La vida en cueros

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Las Naturistas Neo del Studio Voltaire en Londres
Las Naturistas Neo del Studio Voltaire en Londres (Studio Voltaire)

En España muchos miran el reloj con impaciencia mientras su corazón late al ritmo de la lujuria. Otros esperan con horror la llegada del 24 de julio. Este día los madrileños podrán acudir a una piscina pública en cueros mientras celebran el “día sin traje de baño” que han autorizado las autoridades locales.

Recién anunciada, la medida ha tomado por sorpresa a los sectores más conservadores, que no han podido protestar lo suficiente. Sin embargo, las encuestas de opinión difundidas en estos días dejan ver que más de la mitad de la población, el 57 por ciento, no está conforme con un decreto que permitirá a hombre y mujeres exhibirse sin ropa ante la mirada de todos, incluidos los niños que acuden en masa a las piscinas públicas durante el verano. Contra lo que muchos suponían, las opiniones no están divididas a favor o en contra. En apego a una actitud bastante común en nuestros días, está también la indiferencia, al 27 por ciento de los encuestados le dio lo mismo si alguien se paseaba desnudo por ahí o no.

Está claro que la moral ha cambiado radicalmente en los últimos años, aunque solicitudes como la de los naturistas españoles han sido aceptadas en el pasado con muchos remordimientos y ordenamientos muy claros a propósito del carácter privado de las reuniones de nudistas. Hoy día abundan las playas nudistas prácticamente en todo el mundo, son frecuentes los encuentros masivos de encuerados en cruceros, aviones y hoteles y hasta un fotógrafo escasamente creativo como Spencer Tunick consigue que miles de individuos se quiten la ropa y posen para su cámara.

Pese a las embestidas del tiempo, hay quienes sobreviven todavía mostrando su piel desnuda con ganas de transgredir los códigos morales. Las británicas Christine Binnie, Jennifer Binnie y Wilma Johnson incendiaron con sus desnudos los más sórdidos antros londinenses desde comienzos de los ochenta. Eran felices mostrándose con el cuerpo embadurnado con pintura, apenas cubierto de algún comestible, en escenarios sugerentes, como una iglesia o una cocina improvisadas. De pronto aparecían con un cangrejo a modo de hoja de parra, repartiendo mariscos como hostias a los parroquianos. Ni pensaban en el dinero. Lo hacían solo por diversión. Tal vez para escandalizar a las buenas conciencias. Nunca entendieron sus gestos irreverentes como un performance que rendía tributo sobre todo al cuerpo femenino.

Hasta que alguien las atrapó y las puso a recorrer los museos, que es donde deben estar en estos tiempos desinhibidos. Ahora las chicas, con la piel poblada de arrugas y derrotadas por las adiposidades, afiliadas a lo que identifican como Naturistas Neo, están en exposición en una sala de arte en Londres, el Studio Voltaire. Siguen siendo casi las mismas 35 años después, irreverentes, provocadoras, festivas. Así se les puede ver ahí hasta finales de agosto, aunque dicen que no les gustan los museos ni la seriedad del arte.

Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa