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Sábado , 23.06.2018 / 11:24 Hoy

Usos temporales

Los urbanistas, promotores inmobiliarios y administradores públicos consideran el abandono de predios y su ocupación para actividades informales como signos inequívocos del fracaso de sus proyectos y empresas.

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Lorenzo Rocha

De vez en cuando tropiezo afortunadamente con algún estudio o proyecto interesante que, al momento de su publicación, había escapado de mi atención. En esta ocasión, gracias a mi amigo el artista Julio Pastor, ha caído en mis manos un fantástico libro titulado El poder de los usos temporales (The Power of Temporary Use, Dom Publishers, Berlín, 2013). El libro recoge los resultados del trabajo del grupo Urban Catalyst, conformado por los arquitectos Philipp Oswalt, Klaus Overmayer y Philipp Misselwitz, quienes llevaron a cabo talleres en la Universidad Técnica de Berlín entre 2001 y 2003, de los cuales emanaron interesantes casos de estudio en diferentes ciudades como Helsinki, Ámsterdam, Viena y Nápoles, donde desde la década de los noventa han proliferado estrategias para ocupar edificios abandonados con proyectos comunitarios.

Los urbanistas, promotores inmobiliarios y administradores públicos consideran el abandono de predios y su ocupación para actividades informales como signos inequívocos del fracaso de sus proyectos y empresas. Sin embargo, dichos usos generan una inercia social que favorece el rescate de proyectos económicamente fallidos, dando a sus enclaves un alto valor de uso urbano. Dicho valor intangible no es apreciado por los promotores del desarrollo inmobiliario, pero los casos expuestos por Urban Catalyst deberían servir como una lección invaluable para los arquitectos, quienes deben aprender, según sus autores a “formalizar lo informal e informalizar lo formal”.

Sin duda, en Europa los usos temporales han alcanzado un punto donde se han llegado a formalizar, y en algunos países incluso se han legislado. Esto, por una parte, los ha llevado a altos niveles de desarrollo y sofisticación, pero a su vez les ha restado dinamismo y originalidad. El espacio Okupa en el mundo desarrollado es casi equivalente a un producto comercial.

El otro extremo es lo que vivimos en la Ciudad de México, que es una desregulación total de los regímenes de ocupación y densidad urbana que permiten que edificios altos que sufrieron daños durante el terremoto de 1985, sigan vacíos 30 años después. Un ejemplo importante del abandono y deterioro de un inmueble en una zona de alta densidad es el edificio que perteneció a las oficinas de la compañía de seguros La Azteca, ubicado en la avenida Insurgentes en la esquina con la calle Niza. El edificio fue construido por el arquitecto José Hanhausen en 1952, siguiendo los preceptos del funcionalismo, pero lamentablemente sufrió daños en su estructura durante el tremendo sismo de 1985 y tuvo que ser desalojado. Hasta ahora sus propietarios no han hecho nada para rehabilitarlo, ni el gobierno de la ciudad ha propuesto ningún destino posible, ni siquiera la obligación de demolerlo, que corresponde por ley para los inmuebles con peligro estructural.

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