De la vida bohemia

El café, el bar o los restaurantes son los ámbitos ideales para su realización. Los cabarets no, porque ahí se va a otra cosa, aunque se arrastre hasta sus linderos la estela de la conversación.
Colina 2
(Cortesía)

Ciudad de México

Estampas de la vida bohemia. Tan afecto era Pedro F. Miret a la vida bohemia que en una de sus colaboraciones periodísticas asentó un elogio de la tertulia, donde legitimaba ensayísticamente a esta institución de la república literaria, pues participó de varias, entre ellas una donde pululaban los cineastas y las actrices, otra donde los escritores prevalecían y una más donde los refugiados de origen español dominaban la mesa.

En la actualidad dicha institución, la tertulia, sigue viva entre no­sotros. Los mentideros en la república de los poetas vivos abundan. Puede encontrarse su viva estampa y en acción en Puebla, en la ciudad de Mérida o en Tijuana. El café, el bar o los restaurantes son los ámbitos ideales para su realización. Los cabarets no, porque ahí se va a otra cosa, aunque se arrastre hasta sus linderos la estela de la conversación. Sin embargo, habrá quien la realice en estos espacios públicos tan propicios para el habla, por esa condición de serenidad señalada por Max Aub en su “Elogio de la casa de citas”: “Allí todo es claro, sin problemas, matemático.”

Como apuntaba Miret en aquel texto periodístico, en torno a la mesa de la tertulia se suceden los temas: el orden o su concierto no importan, no se gobiernan y menos aun se administran. Importan la charla, el punto de vista, la agudeza del planteamiento, a veces hasta la chismografía. La literatura, el cine, la música, la circunstancia política autóctona, cuyos temas, mayores o menores, discurren con naturalidad o por la lógica del azar tanto por la agitada conver­sación como por los ardores etílicos, o por el valor en sí de los legados de una u otra disciplina, de uno u otro autor, el tamaño de la sevicia de un político. Los libros y la lectura son madejas que siempre se desmenuzan durante el aperitivo y la degustación del platillo fuerte, o mientras se escancia el vino, o cuando los fumadores se apartan a la hora del tabaco requerido. Las novedades culturales y la puesta al día del horizonte político son otros de sus nutrientes, además de las beldades del espectáculo, la alegre vida de noche o las mujeres con cierto andar y cierto vestir, que animan la vida de la peatonía.

Ningún día es mejor que otro para su celebración. Basta la mesa, el escenario y unos parroquianos dispuestos a conversar con ánimo tolerante sobre las menudencias de la vida, aparte de la envoltura que ofrece el recogimiento etilizado y el silencio gastronómico. La conversación entre los pares, o de pares, la línea de transmisión de saberes que se establece del maestro a su discípulo son atributos de civilidad, alta cultura y madurez de la ciudadanía que aprendió a administrar sus tiempos de ocio.

La tertulia de Laberinto, el suplemento cultural de Milenio, se congrega en torno a José de la Colina, su epicentro, cuyo grupo de cofrades se reúne desde hace años en diferentes sedes (El Covadonga, El Gallo de Oro, Cantabria, Salón Palacio y La Cúpula de Oro, en el Hotel Imperial, actual comedor y mentidero) para concelebrar ese arte milenario de la conversación, donde participan también Armando González Torres, José Luis Martínez S., Armando Alanís, Iván Ríos Gascón, Roberto Pliego, Raúl Renán, Juan Manuel Gómez, José Antonio Lugo, Javier Perucho y, last but not least, Norma Salazar, Lupita Soto, María Hoppenstedt y Gabriela Couturier. Suelen acompa­ñarlos Héctor de Mauleón, Eruviel Tirado, Braulio Peralta, Roberto García Bonilla, Evodio Escalante, Sylvia Navarrete, más otras personalidades que se aparecen de manera esporádica. La esencia de la tertulia y su representación en la mesa es la hospitalidad y la bienvenida a los visitantes. Registro visual de este convivio se encuentra en las placas fotográficas que el maestro Pascual Borzelli ha tomado en sus paseos itinerantes por las tertulias que encuentran su pasión, vida y elíxires en la Ciudad de México.

Cada santo viernes, al punto de la comida, se reúne el grupo para departir, charlar sobre la trascendencia de la señora Bovary, la mejor novela del siglo veinte, la música de nuestros días o las políticas públicas sobre el patrimonio cultural… Así, los asuntos se suceden con la naturalidad de una conversación sin pautas. Y entre tema y tema, a manera de nexos, fugas hacia el Quijote, Tristram Shandy, Rayuela, En busca del tiempo perdido. En la mesa, como es natural y evidente, dominan los asuntos literarios y sociales por la configuración intelectual de los participantes. Por su parte, los oficios domésticos, la familia, las quejumbres por la salud o el empleo no son asuntos habituales en torno al banquete, aunque eventualmente condimentan la ingesta gastronó­mica. Sí, en cambio, el regalo de las novedades editoriales cuya autoría recae en los protagonistas aludidos; su obsequio forma parte del rito, un rito muy fértil, por cierto, pues cada tertuliano mantiene una producción cristalizada no solo en los libros, sino ejercida también en la radio, las revistas, los suplementos culturales y, en menor medida, la televisión. La presencia en Internet no se cacarea, aunque sea abundante, quizá debido a que todos someten su yugo al antiguo régimen del libro y las realizaciones acogidas en el espacio virtual no se vean como trabajo a concelebrar. Las conferencias, los jurados literarios, las me­sas redondas, las lecturas abiertas, así como la docencia literaria son ramales de una actividad profesional ejercida en los espacios y las instituciones públicas por cada uno de los tertulianos.

La amistad campea en la tertulia, es verdad, pues amigos son los que asisten, comparten, divagan o argumentan. El humor, la ironía y la picaresca son los condimentos naturales de la camaradería. Aunque no idealizo la tertulia, la competencia y la rivalidad no pertenecen a ese espacio de socialización, pues se convierten en catalizadores negativos de la charla, la ingesta de manjares y la copa de vino. Además de que arruinan el postre. L