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Jueves , 18.10.2018 / 22:35 Hoy

Una luz en el laberinto

Memoria

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A unos días del fallecimiento del profesor Umberto Eco, cuya muerte lamento profundamente, me vienen a la mente muchos recuerdos de este amigo inolvidable.

Dejaré que fluyan en estas líneas conforme me vienen a la memoria. Trataré de bocetar un retrato del ser humano noble y generoso con quien tuve el privilegio de compartir una amistad plena de instantes ricos de gracia y humorismo.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en su residencia de campo, una abadía sobre una colina en Monte Cerignone —localidad elegida por él, gracias a su proximidad con la prisión de Cagliostro, el alquimista que por algún siglo le había anticipado en la aventura fáustica de la conquista de la eternidad a través del conocimiento— misma que inmediatamente me hizo pensar en la abadía de El nombre de la rosa. La impresionante construcción que dominaba el valle contenía una alucinante biblioteca, auténtica torre y laberinto de Babel, compuesta por más de 60 mil volúmenes. Como si fuese el prior del claustro, la imponente figura de Eco nos recibió con la efusividad de un ogro bueno. Mario Andreose, agente literario de Eco e importante dirigente de la Bompiani, nos había invitado a Manuela Melato, asistente personal del profesor, y a mí, a compartir ese fin de semana.

Después de la comida, en compañía del profesor y de su esposa, Renate Ramge —gran experta en museología y verdadera conocedora en materia de pintura—, Eco sugirió que formáramos dos equipos: Mario y Umberto; Manuela y yo, para jugar a los bolos. Pasamos la tarde jugando y fuimos, Manuela y yo, ampliamente derrotados por la habilidad de verdaderos maestros en ese juego. En la noche, después de la cena, Renate se retiró a sus habitaciones mientras el profesor, Mario, Manuela y yo nos dedicamos a ver películas de Fred Astaire y Ginger Rogers. Mario insistía en querer ver un partido de futbol y como Umberto le regañó amigablemente porque no quería interrumpir sus películas, en un determinado momento Mario se disculpó y bajó al pueblo que estaba al pie de la colina para ver el partido a gusto, en el bar, mientras nosotros seguíamos viendo películas clásicas de los años treinta.

Al día siguiente, después de una breve charla sobre Kant al terminar el desayuno, el profesor nos invitó a nadar en la alberca, diseñada por su hija Carlota, arquitecto de profesión, y que es notable ya que un costado tiene una pared de cristal que permite ver desde el agua el acantilado sobre el que está construida. Desgraciadamente, no sé nadar y tuve que concentrarme en descubrir los lugares recónditos del jardín donde se esconden los gnomos de terracota hábilmente dispuestos por el profesor.

En otra ocasión, Renate había internado a Umberto en una clínica de salud al norte de Italia, casi en la frontera con Suiza, y allí fui a visitarle. Observando la semejanza de la clínica con la de La montaña mágica, no pude resistirme a preguntarle a Eco sobre la salud de Settembrini y de Hans Castorp, “quien por aquellos días había sufrido una recaída”. Siguiendo ese juego de narraciones imaginarias, improvisadas como el cadáver exquisito de los surrealistas, Umberto sugirió, después de un dietético pero suculento almuerzo, que fuésemos a pasear en los bosques que circundan la clínica. Así, imaginamos que el paisaje era en realidad el esqueleto de una catedral invisible en ruinas. Equivocando el sendero de regreso señalábamos muros y vitrales inexistentes y, en un recodo, el profesor me dijo, indicando una mancha de césped rodeada por algunas piedras: “Tenga cuidado con el escalón, no se vaya a caer, recuerde que es invisible”.

Muchas veces nos reunimos en un bar cerca de su casa con amigos suyos de juventud y con algunos de sus traductores: Mario Scognamiglio, personaje entrañable que era propietario de una librería especializada en libros raros y alma de la Sociedad de Libreros Anticuarios de Milán; Danco Singer; Elena Kostioukovich, su traductora al ruso, cuyo abuelo había salvado importantes tesoros artísticos italianos, pertenecientes a la Pinacoteca de Dresde, rescatados de los escondites que los nazis habían ideado para ocultarlos al final de la Segunda Guerra Mundial. Una de sus tías había identificado, con la ayuda de la enfermera del dentista de Hitler, la dentadura entre los cadáveres calcinados afuera del búnker, esclareciendo definitivamente el misterio de la muerte del Führer, oscurecido por decenios de Guerra Fría.

En fin, el filósofo calabrés Nuccio Ordine se nos unía cada vez que pasaba por Milán, sorprendiéndonos siempre con su agilidad mental inalcanzable. Todo bajo la mirada taciturna del Profesor, con su cigarro permanentemente apagado, sostenido por labios dispuestos a jugar con el equilibrio plástico de sus manos, apoyadas en el bastón de empuñadura de plata, como queriendo que su presencia se estableciese como involuntaria mención de un cuadro abandonado por Cézanne al azar de un cuaderno de apuntes.

En otras ocasiones prefería tomarse su Glenn Grant o su Martini seco doble con Manuela y conmigo.

Atardecía en Piazza Castello, el Profesor ya había llegado al anónimo bar, a pocos pasos de su casa, en el que nos encontraríamos el día de mi cumpleaños. Era el inicio del invierno, Milán se teñía de tonos grises y tenues. Nos sentamos afuera, él llevaba el Borsalino y el paltó que le daban el aspecto de un veterano de la “guerra fría”. Se había rasurado la barba, como si quisiese pasar inadvertido, dejándose un bigote ralo que le acentuaba el aspecto de director de alguna agencia internacional dedicada al secreto... La teoría del complot nos permitió de nuevo discrepar. Con reserva le entregué el original de Trinchito ligero, la historieta de mi abuelo Audirac, dibujada en 1922, encuadernada por mi tía con una viñeta de mi padre en la portada y el ex libris con el lema “a buen ratón no hay libro malo” ideado por mi madre. El Profesor estiró la mano con movimiento ágil y lo metió en el bolsillo interno del abrigo, diciendo: “lo custodio aquí, cerca del corazón”. “Tenga”, me dijo alargando el brazo con un paquete, “todos mis dibujos”. En medio al gran cartapacio estaban los bocetos de la abadía–laberinto de El nombre de la rosa. Nos bebimos otro whisky doble y tras una larga conversación, en la que compartió su inquietud por la novela que estaba escribiendo —El cementerio de Praga—, nos despedimos. La bruma envolvía afectuosamente la masa de Umberto Eco mientras se alejaba, de vuelta a su casa. Conservamos recíprocamente nuestros tesoros por varias semanas.

Hace apenas unos días Juan Cruz recordó, desde las páginas de El País, uno de nuestros últimos encuentros con el Profesor, en compañía de Helena Lozano, su traductora al castellano y alumna fidelísima, y de Manuela Melato, donde, con su inacabable sentido crítico y fina ironía, Eco nos guiaba con un par de gestos silenciosos expresados con sus manos, como si estuviese acariciando una idea para dejarla ir; como un felino a través de los meandros en los que nuestra confusa pasión por el conocimiento nos perdía: Umberto Eco, en el claroscuro de la Historia, palpaba el hilo de Ariadna para salir del Laberinto evitando las fauces del Minotauro.

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