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Viernes , 19.10.2018 / 15:29 Hoy

Una familia es una casa

A fuego lento

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Vanesa Garnica no se pasea por Londres luego de asistir a un coloquio transfigurado en un intercambio de elogios y tarjetas de presentación, no pasa temporadas en Madrid o Barcelona para concluir su próximo libro ni goza de algo así como la bendición de un clan influyente. Y, sin embargo, ha escrito una novela que logra transformar las verdades más ásperas en delicadas verdades literarias. No es poca cosa después de que uno se asoma a las mesas de novedades y solo encuentra súcubos emulando a una conejita de Playboy o a policías nadando en whisky.

En la novela de Vanesa Garnica valen tanto las presencias humanas y fantasmales como los ambientes. La casa abandonada que sobrevive en las afueras de Pátzcuaro guarda los ecos de un pasado idílico y a ella vuelven dos hermanos y un grupo de amigos tras 25 años de ausencia. No tienen otro afán que adecentarla y poner en venta, y quizá ufanarse de las malas decisiones que han marcado sus vidas emborrachándose desde el amanecer. ¿Cinco cuarentones jugando a la adolescencia sin ambiciones y expectativas? Claro que no. Si así fuera, En un claro de bosque, una casa (Era, México, 2016) no pasaría de ser un libro de información práctica sobre el tránsito a la edad adulta.

A medida que la casa recupera su dignidad, va emergiendo una historia en cuya versión autorizada solo hay cabida para el duelo y el abandono. ¿Existe acaso familia que se respete cuyo álbum de recuerdos no reproduzca unos cuantos golpes del destino? Son justamente esos golpes los que la narradora asesta a dosis magras, de modo que cinco días de trabajo y jaleo se extienden hasta la infancia y desde ahí hasta la pena innombrable. Entre el padre que abandona el paraíso y la madre convertida en un despojo se halla el hijo menor, consumido a los siete años por un tumor espinal. Leemos y mientras tanto la vieja casa cruje y se vuelve contra sus antiguos inquilinos resistiéndose a develar sus secretos sin antes ver cómo se consuma el sacrificio.

Vanesa Garnica sabe ofrecerle palabras al dolor, sabe invocarlo y dosificarlo. Puede escribir, por ejemplo, “Eso es lo que nadie advierte sobre crecer: uno no encuentra ni se adueña de nada, más bien al contrario, va perdiendo piezas: un mecano incompleto, una cabecita chimuela”, y de inmediato hacer escarnio de una vecina incómoda; o arriesgar una definición tras acostumbrarse al zumbido de la hierba: “así como la literatura es la vida, esa casa de mi infancia es el campo magnético del todo, el centro del movimiento, de la experiencia biológica entera”. No se contenta con nombrar una sensibilidad o una congoja; debe someterla a un ritmo verbal que sorprende porque llega hasta nosotros con naturalidad a pesar de que nace del artificio. Por eso, porque no se contenta con mimar al lector, hay que leer su novela de nuevo y esperar sin disimulo su siguiente paso.

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