Uróboros

Ambos mundos.
Robin Williams en Patch Adams.
Robin Williams en Patch Adams. (Especial)

Ciudad de México

La muerte de Robin Williams, su triste suicidio por ahorcamiento, es la puesta al día de una vieja y conocida muerte: la del artista que alegra y regala belleza a otros, pero que por dentro gime de dolor. Como ese monstruo mitológico que se devora a sí mismo, el Uróboros, representado en forma de serpiente o dragón que engulle su propia cola. Así es este creador: se carcome las entrañas y su vida es el laboratorio del que extrae los mejores hallazgos.

La literatura está llena de Uróboros: Edgar Allan Poe, alcohólico, muerto a los 40 años, nos dejó en sus obras uno de los retratos más implacables y profundos de la condición humana, el vértigo de la vida, la obsesión por la creación literaria y la observación del mundo, y de paso, el germen de lo que más tarde sería la novela negra, con su inspector Auguste Dupin. Edgar Allan Poe, el solitario y el estrafalario, el que extrajo de su soledad y sus atroces sufrimientos un apacible mundo hecho de palabras, con una armonía que él jamás vivió.

O Arthur Rimbaud, el poeta infuso, el genio adolescente y atormentado por algo que solo podemos intuir en su poesía, pero que a mí se me representa como una grieta oscura, un dolor que puede tener que ver con la ausencia del padre, y que lo llevó a su vez a alejarse y a quebrar todo aquello que amaba, a abandonar lo que era suyo, hasta la poesía, para esconderse en lejanas geografías etíopes. El sangrante Rimbaud que, desde su juventud sedienta de coherencia, nos indicó a todos el camino al decir: “En la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas”. O Truman Capote, alcohólico, drogadicto y genio, huyendo de una infancia de abandono, aferrado a la escritura como a la zarza ardiente y que murió de una sobredosis de alcohol, igual que Poe. O Malcolm Lowry, que escribió ese verso genial, “La única esperanza es el siguiente trago”, y que se suicidó poco después de dejar de beber. O Dylan Thomas, que en el hotel Chelsea de Nueva York se bebió cerca de 18 whiskys seguidos y falleció poco después.

El mundo del cine también tiene sus Uróboros. El más reciente fue el actor Philip Seymour Hoffmann, cuya muerte aún me arranca lágrimas, y por supuesto el mítico actor John Belushi, muerto de sobredosis luego de una parranda por la que también pasó su amigo Robin Williams. Y ahora le tocó el turno a Williams, golpeado por el mismo boomerang que lanzó en su juventud, al lado de Belushi, y que siempre acaba por volver. Su caso agrega algo dramático y es su vocación por la comicidad, aun si el Williams que prefiero es el de El indomable Will Hunting, La sociedad de los poetas muertos o Good Morning Vietnam. Aunque, ¿cómo olvidar esa hilarante serie, Mork and Mindy? Es el actor cómico, vacío en su interior, que no soporta las heridas y se suprime. La tristeza del payaso aquejado de spleen, como en el poema de Juan de Dios Peza, que hoy vuelve con su frase implacable: “¡Soy Garrick, cambiadme la receta!”