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Lunes , 15.10.2018 / 11:18 Hoy

Una vida incómoda

Reseña

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Durante años he escuchado el argumento de que en la actualidad se escriben pocas novelas monumentales debido a que los lectores contamos con menos tiempo para la lectura. En parte es cierto aunque cada tanto nos topamos con libros demasiado extensos. Entonces, el asunto parece ser otro. No la extensión en sí misma sino la manera de justificarla. No era lo mismo ser cautivo de una novela por entregas en el siglo XIX, que llegar hoy en día a comprar un mamotreto que supere el millar de páginas. Para enfrentarlo, es necesario que todo ese caudal narrativo tenga razón de ser.

Tal es el caso de Tan poca vida (Lumen, España, 2016). Hanya Yanagihara (Los Angeles, 1975) nos presenta lo que podría parecer la simple historia de cuatro amigos. Ahí caeremos en el primer error. Tal vez por culpa de la contraportada y de la prensa. La novela trata sobre Jude, a quien conocemos siendo un joven cargado de secretos. Junto con Willem, J.B. y Malcolm, habita un Nueva York que es, a un tiempo, monstruo y guarida. Los cuatro buscan sobresalir en este mundo. Pero eso no es lo importante. O no solo eso lo es.

Cuando un lector se enfrenta a un libro de este tamaño, espera que esté cargado de anécdotas, que la trama se asemeje más a una novela de aventuras que a un relato intimista. De ahí que las justificaciones buscadas descansen sobre la idea de una línea anecdótica bien estructurada, de las que apenas dejan respiro a la lectura. En Tan poca vida pronto se descubre que no es así. De hecho, la trama parece ser tan simple como cotidiana: la vida de Jude a lo largo de casi cuatro décadas en las que sí, la amistad es importante, pero lo es más la evolución del personaje.

Entonces estamos frente a otra clase de novela. Pese a la profunda amistad que media entre los cuatro amigos (y, más tarde, otros tantos que se irán sumando), Jude no les ha confesado sus secretos. No puede. Su infancia y adolescencia han sido demasiado duras para contarlas. En ellas ha habido abusos, lesiones, dolor y una profunda falta de cariño. Tanto que su autoestima le prohíbe compartirlos porque teme el desprecio de las personas que, por fin, lo quieren. Así, la novela se va desarrollando sobre la base de ese descubrimiento, algo que no resulta sencillo. A Willem, el más cercano de todos, le llevará más de tres décadas descubrir todo el dolor que Jude lleva a cuestas. Pero hacerlo no será suficiente. Hay heridas que no pueden ser curadas.

Es entonces cuando la novela dará paso a la incomodidad. Desde varios flancos. Primero, porque al lector no le queda sino empatizar con el sufrimiento revelado. La empatía es casi forzosa. Más tarde, porque la confesión no termina con el martirio. El mayor problema de Jude no es lo que le sucedió tantos años atrás sino las consecuencias de esos hechos. Su cuerpo es frágil y está destinado a seguir pagando por los daños recibidos. Es entonces cuando la empatía se convierte en compasión. Una compasión casi descarnada, difícil de sobrellevar al descubrir que todo lo malo se ha sumado a la vida de un personaje. Por último, una suerte de juicio injusto. Jude se va alejando de la empatía a partir de sus acciones. Si no es capaz de recibir el cariño exagerado de los otros, entonces tampoco puede ser cómplice del lector. Eso lo vuelve muy incómodo. ¿Cómo no va a ser así? Es él quien ha sufrido y no dejará de hacerlo, ya sea por sus propios demonios, ya por lo que le depara la historia y, pese a ello, hacia el final resulta casi imposible solidarizarse con su condición.

A lo largo de las mil páginas que dura Tan poca vida, la autora se encarga de crear un personaje complejo, lleno de matices y sutilezas. Tantas, que lo vuelve tan humano como cualquiera de los lectores. El desarrollo de la personalidad de Jude es el que consigue justificar la extensión de la novela. Es cierto, no todas las cuartillas cuentan hechos emocionantes; incluso hay momentos en los que se nota que la autora se reprime. Sin embargo, cada una de las frases contribuye a configurar a un personaje que nos incomoda. Hacia el final, quizá Jude no sea entrañable. Es, en cambio, tremendamente real y eso bien vale las palabras que lo crean.

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