Un viejo enigma y una moraleja

Escolios.
Edipo
(Especial)

Ciudad de México

He escuchado el susurro creciente de los espectadores cuando se aproxima el desenlace que todos conocen y que, sin embargo, nadie quisiera presenciar. Pocas historias han generado tanto impacto emocional a lo largo de los siglos como la de Edipo. La leyenda es harto conocida. Cuando su esposa Yocasta está a punto de dar a luz, Layo, rey de Tebas, es advertido de que su hijo será su asesino. Recién nacido, Edipo es punzado en los tobillos y abandonado en el monte para que lo devoren las bestias, pero un boyero lo salva y lo entrega a los reyes de Corinto. Ya adulto, y sabedor de que fue adoptado, Edipo viaja a Delfos para preguntar por su origen y es aconsejado de no regresar a su patria. Decide huir de Corinto y, fatalmente, se dirige a Tebas. En el camino se encuentra casualmente con Layo, riñen por ver quién cruza primero y Edipo lo mata. Llega a una Tebas devastada por la Esfinge, mitad mujer y mitad animal, que exige tributos humanos hasta que alguien acierte el enigma que plantea. La ciudad ofrece, a quien resuelva el enigma, el trono vacante (se sabe que Layo ha muerto, pero no en qué circunstancias) y la mano de la todavía apetecible viuda. Edipo busca a la Esfinge, que le espeta su célebre adivinanza, “¿cuál es la criatura que en la mañana anda con cuatro pies, con dos al mediodía y, hacia el crepúsculo, con tres?”. Edipo dice que el hombre, la Esfinge acepta como válida la respuesta y se arroja al mar.

Dice Carlos García Gual en Enigmático Edipo (FCE, 2013) que “quien resolvió el enigma de la Esfinge fue, para sí mismo, en definitiva, un oscuro enigma”. En efecto, Edipo toma posesión de la mujer y de la silla, reina por unos años y concibe hijos hasta que una peste manifiesta la cólera divina. El oráculo da pistas y algunos memoriosos permiten reconstruir los hechos y develar la tragedia de parricidio e incesto. Yocasta se suicida y Edipo se saca los ojos y se destierra. Por supuesto, las penurias de esa familia no comienzan ni terminan con Edipo; pero las fatales equivocaciones del sagaz adivinador de enigmas son las más conmovedoras. En un bello ensayo, El enigma de la esfinge (lo publicó la editorial Cebra en 2013, con un extraordinario epílogo de Marcelo Pernia), Thomas de Quincey se atreve a mejorar la contestación de Edipo al monstruo. La respuesta al enigma de la Esfinge, dice, no era “el hombre”, sino “Edipo”. Cierto, el héroe debió contestar “yo mismo”, pues anduvo a cuatro patas en la infancia, en la mayor indefensión y desamparo; en la madurez logró resarcirse del daño de sus pies y caminar firmemente en busca de su propio origen en lugar de conformarse con la comodidad y privilegios del hogar adoptivo y, finalmente, revelada la tragedia, vagó viejo y ciego apoyado en un bastón, o de la mano compasiva de su hija. Hay que entender, entonces, que la respuesta al enigma es uno mismo y que todo auténtico conocimiento es auto–revelación, prefiguración del propio destino.