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Una traducción de la Odisea

Bichos y parientes


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La UNAM es capaz de publicar obras fundamentales y encerrarlas como quien prefiere despertar codicia y envidia, en vez de lectura. Hace cuatro años se publicó la traducción que hizo Pedro Tapia Zúñiga de la Odisea (en la Bibliotheca Scriptorum..., junto con un utilísimo Vocabulario y formas verbales de la Odisea). Circularon unos cuantos ejemplares y, nada, desapareció de las librerías. Unas pocas noticias, una muy buena reseña de José Molina Ayala y luego el silencio.

La ignorancia no irrumpe, cunde con la indolencia: de la UNAM, que debiera ocuparse de que sus libros sean asequibles, y de los lectores, como si Homero sucediera de cualquier modo, en cualquier versión. Cierto que Borges atinaba al decir que un clásico es aquel capaz de sobrevivir a sus peores traductores. Pero estamos en el otro polo, donde los mejores traductores no sobreviven a sus editores ni a la ignorancia de sus lectores.

No es otra versión de la Odisea. Es una traducción minuciosa y astuta, polítropa, como Ulises. Abundan las ediciones en prosa que incurren en un mismo mal: convierten el poema en una novela. Hay librerías que colocan su Homero en “Narrativa”. Pedro Tapia apostó por una versión rítmica, en versos, del mismo modo que antes lo hiciera Rubén Bonifaz Nuño con la Ilíada. Bonifaz es un gran poeta, pero un traductor rarísimo, capaz de transformar a Catulo en Góngora. Todo son nudos y retruécanos para reproducir una sintaxis y una métrica que no se dan en español. Sus traducciones pueden tener rasgos geniales, pero muchas veces convierten una línea llana en una orografía inextricable. Tapia es distinto. Su traducción es limpia y dúctil, arriesgada en técnicas y en obediencia al original, tanto en su valor de relato como en sus sonoridades y ritmos. Y si bien Bonifaz es un poeta superior, su Ilíada dista mucho de ser la mejor en español (prefiero, de todas, todas, la de López Eire, en editorial Cátedra); en cambio, esta versión de Tapia superó por mucho la única otra versión en versos que pudiera conseguirse: la de José Pabón, en editorial Gredos. Por fin aparece una Odisea como se debe —como nos debía la tradición— y pasa a los catálogos como si nadie la hubiera echado de menos.

¿Y si Alfonso Reyes hubiera terminado su versión de la Ilíada? Me gustaría creer que si Homero se convirtiera en lectura asidua, nuestra tradición literaria se alzaría sobre sí misma para mirar mucho más lejos, y con ojos más limpios, de lo que puede ofrecer un prosaísmo mostrenco. Ojalá que este viaje de Tapia Zúñiga llegue a los feacios que merece.

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