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“Under” de Aline Davidoff

Poesía en segundos


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Cuando organizábamos en el Ayuntamiento de la ciudad de San Luis Potosí un festival de literatura apareció, gracias a la bonhomía de la amistad, Aline Davidoff. Con una voz nítida, bien temperada, y unos ojos tan radiantes como impertérritos, no solo nos reveló el gusto de compartir lecturas y banquetes fraternales sino una pasión auténtica por la poesía y el relato. Entre los poemas de Mark Strand y Forrest Gander —ellos los leyeron en inglés y Angélica Aragón en español— y los cuentos, en un castellano magnífico y delirante, de Eraclio Zepeda, y más tarde bajo el calor creciente de las conversaciones, me di cuenta en una cantina, enfrente de un cementerio, y siempre con la ayuda de los buenos consejos y la complicidad bienhechora, que el lenguaje de Davidoff se agazapaba en realidad atrás de una escritura. No tardé en descubrir sus textos, piezas híbridas compuestas de historias y metáforas, y acabé publicando Solo un cerro (2008). Un volumen con dos narraciones muy bien urdidas y un extraño pasaje, casi —diría— un poema en prosa por su fuerte aliento lírico. En este tercer texto, “Under”, se escucha, o yo escuché, la visión imaginativa, profunda, escondida en los dos relatos anteriores y sentí la germinación de una voz. La prosa/ poema es la relación de una metamorfosis: una mujer, una mujer pez o sirena, transita de la vida abajo de la superficie del agua a la vida abajo del cielo con el signo doble de Venus y la libertad de las dos piernas. En el texto resuenan, o el lector los adivina, Las olas y Orlando de Virginia Woolf. El soliloquio y el cambio proteico animan el desarrollo de una ficción marina. No estoy exagerando, es decir, no digo que “Under” tenga el rango de esas obras memorables. Pero sí digo que Davidoff las leyó muy bien y supo aprovecharse, de manera clara y genuina, de aquellos textos experimentales. Y eso despertó mi interés en su escritura y me llevó a publicarla. Sé que el sentimentalismo o la mala conciencia nos hacen abultar la memoria de alguien definitivamente ausente, pero también nos puede encaminar a tomar una conciencia más precisa del valor de lo aprendido de modo parcial o subestimado sin justicia (dejo de lado la celebración póstuma por envidia, que prefiere la pasividad y el silencio en los buenos momentos y alza la voz en los malos). En la literatura mexicana reciente, Samuel Noyola ha sido “rescatado” por esta conciencia y creo que debería ocurrir lo mismo con Manuel Ulacia y con Luis Ignacio Helguera. Merecen mucho más atención. Tal vez Aline Davidoff no escribió —o publicó— lo necesario y no alcanzó un acendramiento en la medida de sus propias exigencias y aspiraciones. Sin embargo, a mí me sorprende la textura intelectual de sus textos. No se abandonó a una prosa fácil y “comunicativa”, con escenas blandengues de tan repetidas, y supo echar mano de las imágenes y crear una espesura verbal con sentido. En una de esas imágenes, por efecto de lo sintético y de lo imponderable, me puedo acercar a las perdidas noches felices en aquella cantina frente al cementerio.


Este poema de Davidoff, con el que recordamos a la escritora y editora fallecida el 17 de octubre a la edad de 60 años, forma parte de la antología Memoria poética de la Alhambra


Desde el visillo una voz:

La Fortaleza, sangre cruda en sus inicios, reluce cubierta por el tiempo.

El tiempo es la ostra (caballeros y legiones marchan por los escarpados bordes

de su concha), la Fortaleza de la Fortaleza. La ostra, con nubes intermitentes,

blancas, protectoras, construye la Alhambra. La Fortaleza se convierte

en Palacio, y es —ya es— una perla. Una perla acostada en el bosque.

El bosque, amado, se vuelve jardín.

Aquí ocurre la escena clásica:

Boabdil pierde el reino y derrama lágrimas. Su madre lo increpa:

“No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”.

De la pérdida del reino al reino de la pérdida.

Las cosas han cambiado. La madre quedó en silencio.

Él llora y su llanto pule la piel de la perla —las perlas

fuera del mar necesitan calor.

Las mujeres ya no lloran las mismas lágrimas. La fuerza del rojo ha regresado de la entraña del palacio y ellas saben defender su Fortaleza.

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