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Un recorrido literario por Madrid

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El escritor jerezano José Caballero Bonald (Premio Cervantes 2012) afirma en su libro Un Madrid literario (Lunwerg) que la capital de España es “una ciudad espléndidamente agasajada por la literatura”. No exagera este poeta y flamencólogo afincado aquí, pues las principales calles de este territorio esconden la historia de un soneto, una novela, un ensayo, un autor, una tertulia o un sarao libresco.

Un año después de que el rey Felipe II decidió elevar la Villa de Madrid al rango de capital del reino y sede de las Cortes, nació el escritor Lope de Vega (1562-1635) quien en no pocas de sus comedias (Las ferias de Madrid, El acero de Madrid, Los ramilletes de Madrid) y en su poesía retrata las incidencias de la Villa. Lope estrenó varias de sus obras en El Corral de la Pacheca, convertido en Corral del Príncipe en 1583, situado donde hoy se erige el Teatro Español, en la céntrica Plaza Santa Ana. Los corrales más famosos de Madrid se encontraban entonces en el actual Barrio de las Letras o Barrio del Parnaso (en honor del poema de Cervantes, Viaje al Parnaso), entre las calles del Príncipe y de la Cruz.

  • Teatro Español, donde a fines del siglo XVI Lope de Vega estrenó varias de sus obras.

Miguel de Cervantes, quien llegó a considerar a Madrid “una ciudad desapacible y esquiva”, vivió en las calles León, Magdalena, Duque de Alba y Huertas. Su casa de la calle Magdalena estaba muy cerca de la del tipógrafo Cuesta y el librero Roble, impresor y distribuidor del Quijote a partir de su segunda edición. Los funerales de Cervantes y Lope se llevaron a cabo en la cercana iglesia de San Sebastián, donde se encuentra la tumba simbólica de Lope. En esa misma iglesia fueron bautizados Ramón de la Cruz y Jacinto Benavente, y se casaron Larra, Zorrilla y Bécquer.

  • Café Suizo.

  • Tertulia de Jacinto Benavente.

Cervantes, que murió en su casa de la calle León, fue enterrado en cambio en la iglesia de Las Trinitarias Descalzas. Lo curioso es que la calle donde vivió y murió Lope de Vega hoy se llama calle de Cervantes y, en la que murió Cervantes, se llama calle Lope de Vega. Paradojas literarias para dos personajes enemistados: “La hermosa Babilonia”, como se refirió Lope a Madrid, vino a jugarle el trago amargo de compartir calle y nombre con el autor del Quijote.

Otro habitante del Madrid literario fue Góngora, quien vivió en la ciudad entre los siglos XVI y XVII. Poco complaciente y mucho menos amistoso en su trato, al menos en lo que a otros escritores de su época se refiere, Góngora fue nombrado en 1617 capellán real. La vida de la ciudad no escapó a sus sonetos: “¡Malhaya el que en señores se idolatra/ y en Madrid desperdicia sus dineros!”.

También en Madrid vivió su contemporáneo y enemigo literario Francisco de Quevedo, quien se asentó frente al Convento de las Trinitarias, en la esquina con la actual calle Lope de Vega. En el número 61 de la calle Mayor vivió y murió Calderón de la Barca, uno de los mayores dramaturgos del Barroco español. Nacido en 1600, Calderón fue nombrado caballero de la Orden de Santiago entre 1635 y 1637 (ya tenía escritas cerca de 20 obras, entre ellas La vida es sueño, de 1636)) y capellán mayor por Felipe IV, quien además le convirtió en el dramaturgo oficial de la Corte en 1623.

Años después, el Madrid popular del siglo XVIII quedó retratado por Ramón de la Cruz (1731-1794): El Prado por la noche, Las tertulias de Madrid, El Rastro por la mañana y La pradera de San Isidro. En esta época comenzaron las reuniones que poco a poco se irían pareciendo a las tertulias literarias de café: en la Fonda de San Sebastián, en la calle del mismo nombre, esquina con Atocha, o las que convocaba la condesa de Montijo en su palacio madrileño de la Plaza del Ángel.

Con el tiempo, aparecerían las botillerías, predecesoras de las cervecerías, donde también comenzaron a hacerse frecuentes las tertulias. Dos de las más conocidas fueron La Canosa, en la carrera de San Jerónimo, y La Fontana de Oro, que Benito Pérez Galdós inmortalizó en su primera novela.

El mismo año del levantamiento del 2 de mayo contra las tropas napoleónicas (1808) nació José de Espronceda, considerado exponente del romanticismo de la primera mitad del siglo XIX junto a Larra, Martínez de la Rosa, el duque de Rivas y José Zorrilla. Algunos de los miembros de este grupo, a quienes el escritor costumbrista Mesonero de Romanos se refirió como “juventud alegre, descreída, frívola y danzante”, solían reunirse en el Parnasillo, en los bajos del antiguo Teatro Príncipe, un lugar “reducido y puerco”, según Larra.

Romanos, con más edad que estos escritores, es considerado el primer cronista de Madrid. Casi toda su obra puede servir de guía para conocer la ciudad, sus personajes y sus hábitos, desde 1820 hasta 1870: Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid en 1820 y 1821, Manual de Madrid, Panorama matritense, Escenas y tipos matritenses. Fue precisamente él quien impidió, dicen que a punta de bastonazos, que la casa donde vivió Calderón de la Barca fuera derruida.

Durante aquellos años, en la Plaza Matute tenía sede el suplemento literario El Imparcial, cuyo primer número apareció en 1870, convirtiéndose en la tribuna más importante de su tiempo. Ahí escribieron José Zorilla, Gustavo Adolfo Bécquer y Mariano José de Larra, quien solía utilizar distintos pseudónimos para firmar sus ácidas críticas: Fígaro, El Bachiller, El Duende o El Pobrecito Hablador. En 1870 también se publicó La sombra, novela de Benito Pérez Galdós y, tres años más tarde, comenzaron a editarse los Episodios nacionales.

El Madrid de Galdós constituye sin duda un detallado recorrido de las tres últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX. “Leer Fortunata supone adentrarse en el denso mundo de la Plaza Mayor; pasear con Máximo Mansosupone es pasear por las inmediaciones de la calle de Fuencarral; seguirle la pista al doctor Centeno es asomarnos a los alrededores de las calles de Toledo y del Almendro; interesarnos por las andanzas del indiano Agustín Caballero equivale a visitar su casa en la calle Arenal; seguir a Nazarín es lo mismo que deambular por Lavapiés, por el Rastro, por los suburbios; acompañar a la Benina de Misericordia vale tanto como recorrer las calles de las inmediaciones de Lavapiés: Mesón de Paredes, plaza de la Corrala, Ronda de Toledo”, escribe Caballero Bonald.

Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, España (y Madrid) atravesó por varios cambios políticos y sociales, que cristalizaron las reflexiones y preocupaciones de un grupo de intelectuales identificados hoy como la Generación del 98: Miguel de Unamuno, Ángel Ganivet, Ramón del Valle- Inclán, Pío Baroja, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado.

Madrid era entonces una ciudad habitada por 575 mil personas y en sus calles comenzaron a surgir cafés como Fornos, el Sólito, el Gato Negro, el Suizo, el Colonial, el Comercial, la Cervecería Inglesa y La Granja del Henar. Los dos más renombrados fueron Pombo, en la calle Carretas, cuya tertulia dirigía Ramón Gómez de la Serna, y La Granja del Henar, que acogió por igual tanto a los seguidores de Valle Inclán como de José Ortega y Gasset. De hecho, el autor de Luces de bohemia llegó a afirmar que todos estos cafés habían prestado a la clase intelectual un servicio más eficiente que muchas universidades juntas.

  • Tertulia de Ramón del Valle Inclán.

Madrid le debe a Gómez de la Serna innumerables textos en los que plasmó el sentir de la ciudad: sus novelas El Rastro, Piso bajo y La Nardo. Luces de bohemia de Ramón del Valle Inclán recupera los espejos del Callejón del Gato en uno de los ángulos de la plaza de Santa Ana donde, en efecto, había unos espejos deformantes en los que se reflejan Max Estrella y don Latino de Hispalis. En aquella ciudad en la que la bohemia se fragua, otros libros retratan el pulso de Madrid: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, de Baroja, o Troteras y danzaderas, de Ramón Pérez de Ayala.

A lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX, el Ateneo de Madrid, creado en 1910, se convirtió en punto de reunión de personajes que se movían por la filosofía, la política y la sociología: José Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Manuel Azaña, Américo Castro, José Bergamín, Salvador de Madariaga, Corpus Barga, Julio Camba, Gregorio Marañón, Gabriel Miró, Max Aub, Ramón Pérez de Ayala, Rosa Chacel, Francisco Ayala.

A partir de la Guerra Civil y, sobre todo, desde 1938, Madrid queda retratada en dos perspectivas: la de escritores como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Emilio Prados, José Bergamín, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Juan Gil de Albert, y la otra, la que tienen Agustín de Foxa, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio Montes, José María Alfaro.

Pero Madrid también se convirtió en tema (debido a la guerra) para escritores, cronistas, periodistas y novelistas extranjeros: André Gide, André Malraux, Ernest Hemingway, John Dos Passos, Antoine de Saint-Exupéry, Jean Paul Sartre, Paul Eluard, George Orwell, Albert Camus, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Vicente Huidobro.

La posguerra anunció en la década de 1950 una incipiente recuperación literaria con La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela; Nada, de Carmen Laforet, y El camino, de Miguel Delibes. En La colmena, Cela retrata un Madrid todavía “jodido” por la Guerra Civil y Juan Benet escribe Otoño en Madrid hacia 1950.

Fuera de las páginas literarias, tiene como puntos de encuentro el Teide y el Café Gijón, pero también el Comercial o el Café Varela, al final de la calle Preciados, en pleno centro. Se trata de una década en la que conviven cuatro generaciones literarias: la del 98, con Pío Baroja y Azorín; la del 27, con Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego; la del 36, con Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Panero, Carmen Conde y Ridruejo, y la de 1950 con García Hortelano, Juan Goytisolo, Ángel González, Juan Eduardo Zúñiga, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite y Alfonso Sastre.

Mientras el café Lyon y el Pelayo seguían siendo punto de reunión, algunos locales nocturnos como Oliver, en la calle Conde de Xiquena, se convertían en lugares de encuentro en donde se conspiraba y se hablaba de literatura. En el Bocaccio, en la calle del marqués de la Ensenada, se reunían personajes como Ángel González, García Hortelano, Pepa Ramis, Antonio Gala o José Caballero Bonald. Pero también existían otros como el club Dickens, en la calle Padilla, o el Cock, en la calle de la Reina.

No obstante, en Madrid las tertulias literarias más sonadas y recordadas fueron las del Gran Café de Gijón. Ahí, uno de los meseros atiende a los clientes soltando citas literarias. Se llama José Bárcena y trabaja aquí desde el 1 de mayo de 1974. Se ha codeado con escritores como Francisco Umbral, Manuel Vicent o Arturo Pérez Reverte. “Ya decía Unamuno que la mejor universidad son los cafés”, afirma este hombre de pelo blanquísimo, barriga abultada y nariz aguileña.

  • Gran Café de Gijón.

A Bárcena le es difícil hacer una lista de los personajes que ha conocido en este lugar. “Siento debilidad por los artistas, sobre todo por los bohemios. Aunque alguien a quien recuerdo muy gratamente es al doctor Severo Ochoa, por el amor que le profesaba a su mujer cuando venían a comer judías verdes, siendo ya muy mayores, después de llevar muchísimos años casados.

Otra figura que no olvidaré es Pedro Beltrán. Fue conocido como guionista, por ejemplo, de El extraño viaje o El anacoreta (ambas de Fernán Gómez), pero también fue actor, bailarín de claqué, torero y algo así como un padre para el Café Gijón, porque al margen de todas esas facetas, la de contertulio era la que preferían quienes tuvieron la suerte de charlar con él. En los setenta, todas las noches venía aquí en torno de las once y media de la noche y se quedaba hasta la hora de cierre charlando en la llamada Tertulia de los Cómicos, con García Tola, Gila, o José Luis Coll, que venía con una grabadora escondida en la chaqueta para aprovechar, para sus espectáculos, las frases que se soltaban”.

Uno observa las paredes y las mesas de este sitio y es inevitable evocar la voz grave (y la mala leche) de Fernando Fernán Gómez. José Bárcena afirma, sin embargo, que el actor, director y escritor no era un ogro.

“Cuando empezó a venir, siendo muy joven, su vocación era la literatura, así que se sentaba en la tertulia de los escritores, que entonces componían fundamentalmente los de Nueva Juventud Creadora: García Nieto, Revuelta, García Luengo, Cela… Años más tarde se sumaría Umbral, que en sus primeros años, a los que se refirió en su libro La noche que llegué al Café Gijón, pedía siempre un vaso de leche. Fernán Gómez entró de golpe en el mundo del espectáculo, interpretando papeles donde hacía de graciosillo, por aquella cara de acelga pecosa que tenía. Y fíjate si era buena gente que creó el Premio de Novela Café Gijón en 1950 con la idea de ayudar a Eusebio García Luengo, un personaje genial, que venía a primera hora de la tarde y tomaba el café cucharilla a cucharilla, de tal manera que si se iba a las diez de la noche ¡se dejaba media taza!

Estuvo casado con la actriz Amparo Reyes, pero aquel era un amor solo basado en una atracción sexual, y se separaron teniendo tres o cuatro hijos en común. Entonces él sufrió muchos problemas económicos, y Fernán Gómez creó el mencionado premio para obligarlo a escribir y poderle dar una buena cantidad de dinero. Durante dos meses, no lo dejaban sentarse a la tertulia, lo dejaban en una mesa aparte, escribiendo. Y le concedieron el galardón, que todavía existe”.

Tantos años aquí le han dado la oportunidad a Bárcena de escuchar muchas cosas (la mayoría no quiere contarlas), pero destaca que en un lugar como éste caben todas las ideologías. “El Café Gijón tiene fama, al mismo tiempo, de haber sido un nido de rojos y una atalaya del régimen franquista. Después de la Guerra Civil, cuando se exilió toda la gente de izquierdas, los que quedaron eran los adeptos al régimen. Pero no faltaba gente de izquierdas, como los llamados Positivistas, o un intelectual para mí destacadísimo: Buero Vallejo. Bajo su apariencia lánguida, siempre con su pipa, había un optimista. Hablaba solo cuando creía que lo tenía que hacer. Fue inspirador y memorable el discurso que pronunció en la comida que le hicieron aquí a Gerardo Diego cuando le dieron el Premio Cervantes. Le recordó a los escritores jóvenes presentes que como escritores tenían el deber de comprometerse, denunciar y despertar la conciencia y la ilusión de los demás”.

Hoy el Gran Café de Gijón es visitado por muchos turistas y gente de todos los oficios y tendencias y sus tertulias se han visto mermadas tras el fallecimiento de sus visitantes más famosos. Pero, dice el mesero, “en la actualidad sigue viniendo Raúl del Pozo, que ya venía de joven y era un latin lover, Manuel Vicent o Arturito Pérez Reverte, que me regaló todos sus libros cuando se quemó mi casa, como también hizo Julio Llamazares. Después de saludar a unos y otros, Arturo se sienta a despachar la correspondencia que yo le hago llegar, cartas que me entregan sus seguidores. ¡Si algún día queréis escribir a algún autor que venga por aquí, no dudéis en contar conmigo!”, se ofrece, y enseguida se va a servir más cafés.

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