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Domingo , 27.05.2018 / 20:25 Hoy

Utopía

Lo que contemplas


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Adriana Díaz Enciso

En la inauguración se izó solemnemente la bandera comisionada para el festival. Se necesitaron dos artistas para concebir la carita sonriente como emblema.

Así empezó en Somerset House “Utopía 2016: un año de imaginación y posibilidad”, para celebrar el 500 aniversario de la Utopía de Tomás Moro, a quien ideas e ideales le costaron la cabeza. Se imprimió el libro con el alfabeto utópico, en la contraportada la carita sonriente que en un momento dado todos los asistentes al evento levantaron a la altura de su rostro. Da un cierto escalofrío, pero tampoco el “no–lugar” de Moro era perfecto.

Organizadores y curadores hablan efervescentemente de optimismo. Aquí utopía equivale a “ser felices”, lo cual a su vez se deriva de un emoticón originado en el universo publicitario.

Paso por Somerset House para ver cómo se entiende la felicidad del futuro un día de agosto, y caigo en una exposición de Matthew Stone. Stone se presenta sin vergüenza alguna como “artista y chamán” y gran figura de la contracultura, cuyo lema es el optimismo como revolución. Su discurso está plagado de lugares comunes, grandilocuencia, y la incapacidad de articular ideas. La obra expuesta es una desangelada serie de imágenes que fusionan la fotografía intervenida y estridentes brochazos de pintura. Rostros inexpresivos, como maniquíes. Títulos como “Instruyo por medio de la autenticidad” o “Yo experimentando gozo” para un close–up de genitales. Camisetas con palabrería sobre optimismo y buena onda y un montón de mal arte.

En la sala de al lado, el estilista IB Kamara presenta su obra amparada tras más monserga sobre cómo el individuo manifestará su identidad en 2026, sin “el control policiaco de la masculinidad”. Las imágenes van de lo cool a lo ridículo, ni más ni menos que en cualquier revista de moda: no tenemos que esperar a 2026 para ver esto. Unos videos se centran en dos retadoras figuras andróginas; en un momento arrastran por el desierto a un hombre que trata inútilmente de escapar. Luego los vemos en imágenes vagamente orgiásticas. He de decir que hasta el momento poco he visto de alegría.

En otra sala cuelgan cortinas con desvaídas imágenes de pasadas utopías alrededor de una mezcla de muebles en colores chillones, como de jardín infantil, con un fondo de música pop. En la infaltable pantalla un video muestra las virtudes de “La máquina para ser otro”: una máscara de realidad virtual, para vernos a través de los ojos de otro. En el futuro, al parecer, la empatía no será posible, ni espontánea, sin artilugio de por medio.

Sería injusto juzgar un año entero de visiones utópicas por la visita de un día. Volveré. Pero hoy la perspectiva de estos mundos, que son de hecho ya el mundo de muchos, me deprime. El discurso de falsa colectividad; el vacío: de inteligencia, de humanidad. Afuera el sol arranca del Támesis destellos cegadores. Los niños juegan a mojarse entre las fuentes. Alegres, ellos sí, felizmente ignorantes del futuro que les sueñan.

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