Tres miniaturas sobre Elisabeth Pixley–Fink

Vibraciones.
Elisabeth Pixley–Fink
Elisabeth Pixley–Fink (Laura Jacobus)

Ciudad de México

Primera

Nuevas canciones

En sus primeras canciones puso lágrimas, melodías antiguas, tréboles, ranas y lunas sombrías sobre la tumba de un amor muerto. Elisabeth Pixley–Fink (Kalamazoo, Michigan, 1985) terminó cansada del dolor, de tanta tristeza; dejó de escuchar a la tarde (“¡tengo sed de sombra!”), dejó de creer en la fuente (“[que] pide labios y suspira el viento”) para compartir con el Lorca más joven una sed de aromas, de risas, y de cantares nuevos, sin lunas y sin lirios, y sin amores muertos, que vaya al alma de las cosas y al alma de los vientos.


Raíces de sangre

Esas primeras canciones crecieron de duelo, cuando Elisabeth supo que su amigo más querido había muerto a los 23 años. El resultado fue Bloodroot (Earthwork, 2013), un álbum dramático que, entre evocaciones de folclor antiguo, sumerge sus búsquedas en la poesía bucólica de los bardos paganos y del más místico Walt Whitman para encontrar en el salvaje latido de tierra, animales y plantas, las curativas sustancias que le permitan a un alma triste seguir creyendo en la vida.


The Fearless and the Pure

Elisabeth nació con una mancha en el cachete izquierdo, muy cerca de la oreja, del color de una miel oscura y forma de hoja ovalada. Su voz es grave y profunda, de amplio registro y fáciles agudos. Creció cantando himnos, con la certeza de que cantar es la manera más honesta de acercar el alma hacia la divinidad. Después de Bloodroot, las canciones le han salido violentas. Ritmos rápidos y palabras directas; piano y batería, ausencia de cuerdas; melodías fluidas e historias de sexo en camas cubiertas de azúcar blanco, lagartijas, sueños imposibles, cicatrices y la búsqueda eterna (que siempre sale mal) del amante perfecto, el que se ha mantenido puro y nunca tiene miedo.

 

Segunda

Mal comer, mal dormir

Canta tus mismas canciones en el mismo orden cada tres noches. Ve con el dueño del bar y peléate por tu dinero. A veces va a pagarte con hamburguesas. Veintisiete ciudades distintas en dos meses. Brinda y descubre que es un sillón el hotel que te prometieron. Canta sin haber dormido. Tus mismas canciones en el mismo orden. Cántalas encima de la risa de los borrachos. Necesitas que te alaben para no deprimirte. Estás tan sola que con cualquier hombre derrotado te ilusiona un romance. Tus canciones ya te aburren. La voz se te apaga; se consume a sí misma y terminas escupiendo sangre. Sientes asco. No puedes recordar cuándo fue la última vez que estuviste en casa.


El coquí

“El músico debe aprender a salir de sí mismo”. Elisabeth vive de la música pero divide su tiempo en dar conciertos por el mundo (“pocos pero muy bien escogidos”) y ser maestra Montessori. En sus clases, la música adquiere un nuevo sentido. Ya no se trata de ella, de lo que siente y expresa. Su voz pierde protagonismo; deja a la vanidosa artista por la comprometida educadora, y canta (“rolas de dominio universal; como El coquí, sobre una ranita puertorriqueña que canta de noche”) para que los niños liberen sus ideas, confíen en ellas, aprendan otros idiomas, se apasionen por una vida de la imaginación y descubran la belleza de lo abstracto.

 

Tercera

A veces las canciones le llegan en sueños

Una amiga le dio semillas de Mississippi; “pruébalas, son mágicas; curan cualquier sufrimiento”. Elisabeth se las metió a la boca y un sabor dorado mojó sus labios. Con este sueño escribió una canción para voz y percusiones dividida en cuatro escenas. Una niña espía por la mañana a su hermana grande que en la cocina prepara un elixir con las semillas doradas. Revuelve, hierve y enfría; bebe y sonríe. Recoge flores en el jardín y mata a un conejo con una escopeta; su vitalidad es incontenible, casi brutal. La pequeña lo ve todo con orgullo y miedo, pero no duda en seguir espiando cuando, cerca del ocaso, la hermana se dirige hacia el bosque ágil y ligera, sin hacer ruido, como una pantera. Esquiva árboles, atraviesa matorrales, y oculta entre las plantas se acuesta sobre la maleza. Su boca está sedienta del sabor dorado. ¿Está sola o en los brazos de su amante? La hermanita ya no puede verla.