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Jueves , 18.10.2018 / 11:56 Hoy

Uróboros

Ambos mundos.

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La muerte de Robin Williams, su triste suicidio por ahorcamiento, es la puesta al día de una vieja y conocida muerte: la del artista que alegra y regala belleza a otros, pero que por dentro gime de dolor. Como ese monstruo mitológico que se devora a sí mismo, el Uróboros, representado en forma de serpiente o dragón que engulle su propia cola. Así es este creador: se carcome las entrañas y su vida es el laboratorio del que extrae los mejores hallazgos.

La literatura está llena de Uróboros: Edgar Allan Poe, alcohólico, muerto a los 40 años, nos dejó en sus obras uno de los retratos más implacables y profundos de la condición humana, el vértigo de la vida, la obsesión por la creación literaria y la observación del mundo, y de paso, el germen de lo que más tarde sería la novela negra, con su inspector Auguste Dupin. Edgar Allan Poe, el solitario y el estrafalario, el que extrajo de su soledad y sus atroces sufrimientos un apacible mundo hecho de palabras, con una armonía que él jamás vivió.

O Arthur Rimbaud, el poeta infuso, el genio adolescente y atormentado por algo que solo podemos intuir en su poesía, pero que a mí se me representa como una grieta oscura, un dolor que puede tener que ver con la ausencia del padre, y que lo llevó a su vez a alejarse y a quebrar todo aquello que amaba, a abandonar lo que era suyo, hasta la poesía, para esconderse en lejanas geografías etíopes. El sangrante Rimbaud que, desde su juventud sedienta de coherencia, nos indicó a todos el camino al decir: “En la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas”. O Truman Capote, alcohólico, drogadicto y genio, huyendo de una infancia de abandono, aferrado a la escritura como a la zarza ardiente y que murió de una sobredosis de alcohol, igual que Poe. O Malcolm Lowry, que escribió ese verso genial, “La única esperanza es el siguiente trago”, y que se suicidó poco después de dejar de beber. O Dylan Thomas, que en el hotel Chelsea de Nueva York se bebió cerca de 18 whiskys seguidos y falleció poco después.

El mundo del cine también tiene sus Uróboros. El más reciente fue el actor Philip Seymour Hoffmann, cuya muerte aún me arranca lágrimas, y por supuesto el mítico actor John Belushi, muerto de sobredosis luego de una parranda por la que también pasó su amigo Robin Williams. Y ahora le tocó el turno a Williams, golpeado por el mismo boomerang que lanzó en su juventud, al lado de Belushi, y que siempre acaba por volver. Su caso agrega algo dramático y es su vocación por la comicidad, aun si el Williams que prefiero es el de El indomable Will Hunting, La sociedad de los poetas muertos o Good Morning Vietnam. Aunque, ¿cómo olvidar esa hilarante serie, Mork and Mindy? Es el actor cómico, vacío en su interior, que no soporta las heridas y se suprime. La tristeza del payaso aquejado de spleen, como en el poema de Juan de Dios Peza, que hoy vuelve con su frase implacable: “¡Soy Garrick, cambiadme la receta!”

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