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Viernes , 19.10.2018 / 04:53 Hoy

UNAM alista homenaje al escultor Rafael Zamarripa

Es la mayor distinción que he recibido en mi vida, señala el también coreógrafo jalisciense en conversación con MILENIO.

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Cuando lo vio bailar, Amalia Hernández le dijo: “Tú te vienes conmigo”, recuerda el coreógrafo y escultor jalisciense Rafael Zamarripa, uno de los pocos mexicanos que puede decir que estuvo presente el día que 11 deportistas israelíes fueron secuestrados y asesinados por el grupo terrorista Septiembre Negro en los Juegos Olímpicos de 1972 en Múnich.

Si bien no estuvo presente en la Ciudad Deportiva de Múnich, pues preparaba el espectáculo con el que el Ballet Folclórico de la Universidad de Guadalajara (UdeG) representaría a México en la justa deportiva, recuerda que la noticia fue impactante para las delegaciones que se encontraban en Alemania.

Tras 43 años, Zamarripa —fundador de los ballets folclóricos de las universidades de Guadalajara y Colima— será reconocido por su extensa trayectoria el 20 de septiembre, en la Sala Miguel Covarrubias, del Centro Cultural Universitario (CCU) de la UNAM.

El homenaje al también escultor y autor de las obras El niño sobre el caballo de mar, símbolo oficial de Puerto Vallarta, y La fundación de Guadalajara, en el Teatro Degollado de la capital de Jalisco, se da en el marco del segundo Encuentro Estudiantil de Danza Folclórica: UNAM Tradición e Identidad, que se realizará el 18, 19 y 20 de septiembre en seis sedes del CCU.

¿Qué significa para usted que la UNAM le haga un homenaje?

Como persona y artista, bueno o malo, significa la mayor distinción que pudiera recibir. Que la mayor institución académica de este país tome en cuenta mi actividad artística me produce una satisfacción enorme.

¿Cómo llegó a la danza folclórica?

En la Escuela de Artes Plásticas de Guadalajara, donde empecé a estudiar escultura, teníamos una clase de danza los sábados. Ahí me inicié.

Usted convivió cinco años con Amalia Hernández. ¿Qué aprendió?

Cuando ella me conoció, yo estaba estudiando escultura en la Escuela de Artes Plásticas de la UdeG. Vio mi trabajo y me vio bailar. Me prometió que si me iba con ella me permitiría irme un año a Italia a estudiar escultura con quien yo quisiese.

Usted escogió a Sandro Taglionini. ¿Por qué?

Había escuchado de él. Cuando se hizo la Avenida Olímpica en la Ciudad de México vinieron artistas de muchas partes del mundo. A mí me gustó mucho su trabajo. Recuerdo que uno de los trabajos que me encargó fue la reproducción a lápiz de más de 100 iglesias de Italia.

¿Qué le ha dejado la danza folclórica?

Una enorme satisfacción. Con el Ballet Folclórico de Guadalajara recorrí muchas partes del mundo con representación oficial: los Juegos Olímpicos de 1972, por ejemplo. He tenido satisfacciones imborrables. Son tatuajes que permanecen toda la vida.

¿Qué ha significado la escultura en su vida?

Mi padre fue zapatero. La calle donde él vendía zapatos en
Guadalajara estaba muy cerca de la Escuela de Artes Plásticas. Una vez se me cayó el chiquigüite de botas en la puerta de la escuela, pregunté qué era ese lugar y me dijeron lo que se enseñaba ahí. Entonces dije: ‘Esta es mi casa porque aquí se enseña a hacer escultura y a zapatear. “Aquí se encuentra la esencia de mi vida”.

Háblenos de “El niño sobre el caballo de mar”, símbolo oficial de Puerto Vallarta.

Es una escultura interesante porque abre un camino a la posibilidad de que otros escultores tengan la oportunidad de presentar sus trabajos a la orilla de un malecón muy visitado.

¿Y “La fundación de Guadalajara”?

Significó ponerme a estudiar trajes típicos y animales. En mi taller tuve caballos que me prestaban para que copiara la formación de sus músculos. Según los cronistas de la ciudad, en esta escultura se aprecia cómo se funda por tercera vez Guadalajara.

Cuándo ve a los ballets de danza folclórica actuales ¿con qué se encuentra?

Por el conocimiento que traen y el estilo que tienen, me doy cuenta de cómo andamos en las regiones más destacadas del país. Me siento satisfecho de trabajar para la Universidad de Colima, e igual que me pasó cuando trabajé para el Ballet de la UdeG. Pero, siendo honesto, cada quien toma las melodías y las interpreta como quiera. Yo bailaba El son de la culebra como si fuera la última vez que lo haría, y la gente solía criticarme porque creían que era exhibicionista. Pero en realidad era entrega y pasión, no me podía limitar a hacer medios golpeos. Por eso, cuando Amalia Hernández me vio me dijo: “Tú te vienes conmigo”.

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