Cada vez hay menos lectores y son más primitivos: Fresán

Según expresa el escritor argentino en entrevista con MILENIO, “la gente deposita el lugar de la ficción pura en la televisión o en los videojuegos y a los libros no se les permite”.
El literato se considera más cercano a Julio Cortázar que a Jorge Luis Borges.
El literato se considera más cercano a Julio Cortázar que a Jorge Luis Borges. (Claudia Guadarrama)

Madrid

Dice el escritor argentino Rodrigo Fresán que, a diferencia de otros escritores latinoamericanos, los argentinos son todos grandes lectores: “Mientras que buena parte de la literatura latinoamericana hunde las raíces en el suelo, la literatura argentina las hunde en una pared y esa pared es donde está la biblioteca”, afirma en entrevista exclusiva con MILENIO.

Fresán, una de las voces más transgresoras de la literatura latinoamericana actual, destaca que una particularidad especial de la literatura argentina es que se trata, quizá, de la única literatura en el mundo en la que todos sus escritores canónicos, de un modo u otro, han abordado el género fantástico: “La argentina es una literatura que no tiene ningún tipo de pudor con los géneros, ni con el policial ni con la ciencia ficción ni con la literatura fantástica; todos han estado ahí y eso es muy liberador, por lo cual para mí es un poco paradójico que una nueva literatura argentina posterior a la gran crisis del 2001 esté muy preocupada por primera vez por ser muy testimonial, muy realista y muy pegada a la crónica”.

La literatura argentina, agrega el escritor radicado en Barcelona, “siempre ha sido buena, siempre se ha contado bien en la Argentina, por motivos que van desde el misterio absoluto, de cierta insularidad o de una especie de mecanismo de defensa contra una realidad por lo general siempre despiadada. Me parece que hay una necesidad de narrar y contar bien en Argentina que tal vez en otros países no tienen o no la tienen tan fuerte”.

Fresán (Buenos Aires, 1963), cuya más reciente novela es La parte inventada (Literatura Random House) —con la cual participa en la Feria del Libro de Guadalajara, donde también presentó el libro de Mark Twain Vida en el Mississippi (Conaculta), para el cual hizo un largo prólogo—, juega en esa obra con la impostura del narrador que, según el autor, parte del malentendido de quién es realmente el que narra y cuáles son los límites de su narración.

“El primer desafío que me propuso este libro era contar cómo funcionaba la cabeza de un escritor. Pero Rodrigo Fresán no es en ningún momento el narrador del libro. Yo diría que el protagonista del libro es un Rodrigo Fresán alternativo, una versión mía muy extremista y sin atenuantes”, señala.

Aunque Fresán admite que los lectores generalmente relacionan al narrador de una novela con su autor, le preocupa que “cada vez hay menos lectores y los que van quedando son cada vez más primitivos y menos desarrollados. La idea de pensar que todo lo que es literatura tiene que ser verdad para poder entenderlo como algo digno de atención me aterra. Me he cruzado con personas que me decían casi con orgullo que no leen ficción porque no les gusta que les mientan. Y se manifestaban como grandes lectores de crónicas y biografías como si eso fuera la verdad absoluta. La gente deposita el lugar de la ficción pura en la televisión o en los videojuegos, y a los libros no se les permite”.

Libros con estilo

Otra cosa, reflexiona el escritor, es la manera en que la ficción crea una realidad y un mundo. “Una de las funciones sociales de la ficción, una función psicológica y casi medicinal desde el principio de los tiempos, es la de traer realidades alternativas a nuestra realidad. Por eso alguien que no lee se pierde de vivir muchísimas cosas y otras vidas a las que difícilmente va a poder acceder en su realidad de todos los días”.

La parte inventada arranca con la frase “Cómo empezar” y así termina. En el ínterin hay un proceso, una búsqueda que tiene que ver con la división que hace Fresán de dos tipos de escritores: “Los que se sientan a escribir cuando tienen todo fríamente calculado, claro, planeado, y los que van encontrando cosas por el camino. Yo pertenezco al segundo grupo. Los primeros son escritores que leen y los segundos son lectores que escriben. Así que a mí lo que me divierte de la práctica de la escritura es ir leyendo el libro a medida que lo voy escribiendo, y muchas veces me pregunto qué cuernos va a pasar ahora y después descubro qué pasa. Esto no quiere decir que haya un grado de improvisación absoluto, de desconocimiento total, pero siempre estoy dispuesto a sorprenderme a mí mismo”.

En ese sentido su escritura, explica, avanza a tientas, porque todas esas cuestiones técnicas de las que hablan los escritores le parecen más bien cosas que pertenecen al terreno de la ficción. “Yo creo que uno no tiene tantas certezas en el ‘durante’, e incluso no tiene tanto conocimiento de causa al que nos vemos obligados después, cuando explicamos nuestras obras. Ahí también yo hablaría de dos tipos de lectores: los que quieren saber cómo hace sus trucos un mago y los que se rinden al deslumbramiento de la magia”.

Respecto a la cuestión del lenguaje, que Fresán prefiere englobarlo en el llamado “estilo”, es algo que le preocupa tanto en lo que escribe como en lo que lee. “A mí los libros sin estilo no me interesan. La narración medular, limpia, minimalista, diáfana y seca no me interesa como lector, y como escritor nunca me interesó. De hecho los escritores que me interesan, como pueden ser Marcel Proust, John Cheever, John Banville o Vladimir Nabokov, son todos practicantes del estilo. Prefiero una voluntad de estilo que vaya a dar a un fracaso antes que una especie de perfecta y triunfal limpidez. Banville me dijo un día que el estilo va por delante dando triunfales zancadas y la trama va por atrás arrastrando los pies. Yo diría también que incluso el estilo puede volver atrás, recoger la trama y llevarla en sus brazos hacia adelante”.

Ya con nueve libros publicados y 51 años de edad, Rodrigo Fresán considera que se siente más cercano a Julio Cortázar y a Vladimir Nabokov que a Jorge Luis Borges. “Yo veo una felicidad en Cortázar por el simple hecho de escribir que en Borges no veo, una capacidad para el juego que tampoco tenía Borges, quien era una especie de supercomputadora como el tripulante robot en Alien, alguien que está fuera de este mundo. Ser epígono de Borges o querer escribir como él te condena absolutamente al ridículo y a la parodia, aunque a estas alturas Borges me parece ya un poco autoparódico”.

Vista en perspectiva, su obra, en la que se cuentan novelas como Vidas de santos, Jardines de Kensington o El fondo del cielo, alcanza un punto de inflexión con la novela La velocidad de las cosas (1998) y Mantra (2001), una obra decididamente mexicana y “extraña”, la cual escribió por encargo. “Mantra es un libro al que reaccioné haciendo todo lo que jamás me había atrevido a hacer en mis libros. Respecto a La velocidad de las cosas, durante su escritura y antes tuve una experiencia como lector que me alteró el ADN: leer En busca del tiempo perdido, lo que me produjo el efecto de escribir Esperanto en una semana, una obra más cercana a Historia argentina. En ese sentido, La velocidad de las cosas es un libro que cambia mi registro por completo”.

En cierto sentido y desde un punto de vista genérico, lo que cruza toda la obra de Rodrigo Fresán, expone para concluir, “es el libro en el que llevo al extremo lo que puedo llegar a dar del cuento (Historia argentina), el género rey en Argentina. Y por otra parte, hay una cierta manera de contar y de ver que se ha mantenido en mis libros siguientes. Por eso La verdad de las cosas es la hermana gemela de La parte inventada, pues son dos libros que están bastante conectados en más de un sentido”.