser amable, no soy una persona amable, soy una persona malnacida. Mi abuelito me llamaba: “El hijo de su”, a veces me acuerdo de él con mucho cariño, se murió muy joven, de 72 años, tomaba demasiado, el hijo de su era un muchacho, desde chico era muy malo pa’levantarse, dicen que nació cansado el hijo de su… le gustaba gastar feria el hijo de su y la feria que gastaba no sé dónde la agarraba porque nunca trabajaba el hijo de su, hijooo de suuuu, esa era la que me cantaban el día de mi cumpleaños, una canción norteña que no me parece graciosa. Nunca tuve Mañanitas.

El chico de la caja era guapo, un chiquitillo encabronado con su trabajo. Le dije que era duro estar más de ocho horas o diez de pie, sonrió, esa sonrisa no estaba muerta. Después fijó la vista en mi manzana de Adán, la sonrisa desapareció. Me alejé, vi a una señora que estaba trapeando, una anciana con la espalda encorvada. Tenía el cabello esponjado, peinado tipo años 60, el uniforme azul no le hacía justicia, estoy segura que en sus buenas épocas era una mujer apetecible. No se veía contenta, ni muerta, su mirada no parecía resignada o triste; hacía aquel trabajo tan pesado con indiferencia. Si algo me agrada de las personas es la indiferencia que pueden mostrar ante las buenas o malas noticias. Nada, ni un sobresalto ante la peor noticia, a eso llamo: temple. En algún momento pasó junto a mí, “señora hace rato que pasó y que yo estaba en la caja pagando, vi este billete tirado, seguro es de usted”, ella dijo sonriendo que sí, era suyo, no tenía duda, “sí, es mío, es que me los echo en la bolsa de acá y luego se me caen porque ando sacando el trapo muchas veces, muchas gracias señorita”, era un billete de 50 pesos. Nadie resiste las mentiras, el billete salió directo de mi cartera, no se le cayó. “Señorita”, por fin alguien reconoce quién soy, camino mejor que cualquier golfa en tacones. Otra decepción, la alegría con la que recibió el billete me entristeció, me hubiera gustado que actuara con la misma indiferencia con la que trapeaba con aquél mechudo desgastado.

Comer sola no es deprimente, me deprime comer con otras personas, me parecen enajenadas esas comidas de mesas atascadas y múltiples conversaciones, me siento fuera de eje, más sola. Sólo con Carlitos me gustaba comer, era un tipo de rostro amable, el supervisor de las tiendas de zapatos en las que trabajé. Duré más de un año y medio en el almacén, me tocaba la sucursal de Plaza Coyoacán, de ahí a Torres de Padierna eran dos horas de camino entre Metro y camión, me gustaba tener zapatos caros en mis manos. Una vez que pidieron horas extras de inventario, Carlos pichó la comida, fue la primera vez que no me sentí incómoda, comía en silencio, no molestaba. Del almacén me subió a un puesto conduciendo una camioneta para entregar los zapatos en las tiendas, tenía chalán, solo me tocaba conducir, vigilar que llegaran los zapatos, a veces me pedía que le echara la mano revisando códigos al azar en la bodega de la tienda para descubrir si alguien nos robaba, si descubría robos, Carlos me compensaba, jamás rajé al delatar a los ladrones. Tal vez delatar a otros me trajo mala suerte, la honestidad te da mala suerte. Ahí podía usar pantalones apretados y camisas escotadas sin que nadie dijera nada, teníamos un cliente español que me pretendía, un señor ya mayor que chuleaba mis ojos, “tapatíos y andaluz, esos ojos, esos ojos”, lo decía fijando su vista en otra parte, entendí que todas las personas matan, obedecen la normalidad de la vida pública. Todas las miradas, la más alegre o resentida: todas están destinadas a matar algo dentro de nosotros. Estoy sola porque soy culera. Cuando corrieron a Rubí, me alegré mucho, salía con Esteban, me gustaba ese hombre. También le gustaba, podía notarlo cuando nos quedábamos atascados en el tránsito, a veces me miraba de forma insistente. Cuando le dije a Carlitos que Rubí estaba robando, me creyó de inmediato.

—Faltan zapatos, no te hagas.

—Le juro que yo jamás he tom….

—Rubí, no jures, eres una ratera.

La despidieron, sin derecho a nada. Carlos era tan bueno que no la presentó a un MP. Lo que hice todas las tardes fue llevarme un zapato, lo tiraba por la ventana mientras conducía por Río Churubusco. No sé cuántos tiré. Llegaba a repartir, descargaba, la idiota de Rubí me ofrecía siempre un refresco, nada más por saludarla de beso y decirle “amiga, qué guapa”; cuando iba por la soda, agarraba un zapato de los más caros, me lo llevaba en las cajas de los pedidos que teníamos que llevar a otra sucursal. Tal vez por eso me dan pollo podrido aderezado con salsa de soya. Las personas más exitosas y la más culeras, comen solas. Maldita tipa falsa, con sus ridículas chichis mal hechas, se veía jodidona, uñas sin retoque, raíz, maquillaje barato, ¿cómo se atreven a salir así?, no creo que comprara los zapatos, voy a tirar lo que queda de este asqueroso arroz, Plaza Tepeyac no está tan lejos, calzo del ocho, no importa, a mí todo me entra, todo. Con suerte me entra uno del siete.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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