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Viernes , 20.07.2018 / 06:09 Hoy

Viaje al pasado

Tras su regreso al campamento cerca de Cholula, Ordaz contó a Hernán Cortés lo que había visto desde el cráter del volcán: la enorme ciudad secreta asentada sobre un gran lago.

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Lorenzo Rocha

Las fantasías de cuando éramos niños son infinitas y se encarnan en los relatos ficticios de los cuentos que nos contaban nuestros padres. Una de las más poderosas, y también para los adultos, es la posibilidad de viajar en el tiempo, al futuro o al pasado. Dentro de la ciencia ficción parece ser que viajar hacia el porvenir es más atractivo que en dirección inversa. Sin embargo, también se ha escrito mucho acerca de las civilizaciones antiguas como Egipto, Grecia y Roma, que son muy interesantes para nosotros, principalmente por su arquitectura.

Si yo pudiera viajar al pasado me gustaría trasladarme al año de 1519 y acompañar al soldado Diego de Ordaz, que fue el primer español en divisar la cuenca de México desde el Popocatépetl. Tras su regreso al campamento cerca de Cholula, Ordaz contó a Hernán Cortés lo que había visto desde el cráter del volcán: la enorme ciudad secreta asentada sobre un gran lago, con sus largas calzadas, sus jardines flotantes en islotes unidos por diques y sus coloridos y altos palacios y templos.

En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, otro soldado, Bernal Díaz del Castillo, narra cómo los conquistadores entraron a la ciudad, guiados por Cacamatzin, el rey de Texcoco, que había sido enviado por Moctezuma para recibirlos como si hubieran sido los esperados dioses blancos y barbados. Los soldados españoles marchaban y cabalgaban a todo lo largo de la calzada que atravesaba el lago hacia México-Tenochtitlán. Para Díaz del Castillo fue como un sueño, que describió con estas palabras: “(...) y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que vían, si era entre sueños, y no es de maravillar que yo lo escriba aquí desta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas ni vistas, ni aun soñadas, como víamos”. Más tarde la historia se torna en la trágica destrucción de la civilización mexica, la cual ha sido narrada magistralmente por el escritor francés, ganador del premio Nobel de Literatura en 2008, J. M. G. Le Clézio en su libro El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido.

En México seguimos viviendo “entre el sueño y la realidad”, como dijo Carlos Fuentes, a lo cual yo añadiría también nuestras constantes pesadillas. Aun así, sería fascinante presenciar el esplendor de esta ciudad justo antes de ser destruida, cuando contaba con un millón de habitantes y aún seguían en pie los templos de Tlatelolco, Iztapalapa y, por supuesto, el palacio de Moctezuma y el Templo Mayor con las pirámides dedicadas a Huitzilopochtli, Tláloc, Coyolxauhqui, Quetzalcóatl y sus demás bondadosas y a la vez temibles deidades.

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