• Regístrate
Estás leyendo: De viajes a Marte, trenes supersónicos, felicidad laboral y más utopías
Comparte esta noticia
Viernes , 22.06.2018 / 17:27 Hoy

De viajes a Marte, trenes supersónicos, felicidad laboral y más utopías

La invención del futuro resulta costosa e imaginativa, por ello, es impulsada hoy por millonarios y visionarios emprendedores decididos a alcanzar esa meta a la brevedad posible


1 / 8
Publicidad
Publicidad

Jordi Soler

Elon Musk dice, en la biografía que le escribió el periodista Ashlee Vance, que gracias al bullying que le hacían en el colegio cuando era niño en Pretoria, Sudáfrica, desarrolló esa voluntad para triunfar ante cualquiera de los desafíos que él mismo se ha ido imponiendo. Musk es uno de los empresarios más admirados en Estados Unidos, es un self made man que antes de los 50 años ostenta una cantidad contundente y apabullante de éxitos.

A los 12 años, ganó en Sudáfrica un importante premio por el diseño de un ingenioso videojuego, y desde entonces no ha parado. De Sudáfrica se fue a Canadá, la tierra de su madre, y de ahí a Los Ángeles y a Silicon Valley donde inventó el Zip2, un directorio electrónico con mapas, algo así como el antecedente de Google maps, que pronto vendió para desarrollar X.com, un sitio de internet para pagar con tarjeta de crédito que más tarde se convertiría en PayPal.

A partir de ahí, desarrolló inventos cada vez más limítrofes en una suerte de cuartel general que se llama Solar City —donde experimenta y produce artículos que trabajan con energía renovable—, y en otro cuartel que se llama Space X, en el que dedica sus esfuerzos a fundar una colonia de terrícolas en Marte. Para echar a andar este proyecto que, según cuenta, está bastante avanzado, se fue a Rusia a comprar la tecnología espacial que la NASA le escatimaba.

El proyecto de instalarse en Marte va tan en serio como esta declaración suya: “Me gustaría morir en Marte. No en un impacto contra el planeta, por supuesto. Me gustaría hacer viajes cortos y regresar y, eventualmente, cuando tenga 70 años o algo así, irme quedando. Si las cosas salen bien podría quedarme ahí. Si mi esposa y yo tenemos un montón de hijos, ella probablemente preferiría quedarse en la Tierra”.

Mientras en Solar City desarrollaba esas tejas que captan y difunden energía solar y son capaces de electrificar una casa, presentadas a la prensa hace unas semanas, y mientras en Space X afinaba los viajes a Marte, Elon Musk trabajó en el desarrollo de los famosos automóviles eléctricos Tesla, otra empresa de su propiedad. No obstante, últimamente está concentrado en un proyecto que, aunque parece material de ciencia ficción, tiene ya fecha de entrega. Como si la colonia en Marte no fuera ciencia ficción suficiente, Musk presentó al presidente Obama un proyecto para el que necesita el apoyo del Estado: el Hyperloop, un gran tubo neumático (algo parecido a un tren) dentro del cual vamos a poder viajar a una velocidad hasta hoy desconocida en nuestro planeta. El primer tubo que piensa instalar irá de Los Ángeles a San Francisco, y ahí dentro se desplazarán, a gran velocidad, unas plataformas donde viajarán los pasajeros o en las que podrán subir, los que así lo prefieran, su automóvil, como lo harían en un transbordador que lleva coches de un puerto a otro. El viaje de Los Ángeles a San Francisco, que en avión toma una hora y en coche cinco, podrá hacerse en media hora dentro del tubo neumático, donde las plataformas se desplazarán a una velocidad de mil 300 kilómetros por hora.

Shervin Pishevar, inversionista y amigo de Elon Musk, fue el encargado de explicarle a Obama los detalles y las cifras del Hyperloop y, según cuenta, “el presidente se enamoró de la idea”. Ya veremos si a Donald Trump le entusiasma igual esa red de tubos que planea instalar Musk por todo Estados Unidos. Por lo pronto Hyperloop Technologies Inc. ha anunciado que el primer tramo será de Los Ángeles a Las Vegas, un trayecto que podrá liquidarse en 10 minutos.

De acuerdo con lo que cuenta su biógrafo, Elon Musk es un jefe tiránico que no permite debilidades en sus empleados, es un empresario de aires mesiánicos entregado a mejorar la vida de nuestra especie. Mientras Mark Zuckerberg afina su plataforma para que su clientela cuelgue fotos, anécdotas e imágenes de sus gatitos, Elon Musk quiere darnos el Hyperloop y un departamento en el planeta Marte.

Zuckerberg y Musk son dos millonarios con orientaciones radicalmente distintas, muy distintas a las de un tercer millonario que quisiera presentar aquí: Tony Hsieh, el ex dueño de la exitosa compañía Zappos, que le vendió a Amazon por una cantidad estratosférica, para invertirla en la adquisición de todo el centro de la ciudad de Las Vegas y desarrollar ahí un complejo empresarial, The Downtown Project, que de acuerdo con la descripción de la periodista inglesa Ruth Whippman, es un “entrepreneurial wonderland of happines and innovation”, la disneylandia empresarial de la innovación y la felicidad, digámoslo así.

Hsieh invirtió 350 millones de dólares en la compra del centro de la ciudad e invirtió otros 50 para la investigación sobre nuevas tecnologías y la creación de pujantes startups. The Downtown Project, esa ciudad inventada donde los empleados viven, conviven y producen, tiene un antecedente directo: la ciudad de Fordlandia.

En 1929 Henry Ford, el emblemático empresario automovilístico, proyectó y construyó un típico barrio de suburbio estadunidense en Brasil, a mitad de la selva del Amazonas. Su objetivo era muy práctico y tenía poco de romántico, quiero decir que no trataba de construir un teatro para montar óperas en plena jungla, como Fitzcarraldo, sino explotar una plantación de caucho de donde saldría el material que necesitaba para fabricar, a un mejor precio, las cientos de miles de ruedas que necesitaban sus exitosos automóviles. Henry Ford, hombre tozudo y empeñoso, levantó una pequeña ciudad estadunidense en medio de la selva, hizo calles con alumbrado, construyó un montón de confortables casitas blancas, edificó una iglesia y abrió todo tipo de comercios, un restaurante de hamburguesas y hot dogs, una carnicería, una tienda de abarrotes, una escuela, un campo de golf y un rumboso club social donde, atendiendo a los requerimientos morales de Henry Ford, no se servía ni una gota de alcohol. Como el empresario, además de dar empleo, vigilaba la salud moral de sus trabajadores, en Fordlandia, que era el nada modesto nombre que le puso a su ciudad, no había bebidas alcohólicas y aquel empleado que fuera sorprendido con una botella de contrabando en su casa, era inmediatamente cesado y enviado de vuelta a Estados Unidos. Esto generó, en el extrarradio de aquella ciudad artificial, un boyante mercado negro que hizo prosperar a los nativos originarios de esas tierras, quienes cada viernes en la tarde veían llegar hordas de empleados de corbata y mocasín abriéndose paso entre la maleza para beberse un par de tragos, antes de regresar en su coche Ford modelo T a su casita blanca y confortable, donde los esperaba una mujer y cuatro niños que vivían como en, digamos, un suburbio de Phoenix, Arizona.

Por un montón de razones, entre las cuales está la lógica elemental (para vivir en Estados Unidos hay que estar en Estados Unidos), Henry Ford suspendió la producción de caucho en 1945 y, consecuentemente, clausuró Fordlandia, que lo mismo podría haberse llamado Springfield.

Ruth Whippman visitó el Downtown Project y husmeó detenidamente en las oficinas de Tony Hsieh. Preguntando detectó inmediatamente la devoción que sienten los empleados por el jefe, por el artífice de esa pequeña ciudad que les ha enseñado a todos que el éxito de sus empresas se debe a la felicidad de sus empleados y al amor que como colectivo sean capaces de proyectar. Esa proyección empieza, según nos cuenta Whippman en su ensayo (America the anxious, 2016), con la fórmula I love you, que usan los empleados: “Te amo, ¿me prestas tu engrapadora?”. “Claro, aquí la tienes, yo también te amo”.

Tony Hsieh declaró hace unos meses al diario The New York Times: “Quiero estar en una zona en donde todos sientan que pueden salir con sus amigos todo el tiempo, donde no haya grandes distinciones entre el trabajo y el juego”, y terminaba aquella entrevista diciendo que veía el Downtown Project como “una gran fiesta”.

En esta Forlandia del siglo XXI, donde los empleados viven con sus familias, en un territorio donde los límites entre el trabajo y la vida personal han sido erradicados, hay bares, restaurantes, supermercado, tiendas de ropa y hasta una que vende discos de vinyl. Hsieh vivía en un lujoso condominio, en uno de sus edificios, pero recientemente, para matizar las diferencias económicas que hay entre él y sus empleados, y que suelen ser una fuente contundente de infelicidad, se mudó a un tráiler, a un camper muy bien equipado desde donde dirige, a ras del suelo, los destinos de esas empresas que muy pronto producirán programas, aparatos y objetos que veremos en el futuro. “Tony Hsieh cura a la gente”, dice uno de sus empleados que está convencido de las bondades del método laboral basado en la felicidad con el que triunfa el empresario.

La arquitectura del Downtown Project está planeada para maximizar el número de “colisiones”, es decir, las veces en que sus empleados coinciden en el mismo espacio físico y, en el mejor de los casos, intercambian algún conocimiento que redunde en la mejoría del experimento en el que están trabajando. Esa red de calles y establecimientos donde los empleados colisionan todo el tiempo ya ha producido un mapa y varias estadísticas que, según nos cuenta Ruth Whippman, pronto serán enriquecidas por un brazalete que llevarán los empleados para contar las veces que cada trabajador estrecha una mano (la manifestación más tangible de la colisión) durante el día.

Así como el objetivo de Elon Musk es llevarnos a vivir a Marte, el de Tony Hsieh es generar “un movimiento global para la felicidad”: construir un nuevo estilo de vida que produzca una felicidad permanente y colectiva.

Dentro de unos años veremos si Elon Musk consigue desarrollar su Hyperloop y su colonia terrícola en Marte. También veremos los inventos que salgan del Downtown Project y si Tony Hsieh logra expandir su concepto de felicidad laboral, de la abolición entre el trabajo y la vida personal, más allá del centro de Las Vegas. Por lo pronto no está de más observar que esos grandes proyectos, destinados a implementar mejoras en la vida de los habitantes del planeta, en el siglo XX se coordinaban desde el gobierno de los Estados Unidos, o desde instituciones como la NASA, la CIA, la ONU o la OMS, y en el siglo XXI los inventan e implementan media docena cuarentones millonarios de pantalones vaqueros, tenis y camiseta, sin más institución que la que ellos han sabido crearse alrededor. Lo único que queda claro es que, por el momento, el futuro se sigue inventando en Estados Unidos.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.