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Martes , 17.07.2018 / 01:39 Hoy

Van Gogh el perro

Había aceptado su condición de perro, el resto de su vida sería pobre, sería pintor. "En definitiva una bestia inmunda".

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Alberto Robledo Cervantes

Van Gogh había aceptado su condición de perro, el resto de su vida sería pobre, sería pintor.

Como tal, buscó descubrirse a sí mismo a través del diálogo con los demás: por medio de la entrañable amistad que forjó con su hermano Theo y del tórrido amor que dedicó a Ursula Loyer, a su prima Kee y a Sien, la sifilítica prostituta.

En igual medida, se buscó en una sostenida postura religiosa y en un resuelto desdén por la vida, sin duda, producto de su exaltado amor por el arte.

Gracias a esto el derrotero de su vida quedó marcado por una "pasión obsesiva" y una "preocupación persistente", con "un genio terrible y demente, a menudo sublime, algunas veces grotesco y siempre al borde de lo patológico", como lo describió Albert Aurier en su artículo, el primero escrito sobre el pintor, publicado en enero de 1890 en el Mercure de France.

Al hablar de Van Gogh es imprescindible abundar en la fascinación que provocaba en él la naturaleza.[OBJECT]

Su hermana, Elisabeth Huberta, recordaría esta como una relación estrecha y que desembocaba en largos paseos que daba en los lugares donde florecían las especies más raras y de los que regresaba casi siempre con nidos de pájaros o con las manos llenas de gusanos.

Reconocería, además, su delicadeza para acercarse a un par de alondras sin romper las hojas circundantes a su nido, sin provocar el vuelo de los pájaros.

En ocasiones, esos paseos lo conducían al cementerio de Zundert, donde se topaba con una lápida sobre la que estaba inscrito su nombre.

Pertenecía al primer hijo de los Van Gogh, quien nació muerto el 30 de marzo de 1852, el segundo de sus hijos nacería tan sólo un año después y compartiría nombre con el primero: Vincent.

En sus últimos años de vida, el pintor recordó agudamente los lugares que le fueron tan propios durante su infancia, a ese cementerio lo recordaría con particular nostalgia, pues este le había dejado la impresión de haber nacido dos veces, de haber muerto una primera.

LA RELACIÓN CON SUS PADRES: ROTA

Su padre, Theodorus Van Gogh, era severo y su madre, Ana Carbentus, nunca pudo superar el dolor de su primer hijo muerto por lo que el segundo Vincent nunca recibió el amor que buscaba.

Fue a finales de 1883 cuando la relación terminó de resquebrajarse. Luego de una temporada en La Haya viviendo con Sien, Vincent, forzado por una precariedad económica volvió con sus padres, quienes por esos días vivían en Etten.

Como es de suponerse, lo que marcó el regreso del hijo pródigo no fue precisamente el amor o la felicidad con los que fue recibido.

De acuerdo con Vincent parecía que lo recibían con miedo, un miedo que se asemejaba al de recibir a un perro furioso que "estaría corriendo por la habitación con la patas mojadas, lo cual es tosco.

Estaría siempre en la calle. Y ladraría tan fuerte. En definitiva sería una bestia inmunda (...) Y yo, admitiendo que soy como una especie de perro, los dejé en paz".[OBJECT]

Había aceptado su condición de perro. Tras eso las críticas sobre su aspecto y forma de vivir cayeron a tropel. A propósito se había descuidado para garantizar su soledad.

De cuando en cuando visitaba la casa de sus padres (a pesar de todo nunca lo dejaron de atender) pero tomaba su plato de comida y se iba a comer, solo, como un perro, a un rincón.

Para entender (o disfrutar) un poco más la obra, tan vasta, de Vincent Van Gogh hay que conocer cuando menos estos aspectos de su vida.

Inútil plantarse frente, por ejemplo, Los comedores de patatas, sin saber que “conscientemente opté por tomar el camino del perro en la vida, seguiré siendo el perro, seré pobre, seré pintor, quiero seguir siendo humano, internarme en la naturaleza”.

Texto a propósito de su primer nacimiento, el 30 de marzo de 1852. El segundo se fechó el mismo día, aunque un año después.

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