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Miércoles , 19.09.2018 / 06:30 Hoy

[Vibraciones] Madrid, mapa sonoro en plena crisis

Que la ciudad sea mapa sonoro. No partitura. La Gran Vía de Madrid como una íntima guía de sonidos. Dos días. Identificar a los agentes. Contar la historia de cada cosa que en el mapa suena.

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Que la ciudad sea mapa sonoro. No partitura. La Gran Vía de Madrid como una íntima guía de sonidos. Dos días. Identificar a los agentes. Contar la historia de cada cosa que en el mapa suena. Cosas físicas, como personas o máquinas; cosas abstractas, como las insatisfacciones. A CCVW

Miércoles 3 de diciembre. Cristina canta afuera de la cafetería que atiende a la altura de San Bernardo sobre la Gran Vía. "En lejanas tieeerras, tengo yo un amooor/ blanca cual la nieeeve, rubia como el soool". Su voz duda; está dividida: una parte (lóbrega) aún pertenece a la noche, la otra (nítida) ya es parte del día.

Las siete de la mañana. Casi bajo cero. Sonidos mecánicos (cláxones, motores y una pala eléctrica que penetra la banqueta de Flor Alta), sonidos abstractos (el viento helado que tira una a una las hojas del triste y señero árbol Matapalo de la calle Tudescos, frente al Cine Capital), sonidos antiguos (desde el Monasterio de las Descalzas vibran profundas y lejanas campanas) y extrañas colisiones de señales y sonidos (luz roja; un coche frena tarde sobre la línea de peatones; el grito de un viejo, "¡menudo cabronazo!", que levanta el dedo; risas, luz verde y más viento).

Ruidos humanos; muchos y variados. Conversación azarosa sobre cine (al lado de un semáforo) entre delgada joven de altas botas rosas y afelpadas ("la última de Godard mola, ¿a que no?") y un ancho joven negro de gabardina y sombrero ("naa, pura farsantería nihilista").

Una moto que acelera. Aquí éste tose, allá alguien pide permiso y ella corre hacia la Cibeles con tacones. La puerta metálica de una farmacia que se levanta. Pero Cristina es el sonido más complejo de la mañana.

Estudió para conectar formas y colores con flujos virtuales. Perdió los veintes estudiando. Tiene una maestría en diseño web y ahora al día sirve de 100 a 300 cafés. Canta, y en su canción (un poco aguda, un poco desafinada) hay anhelo, resignación y drama ("palomita blaaanca, como la ilusióoon, ¿no has visto a la amada de mi corazóoon?"). Cristina no puede recordar cuándo fue la última noche que se puso un vestido y tuvo ganas de salir a bailar. Es una joven tristísima que, con música, le pide explicaciones sobre su malogrado destino a la nada.

Jueves 4 de diciembre. Tres cuadras de cola. Mil 678 personas esperando su turno para comprar un billete de lotería. Blues grotesco. Metafórico y real. Una banda cerca: teclado, batería, guitarra y voz. El cantante, borracho, pierde las palabras: las escupe incompletas o demasiado tarde y suelta "piedad" y "horror" con la misma apática expresión.

Son las seis. Pronto estará oscuro. En el lugar donde la Gran Vía llega a la Calle de Alcalá, Nicolás ya no se esfuerza. Ni siquiera intenta ser amable. 42 años y está tirado en la esquina; su espalda apoyada contra una pared del Centro Cultural Blanquerna. Los ojos fijos en el suelo. Frente a él hay un bote de pintura vacío con un letrero "soy contador licenciado; llevo cinco años sin encontrar trabajo; necesito dinero para pagar alquiler y colegiatura" y una foto de una pequeña con la leyenda: "Diana, mi hija, es solo una niña". Haya o no mentira, es una escena silenciosa de miedo y descaro; resignación y decadencia; rencor y cobardía.

A unos pasos de ahí, en el pub James Joyce ya no cabe nadie. Suena "Out of Time" de los Stones. Acodados en la barra dos amigos: Cristian de 34 (voz de tenor ligero aguda y plañidera) y Verónica de 36 (voz cavernosa de mezzo dramática, ideal para Carmen o Dalila). Conversan sobre alcohol. V: "gracias por el gin". C: "no hay por qué". V: "me refresca hasta el alma". C: ¡qué gozo es esto de beber!". V: "ni que lo digas, ¡el bar es un lugar tan hermoso!".

En dos horas, dramaturgia y ópera. 10 negritos y Muerte en Venecia. 22 euros para Agatha Christie, al menos 45 para Benjamin Britten. Los teatros estarán vacíos.

María Luisa arrastra su maleta por la Gran Vía. Lleva ropa, cremas y una vajilla completa. 39 y soltera. Madrileña de toda la vida. Toma el metro Plaza España; dirección Hospital. En Chamartín baja y hace una trompetilla de disgusto, como si fuera francesa.

Falta media hora para que su tren salga. Ya está cansada de hacer traducciones inconstantes como independiente. No tiene aguinaldo, prestaciones, ni seguro social o protección médica. En Valladolid le ofrecen una plaza de maestra. Hoy deja Madrid a las 7. Arrastra sus cosas hacia la estación. La maleta pesa 23 kilos y está coja. Una de las llantitas no funciona. Se va chueca y su "tacatacataca" desentona.

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