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Lunes , 24.09.2018 / 13:07 Hoy

Una historia de amor subterránea

Solo se vieron cuatro veces antes de que él partiera al Frente Occidental con el ejército británico, pero mantuvieron una hermosa y trágica relación, ella en Inglaterra y él en las trincheras y los túneles a 10 metros bajo el suelo de Bélgica.

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Los dos soldados británicos avanzaron cautelosamente por el túnel de un metro y medio de alto y uno de ancho. Iban agazapados y empuñando sus armas, llegaron hasta el final de la galería; debían verificar si —como sospechaban— el enemigo estaba frente a ellos. De pronto, una ensordecedora detonación rompió la angustiosa quietud e hizo que las lánguidas vigas que sostenían el techo se vinieran abajo y las paredes se comprimieran cubriendo de escombros todo el pasaje.

Eran pasadas las siete de la mañana del 28 de abril de 1916 cuando la vida de Geoffrey Boothby, de 22 años, quedó sepultada trágicamente 10 metros bajo el suelo de Bélgica, y con él, la hermosa historia de amor epistolar que mantuvo con una chica británica cuya fotografía muy probablemente se encontraba en el bolsillo de la guerrera del oficial caído.

Aquella fotografía había llegado en una carta fechada el 23 de marzo de 1916. Esa correspondencia pertenece a un paquete de misivas que estuvieron ocultas por décadas en el ático de una casa inglesa y que hasta hace poco fueron dadas a conocer; con ellas salió a la luz una maravillosa historia de amor que tuvo lugar entre las trincheras de la Primera Guerra Mundial, conflicto que este año cumple un siglo de haber iniciado.

DESCUBRIMIENTO SORPRESA

Hace 24 años, el 6 de abril de 1990 en Birmingham, Inglaterra, Arthur Stockwin se encontraba escombrando la casa victoriana que sus padres habían comprado en 1934 para venderla, cuando encontró la llave de un arcón abandonado en el ático.

Cuando abrió el arcón, el hombre descubrió en su interior una caja de cartón llena de cartas intercambiadas entre su madre —quien había muerto unos siete años atrás—, y un joven oficial de la Primera Guerra Mundial, llamado Geoffrey Boothby, de quien nunca había escuchado hablar. En su narración, Arthur dice que su madre jamás le mencionó aquella relación ni tampoco que guardara aquellas correspondencias entre ambos, por lo que la historia le pareció “difícil de creer”.

Stockwin se sentó ahí mismo y leyó de corrido las 39 cartas que formaban el paquete. El hijo de Edith Ainscow era la primera persona que leía aquellas misivas amorosas después de casi 80 años de que fueran escritas y enviadas de uno y otro lado del Estrecho de Dover.

En ellas, el hombre descubrió una relación a distancia que había nacido apenas unos días antes de que Geoffrey Boothby partiera a la guerra y que tuvo un final trágico. Ahí se reflejaba cómo había evolucionado, subido y bajado de intensidad al paso de cada comunicación, esa relación entre el joven que formó parte de la desdichada generación que marchó a la Gran Guerra y una de las millones de chicas que experimentaron el temor continuo a las malas noticias.

Indirectamente, Arthur encontró, además, unos de los pocos documentos que describen cómo fue la llamada guerra subterránea, ya que Boothby fue asignado a la sección de zapadores, un pequeño y hermético grupo que estuvo a cargo de construir trincheras y túneles, parte del gran entramado de cientos de kilómetros de extensión a lo largo de todo el Frente Occidental, que pertenecían al cuerpo de Ingenieros Reales.

FORTUITO ENCUENTRO

Según se lee en el censo nacional inglés de 1901, Charles Geoffrey Boothby nació el 13 de diciembre de 1894 en Brixton, un suburbio ubicado al sur de Londres, en una familia de clase trabajadora. Por su parte, Edith Ainscow nació el 9 de enero de 1898 en Birmingham, una ciudad ubicada en el centro del país en un hogar también de clase trabajadora.

Unos años más tarde, en 1911, los Boothby se trasladarían a West Bromwich, a unos 10 kilómetros de Birmingham, donde el padre de Geoffrey fue asignado para trabajar para una empresa química. Es en esa ciudad donde el joven pelirrojo se haría amigo de Arthur Ainscow, el segundo de los tres hijos del doctor James Ainscow y hermano de Edith, quien iría al frente de batalla casi al mismo tiempo que Boothby, pero a Mesopotamia con el Real Cuerpo Aéreo. Aunque no está claro si fue Arthur Ainscow quien presentó a Geoffrey y a Edith, es muy posible que así haya sido.

En el otoño de 1913, Geoffrey se había inscrito en odontología en la Universidad de Birmingham. No obstante, dos meses después del asesinato del Archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914, acto que precipitó la declaración de guerra de Austria contra Serbia y que desencadenó la Primera Guerra Mundial, Boothby ingresó a la academia de oficiales de Camberley, un poblado asentado a 50 kilómetros al suroeste de Londres.

En esa academia Edith visitaría Geoffrey, uno de los cuatro encuentros que el propio Boothby calcularía en una carta que tuvieron antes de que él partiera en julio de 1915 a Francia. A pesar de los breves encuentros, los dos jóvenes ya habían encendido la relación. El resto de su historia se daría de forma epistolar y bajo condiciones muy difíciles.

ENTRE BOMBAS

Cariño:”, escribió Geoffrey a Edith, “ahora ya tienes un auténtico ‘soldado solitario en algún lugar de Francia’. Aunque no está muy solo. (…) Estamos detrás de la línea de fuego, a la espera de nuestro turno para foguearnos en una pequeña refriega amateur. Conociéndote como te conozco (después de estar contigo, creo, durante un periodo de cuatro días incompletos, en total); conociéndote como te conozco, repito, estoy seguro de que condonarás este receso temporal del continuo mal de amores que se supone debe atormentarme siempre que esté ausente del número 1 de Beeches Road”.

Aquella comunicación —fechada el 26 de julio de 1915 y firmada únicamente en Francia— muestra claramente la sensación de angustia e incertidumbre ante la guerra y su relación amorosa, a causa de que ella pudiera estar con otro chico mientras que Boothby pelea en el Frente Occidental. Pero también dibuja, como pocos documentos, la gallardía y el valor con que los soldados marchaban a los campos de batalla del sangriento conflicto que dejó más de nueve millones de muertos en solo cuatro años.

Por un lapso de varios meses, Boothby le describe a su amada el paso de los días, de su ascenso como oficial de los zapadores y su desplazamiento a Ypres (una ciudad del norte de Bélgica que sufrió el primer ataque con armas químicas de la historia) con la intención de construir no solo trincheras, sino túneles que pudieran llegar hasta la posición del enemigo por debajo de la tierra y estallar cargas de explosivos debajo de ellos.

Hola, cariño: ¿Cómo estás? Yo me siento en plena forma, aunque estoy en las trincheras. Embarrado de pies a cabeza y mojado hasta los huesos. Con todo, la fortuna me sonríe: tengo a mis pies un brasero ardiendo y estoy en un refugio subterráneo amplio y seco. ¿Qué más puedo pedir? He pasado una noche muy dura, trabajando en el pozo en las condiciones más arduas: humedad, frío y mala suerte”, escribió Geoffrey a Edith el 27 de noviembre de 1915.

Ms adelante, resulta interesante la descripción que el soldado hace sobre la última semana de combates en los que ha participado: “Anteayer la muerte alada se quedó a cinco escasos centímetros de acertarme cuando asomé la cabeza demasiado curiosa por encima del parapeto. Fue una suerte que fallara (…). Ayer fuimos importunados por tres granadas que cayeron a menos de diez metros de nuestro refugio. Una de ellas nos destrozó la entrada. Pero nos vamos acostumbrando a esas bagatelas que son las bombas en esta parte del mundo”.

UNA VOZ TE LLAMA

Querido: Esta noche hay una luna sencillamente encantadora y mi estado de ánimo es el adecuado para contemplarla, así que por favor, perdóname si esta carta te parece muy ridícula. Antes de escribirte me espero hasta recobrar la serenidad, pero esta noche me es imposible esperar. Debo escribirte ahora”, se lee en la primera carta que Geoffrey guardó de su amada a quien llamaba “Ojos azules” y que fue fechada el 11 de diciembre de 1915.

Me pregunto qué estarás haciendo ahora mismo, en este preciso instante. Me gustaría pensar que estás contemplando la luna, pero supongo que debes de estar demasiado ocupado para eso. Voy a imaginar que la estás mirando, pues esta noche deseo un peu d’amour.

Dime cuál es tu deseo más fuerte. Quiero saberlo. Prometo no darme aires ni nada de eso, pero como ves, no puedo prometer no ponerme sentimental, puesto que ya he perdido los estribos. (…) Yo también tengo un deseo —¡oh!, un deseo muy intenso— lo conocen los dioses del Olimpo, de modo que se hará realidad.

Hace unos días, mientras preparaban los budines navideños, aproveché la ocasión para realizar mi humilde petición. Recité las palabras mágicas, removí el budín y formulé mi deseo. Así que todavía tengo esperanzas.

Abajo alguien está cantando, y la letra se adecua perfectamente a mi estado de ánimo. Me gustaría que pudieras oírlo. ¿Lo conoces?

Night and the stars are gleaming/ Tender and true /Dearest my heart is dreming /Dreaming of you.

(Es de noche y brillan las estrellas/ Dulces y puras /Querido, sueña mi corazón /Sueña contigo./ “Somewhere a voice is calling”, Eileen Newton, 1911)

Días más tarde Geoffrey respondió así: “‘Es de noche y brillan las estrellas’. Un momento harto romántico para escribir; yo leí en unas condiciones muy distintas, pero no menos románticas. A diez metros por debajo del suelo de Bélgica y algo más cerca de los hunos que de nuestras trincheras. Pero en aquel momento el Bosch se encontraba a muchos kilómetros de distancia de mi mente.

“‘Querido, sueña mi corazón’, me dices. Una canción fabulosa, aunque si hubieras visto al canalla cubierto de polvo llamado ‘yo’, a duras penas hubieses dicho que tuviese corazón, y mucho menos uno de catadura sentimental. Sea como fuere, oí la canción la misma noche que la escribiste, y aunque no estuviésemos ambos contemplando las estrellas, lo cierto es que nuestros pensamientos no eran muy diferentes”.

Más tarde, ambos se enviarían sendas fotografías de sí mismos, las cuales serían apreciadas como un tesoro. “Ahora mismo tengo tu foto delante de mí y apenas si puedo apartar los ojos de ella, siquiera para escribirte. No sabía que nada pudiera hacerle a una tan feliz”, escribió Edith. Por su parte, Geoffrey relató: “Acabo de recibir tu foto. La verdad es que apenas me atrevo a decirte lo que pensé de ella. Es maravillosa, estás encantadora. Casi me hace gritar de alegría”.

FRENTE IMPOSIBLE

La región de Ypres está llena de trincheras y cementerios de soldados pertenecientes a la Commonwealth británica, un número exacto de 160. A casi un siglo de que aquí se llevaran a cabo cuatro años de intensas batallas entre los Aliados y los alemanes, es muy complicado imaginar que la guerra se haya librado no solo en tierra y aire, sino por debajo del suelo.

Dominiek Dendooven, director del Centro de Investigación del Museo de Ypres, explica que esto se debió a que avanzar por la superficie se hizo muy complicado: “En un momento, las tropas no se movieron más, así que se les ocurrió que podían excavar para llegar a las trincheras enemigas. Una vez que calculaban estar bajo de ellas, hacían detonaban los explosivos”.

Según el libro A diez metros bajo el suelo de Bélgica, que el propio Athur Stockwin publicó en 2005 para dar a conocer la historia, Boothy escribió tres versiones de un incidente similar al que acabó con su vida. En ellas relata que habían encontrado en uno de los túneles un aparato de comunicación alemán —una especie de micrófono que parecía espiar sus movimientos— luego de escuchar sonidos debajo de ellos, por lo que decidieron arrancarlo y tapiar la galería para después hacerla estallar.

Dar con el lugar donde quedó atrapado el cuerpo del oficial Boothby no es sencillo. Es una colina ubicada en el bosque del Ferrocarril, a cinco kilómetros de la ciudad de Ypres donde se levanta una cruz blanca. En su base se puede leer: “Bajo este lugar yacen los cuerpos de un oficial, tres suboficiales y ocho hombres adscritos a la compañía de zapadores 177 de los Ingenieros Reales que murieron en acto de servicio bajo tierra durante la defensa de Ypres entre noviembre de 1915 y agosto de 1917”.

Aquel oficial era Geoffrey Boothby, quien no logró leer la última carta que Edith Ainscow le escribió y le envió, para entonces ya estaba enterrado muy cerca de este sitio, seguramente con el retrato de Edith en el bolsillo más cercano a su corazón.

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