Crecer bajo lluvia envenenada

Vibraciones.
Vibraciones
(Especial)

Ciudad de México

I

“Murió Ryan Adams”. A nadie sorprende la noticia. Hasta sus amigos piensan que ya está muerto. “Un sol que se niega a ocultarse en el horizonte”, así se describe a sí mismo en “29”, que abre el álbum del mismo nombre (2005) donde, en orden descendente, describe sus veintes. “Anoche la calle se colapsó/ y caí en un campo de fresas/ que se abrió en un pozo de vino./ Vino de fresa/ y nubes ardiendo/ en este desierto rodeado por flores”, canta en “Strawberry Wine”, la segunda pieza, que corresponde a sus 28.

La referencia al alcohol es muy importante en el arte de Ryan. “Dancing with the Women at the Bar” es la canción más conocida que escribió para su grupo country de juventud —Whiskytown—, y en una de sus primeras obras como solista revela: “Sé que mis amigos tienen miedo de mí:/ puedo ver la preocupación pintada en sus rostros./ Pero a pesar de cualquier cosa que antes haya dicho:/ ¡El bar es un lugar tan hermoso!,/ sha na na na, sha la la la”.

 

II

Bebe solo encerrado en su cuarto. El alcohol le da paz; palia su adicción al trabajo. Escribe ocho horas diarias: música y poesía. Cada dos meses termina un nuevo disco: de rap, de country, de heavymetal, de punk, de new age. En su disquera (Lost Highway), nadie lo soporta. Le dicen: “producen dinero las canciones de folk–rock–pop sobre amor malogrado, como las que escribiste para Gold (2002)”: millón de copias vendidas y tres nominaciones al Grammy.

Ryan se niega y tiene ganas de pelear. Así que si le piden otro éxito tipo “When the Stars Go Blue” (del que han hecho covers The Corrs y U2), llega borracho a las oficinas para entregar una canción (“Star Wars”) que dice: “oh, oh/ quiero amar a alguien que me ame/ oh, oh/ de la misma forma/ en la que yo amo a los ninjas, las pizzas y la Guerra de las Galaxias”.

 

III

Sus álbumes son raros, inconstantes. Transitan, como Easy Tiger (2007), entre piezas muy buenas (“Everybody Knows”), cursilería (“Goodnight Rose”), ideas interesantes (“Oh My God, Whatever”), baladas de efecto inmediato (“Two” en dueto con Sheryl Crow), letras ridículas (“Halloweenhead”) y, sobre cualquier otra cosa, la autocompasión como historia de su vida. En “I Learn Myself How to Grow Old”,confiesa: “la mayor parte del tiempo no tengo nada qué decir;/ cuando digo algo resulta una tontería/ y de todas maneras no hay nadie que me escuche./ Sé que tal vez sea mejor así./ Me adormilo con las voces de la televisión/ hasta que siento los ojos pesados y me desvanezco./ Me he enseñado a crecer solo,/ sin ningún tipo de amor,/ bajo lluvia envenenada”.

 

IV

Rompe con su disquera, deja de beber y publica sus poemas (Infinity Blues y Hello Sunshine, Akashic Books, 2009). En uno narra cómo Einstein y Dios están tomando té. Einstein se esfuerza por no hacer demasiadas preguntas y Dios le responde en angelica, un idioma que suena como un cachorrito ladrando.

 

V

Se acentúan sus ataques de pánico. Va a cumplir 40. Junta una banda anclada en los ochenta. Crea canciones, cerca de 200. Selecciona once y anuncia un álbum homónimo (bajo su disquera independiente, Pax–Am), Ryan Adams (2014), cuya portada ofrece un acercamiento a su cara: muy despeinado y el gesto sombrío, casi iracundo. Arte contrastante con protagonismo del sintetizador y la guitarra eléctrica. De lucha y búsqueda. Frenético temor sensual e ira implacable. Paroxismos de insensatez y orgullo masculino. Extrañas metáforas (“My Wrecking Ball”) donde su alma es un coche viejo y averiado; no le ha puesto gasolina pero por algún milagro aún avanza. Terror a la pérdida (“¿estaré a salvo si ya no quiero estar contigo?” pregunta en “I Am Safe?”). Intensa nostalgia repentina por la lejana muerte de su abuela y frágiles llamas que surgen de cenizas tras luengas penas.

En “Gimme Something Good”, la canción más poderosa del disco, insiste en que está solo y nadie, nunca, quiere escucharlo: “No puedo hablar/ mi mente está en blanco/ así que decido ir a dar la vuelta/ no tengo nada qué decir./ Me he quedado ciego;/ la oscuridad nace y se expande/ así que voy a esperar aquí/ hasta el fin de los tiempos”.

Le obsesiona la idea de haber desaparecido. Se siente increado, sin consistencia; incapaz de leer las señales de su destino. Y la forma de dar su mensaje, a pesar de la sobriedad, sigue siendo el mismo: es Ryan cantándole al mundo cuánto sufre por ser un fantasma triste, uno antinatural, sin vida anterior que purgar.