Viernes en la Alameda

Ha comenzado a destruirse este viernes 1 de diciembre. Lo único que le queda es la noche. Sus colores se han perdido para siempre.
El cronista se reprocha que su construcción tenga tantos trazos humanos y dirige su mirada hacia combinaciones abstractas.
El cronista se reprocha que su construcción tenga tantos trazos humanos y dirige su mirada hacia combinaciones abstractas. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

El cronista, tras cuatro horas en la Alameda de luz incierta, decide paralizar el momento a las seis y cuarto de la tarde, cuando del breve sol disminuido, a punto de desaparecer en el horizonte, solo resta un tenue rojo que nada puede contra una oscuridad incipiente que crece entre grises envuelta de frío.

Es el color lo que paraliza al cronista; la manera en que el rojo se disuelve entre el viento y las sombras le instala en la cabeza una imagen trágica: un cielo que ha perdido su sangre, y es desde ahí, desde el vago cromatismo de un espacio vacío, que comienza a paralizar los acontecimientos. A escogerlos y aislarlos. A darles durante un instante una importancia extraordinaria. Y a disolverlos unos en otros lenta e implacablemente, a la mística manera radical de los minimalistas.

Entonces, la Alameda, a las seis y cuarto de la tarde, mientras el cronista camina con dirección a Bellas Artes, despierta hacia raras existencias.

La paloma tonta picotea una moneda; esa mujer —¿39?, morena, bajita, con las manos sucias de tierra— patea el aire y la paloma vuela. Esa mujer guarda la moneda en la bolsa de sus pantalones negros con gesto furtivo y amargo. Es de 50 centavos.

El niño sumerge la cara en la fuente. Tendrá 8 o 9 años. Su corto cabello castaño chorrea y su voz es suave como la de una guitarra: “¿Puedo meterme?”. Su padre —hombre gordo de cuello ancho— lo toma de la mano y dice: “Vas a morirte de frío, no seas pendejo”, y comienza a secar al niño con la manga afelpada de su propia chamarra. Lo protege, pero sorprende que a sus labios hayan llegado —tan fáciles, tan naturales, casi con pureza— el insulto y la muerte.

El cronista se reprocha que su construcción tenga tantos trazos humanos y dirige su mirada hacia combinaciones abstractas. Busca mecánicos ruidos de frío: cae café en un vaso de unicel, aquel encendedor prende un cigarrillo y un grueso guante de lana choca contra el cemento: sonidos que integran un mapa fallido: incoherente y lleno de trampas, que muestra un camino falso.

Por lo tanto, el cronista insiste en la imagen de un cielo que ha perdido su sangre. Un significado posible es el espacio vacío; otro puede ser el desapasionamiento del paisaje. Y son cosas distintas: el vacío es mera ausencia y la falta de pasión puede resultar destructiva: ha comenzado a destruirse, por ejemplo, este viernes 1 de diciembre. Lo único que le queda es la noche. Sus colores se han perdido para siempre.