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Domingo , 27.05.2018 / 07:13 Hoy

Una buena puesta en escena de la 'Sonata de otoño' de Bergman

Montaje de una obra en la que "la intención de los personajes es su propia redención".

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Erandi Cerbón Gómez

"La hija da a luz a la madre": ¿cuánta fuerza se debe tener para indagar en ello? Allí hay un sentimiento que por poco Bergman no tuvo fuerzas para llevar al final, pero logró hacerlo al poner énfasis en lo incomprensible o inexplicable, más que en una pretensión de moraleja.

Al principio se transita con la indiferencia propia de las cosas que son demasiado cercanas, y por ende se vuelven irreconocibles; hay un acostumbramiento a colisiones gracias a la singular apatía de cada personaje por el mundo.

Son restablecidas evidencias en lo agónico de una relación que expiró hace tiempo, el goce está cercenado: los sentidos embotados en la inmediatez de la vida han saturado a Eva (Aída López) por causa de contactarse únicamente con meras superficies banales. Ahora surge la posibilidad de tratar que su existencia, al igual que la de su hermana Helena (Diana Ávalos), deje de consumirse inútilmente, en una afónica sonata desfasada por culpa de Charlotte (Patricia Marrero), madre de ambas, inconsistente y mezquina.

Los términos reales del mundo trastabillan. Ingresar en la confrontación es no acceder a postergar indefinidamente deseos propios. Todos los personajes tienen una conexión inédita para persuadir la locura. Dejarse de fingimientos para poder abarcarlo todo es el objetivo; la pasión ofusca, es cierto, pero no por ello la necesidad de que nos amen o de que nos admiren debe volvernos vulgares. La intención de los personajes es su propia redención.

El deseo de reconciliación es la dirección que pretende tomarse, pero no es un camino factible por cómo se va abordando la historia, degradándose progresivamente. La confrontación ocurre en estado de inconsciencia en un espacio furtivo, donde no son residuos falsos inscritos en la memoria lo que condena a seguir anhelando aquello que no se supo aprehender. El deseo como dirección no puede revelar el carácter inaprensible de su presa: sería fraguar su razón de ser. La verdad es inaprensible porque para aprehenderla es preciso mirarla: el costo de hacerlo nos obligaría a prescindir del momento en que ocurren los hechos. Para aprehender es necesario dar un paso al costado de la vida, no vivirla. Mi valoración es elaborada a partir de aquello que está en los efectos y resulta venerable, lo contemplativo, lo compasivo; en este caso se trata de una buena puesta en escena en donde se adquiere una impresión de los materiales necesarios con que se construye toda sensibilidad.

Bergman tenía una fuerza artística inaudita, un dominio extraordinario sobre los instintos humanos para abordar problemas primordiales de la ética y poner en duda el valor de la existencia. Coloca en tela de juicio a la sociedad, a sí mismo, sabiendo comprender a los mezquinos en calidad de mezquinos, a los sensatos en calidad de sensatos; para lograr sobrevivir se convierte en personaje de sus puestas en escena; lleva una vida intelectual a fin de salvarse.

Sonata fría, que de forma perversa se califica cariñosamente de otoño, podría ser de invierno; pero vale la pena escucharla cualquiera que sea la estación del año.

Sonata de otoño, de Ingmar Bergman, bajo la dirección de Ignacio Ortiz, se presenta hasta el 12 de abril en el foro Sor Juana del Centro Cultural Universitario. Jueves y viernes, 20:00 horas; sábados, 19:00, y domingos, 18:00.

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