Dentro de un coche que pasa por Sullivan

Mujeres esclavizadas que pierden casi todo lo que ganan. Su dinero va al proxeneta, al policía, a la matrona.
Mujeres que para no ser torturadas deben dejarse violar por 30 desconocidos cada día.
Mujeres esclavizadas que pierden casi todo lo que ganan. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Algunas lo hacen por gusto— Charly (39; diseñador gráfico) es necio. No da para más. —¡Te lo juro!— y besa el crucifijo que ha formado con los dedos.

Mujeres esclavizadas que pierden casi todo lo que ganan. Su dinero va al proxeneta, al policía, a la matrona. Dinero que es abono para la corrupción, dinero que los tratantes de personas usan para comprar convertibles, diamantes y droga.

—Nada es solo blanco o solo negro en este mundo —si Charly no insistiera estaría declarándose culpable—, hay putas de todo tipo, ¿al menos me conceden eso?

—Excepto libres —la voz de Raquel (24, fotógrafa) es grave, estira las palabras—, ¡no hay prostitutas libres en la Ciudad de México!

Mujeres aprisionadas en la capital. En sus pueblos natales nadie las extraña. Trabajan turnos diarios de 16 horas. Escapar es una esperanza vana: si lo intentan, serán golpeadas hasta el borde de la muerte. Siempre hasta el borde; nunca más allá. Morir sería una salida demasiado fácil.

***

Cruzamos Sullivan en coche. Yo al volante. Las 7 de la noche del recién inaugurado horario de invierno. Noche cerrada. Domingo. Hace frío. A mi lado Raquel; atrás Charly. Una mujer escupe sobre la banqueta afuera del hotel Stella, frente al Jardín del Arte, entre una guardería infantil y el Monumento a la Madre. Decir escupe es exagerado; deja caer la saliva, mansamente, sin violencia, como una niña traviesa. “Yo sí le doy, aunque sea medio cerda”, palabras rápidas y espontáneas que Charly no piensa; por eso suenan tan verdaderas. Es una mujer pequeña (¿1.56?), falda diminuta, tacones blancos y las piernas desnudas. Piel lisa color tamarindo. Las cuchilladas de una cesárea marcadas en el vientre. Tendrá ¿37? Blusa blanca sin mangas. Lleva suelto el lacio cabello negro. Labios morados y pestañas postizas. Y Charly, ante el hostil silencio de Raquel, siente la necesidad de explicarse: que a veces paga por sexo, no lo niega; que le gusta coger sin palabras ni cortejo; que lo libera, que se descarga; que su sexo es sano: se viene y se va, sin golpes, sin ataduras, sin humillaciones; que no mamemos, que las prostitutas conocen su oficio. Y entonces Raquel explota. Hemos dejado Sullivan atrás, pero Charly y Raquel no han dejado de pelear.

***

Mujeres que para no ser torturadas deben dejarse violar por 30 desconocidos cada día. Y porque deben, la ley les da la espalda: no es violación si ellas —lo muestran las cámaras— están paradas en la banqueta en espera de clientes. 

—Al ir con putas estás solapando la trata, eres cómplice de la esclavitud de mujeres —Raquel se voltea y ve fijamente a Charly—. Solo espero que en verdad seas tan pendejo como dices y por lo menos no te des cuenta…

—Pendeja tu madre.

Me estaciono frente a casa de Charly, en Insurgentes y Hamburgo.  Se baja en silencio, sin despedirse.

Mujeres que beben cafés nocturnos a un costado del Parque España, que huelen en La Merced la alegría de la fruta fresca, que observan —a la altura de la estación Reforma— ir y venir, venir e ir, en Metrobús, cada minuto, a miles de personas. Sus sentidos pueden percibir la libertad, y ésa es la peor parte: ser esclavas al aire libre, bajo el terrible cielo de la Ciudad de México.

—Oye, Charly —dice Raquel antes de que cierre la puerta— ¿cuando manoseas la vagina de tus putas libres te quitas el anillo de casado? —y Charly le pinta pito a Raquel con el dedo.