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Lunes , 23.07.2018 / 03:56 Hoy

Una pareja incómoda

Bichos y parientes


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Julio Hubard

Theodor Adorno no entendió del todo la democracia. Por supuesto, era más que capaz de analizar ideas, pero lo habitaba el autoritarismo. Su marxismo continúa la suposición de que un objetivo del ser humano es superar la carga del esfuerzo corporal y el trabajo físico. Se airaba contra la sociedad de consumo: la “industria cultural” y el arte como mercancía. Le enojaba que las clases medias y pobres tuvieran al alcance de la mano —la tele, el radio, el mero entretenimiento— un sucedáneo que, en vez de cultivar su espíritu, lo domesticaba, lo aturdía y lo dejaba aún más pobre. Lo horrorizaba el uso gringo del tiempo libre.

Pero, más que la afición al bronceado o los deportes, odiaba lo más notable de ese residuo industrial de la cultura: la música popular. Oía el jazz con repugnancia; le parecía idiota una música que se apoyara en un ritmo sincopado y siempre audible. Fue discípulo de Arnold Schönberg (que jugaba tenis con George Gershwin) y nunca quiso entender que la música popular era un recurso de participación: los músicos entre sí, la presencia corporal, danzante, de un público que, por primera vez, toleraba la interacción entre razas y, sobre todo, que un público blanco acompañara y bailara al son de una orquesta de negros, mientras descubrían el movimiento de su propio cuerpo. El jazz abrió la puerta a una inteligencia musical compleja, inventada por negros, y a la corporalidad gozosa de unos blancos protestantes, rígidos de moral y de caderas. Y en vez de descubrir que el gozo musical del jazz era una transformación democrática, inteligente y liberadora, Adorno creyó ser testigo de la decadencia. Murió en 1969, detestando toda esa música y su progenie.

Esto se sabe, pero viene a cuento porque coincide, punto por punto, con un registro preocupante de la extrema derecha norteamericana: el documental Generation Zero (que se puede ver en YouTube), producido por Steve Bannon, donde varios analistas de la Alt–Right señalan que, justamente en 1969, se dieron dos claves del estado de cosas en la civilización estadunidense. Una buena: el poderío que significaba poner un hombre en la Luna. Una mala: Woodstock, el rock (ese hijo naco del jazz), portal del diablo por donde se coló toda la decadencia que ahora se ven obligados a revertir, para bien de una sociedad ordenada.

Un marxista y la extrema derecha. Y la pregunta: ¿no será que ambas capas, las izquierdas ilustradas y cultas, y las derechas orgullosas de su ignorancia, son una pareja complementaria, un mismo andrógino original?

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