[Multimedia] Las vacaciones de Salman

La apacible vida la localidad francesa de Vallauris se acabó cuando aparecieron por ahí los empleados al servicio del rey Salman de Arabia Saudita.
La Costa Azul, ocupada por el rey de Arabia Saudita y su séquito
La Costa Azul, ocupada por el rey de Arabia Saudita y su séquito (AFP)

Ciudad de México

Vallauris es una pequeña localidad francesa al borde del mar en la Costa Azul. Ahí vivió una temporada más o menos larga Pablo Picasso, mientras dejaba a un lado la pintura para entregarse a la cerámica y a la escultura. Su taller, convertido en museo, muestra luminosos testimonios de su producción en aquella época, entre 1948 y 1955. Por ahí pululan montones de turistas. Algunos, los más pudientes, llegan en los hermosos yates que atracan en la marina local. De ellos vive en buena medida la población que les brinda servicios de hospedaje, alimentación, transporte y entretenimiento.

Pero a algunos visitantes les importa muy poco la empeñosa vida cultural de la pequeña ciudad. No les interesa la casa-museo Picasso ni la visita a la tumba del célebre actor Jean Marais en el cementerio del lugar. Quieren paz y descanso solamente.

Hace unos días la apacible vida de Vallauris se hizo pedazos de golpe. Como una plaga devastadora aparecieron por ahí los empleados al servicio del rey Salman de Arabia Saudita. Su séquito, de unos mil asistentes, llegó en dos enormes aviones Boing 474. Le sacaron brillo a cada rincón de la lujosa propiedad del monarca y la dejaron lista en espera de su arribo. Cerraron el acceso público a la cercana playa, instalaron un elevador para evitarle a sus 80 las penosas escaleras, dispusieron por todas partes barandales y enrejados y prohibieron el tráfico marítimo en las inmediaciones. Todos, propios y extraños, parecían felices. Para los locales, las vacaciones del rey prometían una jugosa derrama económica. Para las complacientes autoridades, una aproximación política con la esperanza de acuerdos de todo tipo, particularmente en el terreno de las inversiones y el acceso al catálogo de armas de los turistas de lujo. Los árabes gastarían solo en hoteles unos 10 millones de euros.

Todo parecía un sueño hasta que la puerca torció el rabo. Los pobladores comenzaron a quejarse por la privatización de la playa, por la alteración del entorno, por la prepotencia de los empleados del rey, que tomaron por asalto cada rincón de la Costa Azul. Tiendas, restoranes, joyerías. El mundo a sus pies durante tres semanas.

Al gobierno francés le comenzaron a temblar las rodillas cuando la oposición se puso a recolectar firmas de protesta contra la abusiva invasión árabe. Se habían reunido 150 mil rúbricas cuando apareció una contraprotesta: un centenar de firmantes suplicaban que se les dejara a los árabes hacer lo que les diera la gana a cambio de sus millones.

En esas estaban cuando el rey se enojó. Después de una semana de sobresaltos ordenó empacar sus cosas y desocupar los hoteles. Subió a su séquito en sus aviones y se largó a Marruecos. Los comerciantes y hoteleros de la Costa Azul se quedaron llorando en el hombro del gobierno francés. Los locales recuperaron la paz. Y Salman derrocha ya sus millones en el Magreb. Sin duda estará ahí como en casa.