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Viernes , 21.09.2018 / 17:07 Hoy

Utopía urbana

El resultado de nuestra ciudad no guarda similitud con los deseos de nuestros ancestros a nivel urbano, pero sí continúa entre nosotros la creencia de que siempre se puede comenzar de cero.

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Los tiempos que corren son poco propicios para la experimentación y la innovación dentro de las ciudades. La resiliencia —palabra de moda— habla de la capacidad de recuperación y sanación de un tejido social, pero apunta hacia la restauración de las condiciones prevalecientes, lo cual implica un casi inevitable retorno a la situación anterior al colapso. El propio concepto de reconstrucción, tan discutido hoy en día en Ciudad de México, por obvios y comprensibles motivos implica un regreso al statu quo.

El continente americano fue el campo de experimentación idóneo para las ideas escritas por Tomás Moro en 1516 en su célebre texto; es, literalmente, la Isla de Utopía. Los colonizadores europeos encontraron en nuestras tierras la oportunidad que buscaban de liberarse de las ataduras de la vieja Europa para fundar sociedades racionales, igualitarias y libres. El resultado de nuestra ciudad no guarda similitud con los deseos de nuestros ancestros a nivel urbano, pero sí continúa entre nosotros la creencia de que siempre se puede comenzar de cero.

El momento en el que vivimos nos brinda la oportunidad de pensar en construir una mejor ciudad, no necesariamente mediante mejores o más audaces diseños, sino mediante la mejora del contenido de la arquitectura. ¿Aprovecharemos el tiempo presente para acabar de una vez por todas con la corrupción urbanística? ¿Será el momento de cambiar los paradigmas del desarrollo urbano hacia beneficios no exclusivamente económicos?

Existen valores intangibles, que derivan de la experiencia de vivir en la metrópolis, que se verifican cotidianamente en el espacio público: el sentido de la solidaridad, de la comunidad y la bondad de tantas personas que habitan la ciudad y transitan por nuestras calles.

Cualquier grupo de edificios o casas por sí mismo no basta para ser considerado como una ciudad; la condición monocultural de los barrios de oficinas corporativas o de los conjuntos habitacionales populares anula la posibilidad de la construcción de relaciones sanas y productivas para sus habitantes. En nuestra ciudad se siguen expandiendo constantemente las fronteras del área metropolitana y, al mismo tiempo, tenemos grandes áreas cercanas al centro que permanecen subutilizadas, vacías o abandonadas. La erección de nuevas oficinas y de conjuntos de casas populares no equivale a la construcción de ciudad, se trata solamente de operaciones financieras de índole hipotecaria.

Los centros comerciales con accesos controlados y miles de metros cuadrados para estacionamientos, constituyen burbujas sociales que aíslan a sus usuarios de la experiencia directa del espacio público. El diseño de estos complejos responde a motivaciones pragmáticas como la plusvalía comercial y la búsqueda de la seguridad, factores legítimos en sí mismos pero inoperantes para el mejoramiento de los tejidos urbanos donde se insertan. En los próximos años veremos si el continuo crecimiento del desarrollo inmobiliario en la Ciudad de México persiste en la aplicación de las fórmulas que hasta ahora le ha proporcionado el éxito que tiene, o bien habrá un replanteamiento de la actividad constructiva que no desperdicie la oportunidad que la actual situación le plantea. Nuestra ciudad necesita la introducción de una nueva corriente de pensamiento que no persiga el beneficio a corto plazo, todos sus pobladores y gobernantes debemos intentar visualizar un entorno más sano y tranquilo para la generación que nos sucederá.

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