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Un hombre alegre

Bienvenido al club de los 24, sin fama, en un cuarto de azotea, las palomas que viven en el techo son más dignas que tú. Amy Winehouse me habla con una voz profunda.

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Incendiarlo sería tan fácil. Le escupí en la cara a la soledad. Bidón de gasolina y un cerillo: aliados que cualquier persona harta de la vida, necesita para dar un paso realmente importante. La soledad no llegó antes de los 24 años para devorar mis ojos y nervios. Un día llegará, se comerá el corazón, lo escupirá en mis botas. No servirán de nada las pastillas para dormir, ni el sonido de la televisión de los vecinos para no pensar, raticida, botellas llenas o vacías: no servirán de nada. Tranquilo, la vida ya no puede romperte los huesos, ¿no la ves? Tú la esperas, ella pasa sin detenerse, te ignora. Amas la vida, la desprecio, el punto que nos aleja para siempre. Bienvenido al club de los 24, sin fama, en un cuarto de azotea, las palomas que viven en el techo son más dignas que tú. Amy Winehouse me habla con una voz profunda, Cause you’re my fella, my guy, hand me you Stella and fly. Quisiera largarme. No tengo una cerveza belga o un jale, tal vez por eso no puedo volar. Su voz incesante en mi cabeza y me preguntó quién demonios clavó un cuchillo dentro, antes de perder la inocencia. Lo último que dijiste: “No esperaba verte, recordar tu rostro me hace daño, tus ojos vivos de tristeza”, deslicé la cajetilla de cigarros, el paquete de chocolatinas, un rastrillo, un cuarto de ron, agua mineral, me sentí estúpido, solíamos robar, no trabajar en estos sitios. Pensé que el turno nocturno evitaría encontrarme a alguien del pasado: sitio detestable de toda historia personal. Incendiarlo sería fácil, ¿por qué me miras como si pudieras decidir? Inmensos ojos llenos de hambre, ¿qué es más triste? ¿un humano con hambre o una perra hambrienta? No lo sé, dividamos la pena, apostemos a sobrevivir esta noche. En ningún sitio encontraríamos semejante abundancia, un bidón de gasolina robado, una caja de cerillos, un cuarto.

Las notas de amor llenan una caja de basura, las conservé todas. A veces las pego en la pared y las leemos juntos. No existe amor más honesto que la rabia. Se largan los dos. Es la última vez que soporto el olor de tu asqueroso animal. A la próxima llamo a la policía. No me pagues, está bien, encontrarás tus mugres afuera. Un día no podrás abrir, te lo advierto. Es la última vez que la escucho ladrar, abriré mientras no estás. Gracias por el pago, no es suficiente, lárguense. ¿Qué te pasa? No dejan dormir, no subí porque mi hijo me pidió que me calmara. ¿Por qué me engañaste? Pensé que eras una persona honorable cuando me presentaste tus recibos de pago del museo, debí desconfiar cuando me dijiste que trabajarías en un Seven Eleven. No eres pintor, ni criticas al arte, investigué, no publicas en ningún periódico. ¿Podrías bajar a hablar conmigo cuando llegues? Necesito que pagues la ropa del vecino del cuarto 9 que ensució tu fiera horrible. Otra vez mató una paloma, qué asco, la dejó en las escaleras destrozada. Piénsalo bien, porque estoy a punto de llamar al antirrábico. Dale de comer, pobre animal, eres una porquería. Leo la última de las notas: nunca te creí capaz. ¿No tenemos derecho a la privacidad?, somos como conejos de granja, amontonados, entrometidos en los problemas estúpidos de la pared contigua, sumergidos en los fluidos de los sonidos que probablemente engendren seres más desgraciados que los emisores, I told you. I was trouble.

Cierro los ojos, el bidón de gasolina descansa en la cama como una hermosa mujer que abre las piernas a su amante. En el rincón un cajón de madera barata sostiene la caja de cerillos, he dejado uno afuera que me coquetea, parece sonreírme mientras cuento las monedas, 39 pesos, dos estómagos vacíos. Detesto las galletas habaneras. Algunos días podía darme el lujo de sentarme a comer pato en la Specia, comida polaca, el dueño solía comprarme cuadros, pagarme con majestuosas comidas. Exageran los que comparan el Soho con la avenida Amsterdam, las personas de plástico barato, los perros pasean a muchachitas enfundadas en ropa deportiva de mal gusto, ¿adónde se fue el buen gusto? American Apparel, el snob social viste terrible, Dior: perdóname, considero que tus sacos son una baratija. Ni siquiera huelen a Cartier. Antes de las bicicletas se podía caminar en la colonia Condesa, no solo debes cuidarte de los autos, podrías morir atropellado por un ciclista, respeta las fantasías neuróticas suicidas. Hombres mayores caminan sin prisa, nos consolamos creyendo que tenemos una mejor ciudad que cualquier otra. La ciudad es anónima, no sabes quién es tu amable vecino. Decidimos salir. La noche lluviosa nos apaga con su cortina helada. Abro la botella de ron que robé en el trabajo, un poco de líquido dentro, se apaga el fuego que me habita o tal vez se aviva. Es tan difícil entender lo que nos hace funcionar.

Cruzamos avenida Chapultepec. Bucareli quedó atrás. Pateamos el cemento para ver si nuestra maldición o el hambre, desaparecen. Nos acercamos a un puesto callejero, conoces el truco, ladras tan fiera, el turista tira lo que come, ganaste un perrito caliente, avanzo, me sigues, el hombre me exige el pago del bocadillo, corremos hasta la esquina con Flora, una calle oscura, solitaria. Nos agazapamos, el hombre desiste. Todos ven tu mandíbula, menos tú, eres incapaz de hacerle daño a cualquier ser viviente. Los gatos de los palomares son los que cazan por diversión, las palomas muertas no son tu culpa. Te acaricio, tendremos que despedirnos. Nadie nos obliga a permanecer juntos por siempre, la eternidad no existe. Mi estómago cruje de ansiedad. Una mujer estaciona su auto, entonces sucede, baja descuidadamente hablando por teléfono. Te lanzas contra su bolsa, la sujetas con fuerza, jalas, saltas, asustada retrocede e intenta subir al cofre, ahora es nuestra, corres por Flora hasta Puebla y Mérida, ahí nos encontramos siempre. Un hombre inteligente jamás necesitará de un vulgar cuchillo o un arma. Sacamos el dinero, lo que pueda venderse. Caminamos hasta Jalapa. Nos perdemos en la Glorieta. Te compro algo de comida en cualquier puesto de perritos calientes y un sobre de carne en K-Mart de la Zona Rosa. Una dona, algo dulce que colapse mi cerebro. Me esperas afuera del local. A lo lejos se escucha el rumor de un karaoke. Decido entrar, te echas en la puerta, llueve, no te quejas, eres lo único que tengo, jamás pensé que sería capaz, tal vez nuestra casera tiene razón, soy un farsante. Debería robar un impermeable a los que pasean en Reforma. Las canciones me molestan, salgo. Caminamos por Reforma, Polanco, sus luces estratégicas nos reciben. Cualquier descuido es nuestra fortuna. Un alto en la esquina de Temístocles, habla por teléfono, la ventanilla abierta, un maletín de cuero descansa en el asiento de al lado. Entras al auto por la ventanilla. No puede pensar, está nervioso.

—Las llaves, la cartera, arrójalas al asiento de atrás.

—No me hagas daño.

—¿Crees que vales tanto como para hacerte daño? Bájate

—¡Aléjalo!

—Si no te callas te arrancará la cabeza o la mano. Anota los nips en la aplicación de las notas voz, por tarjeta. Atrévete a una estupidez y te buscaré, llevo tiempo siguiéndote.

Graba la nota de voz. Le hago repetir tres veces más, grabar el código de teléfono que le arrebato. Baja y subo. Estás tranquila, nunca harías daño a nadie, la maldad es un acto humano, te echas en el asiento de atrás. Avanzo, nos perdemos en Ejército Nacional. Bajamos por Lamartine hasta Masaryk. Estacionamos el auto en Galileo y Newton. Una cartera con tarjetas, más de 5 mil pesos en efectivo, el maletín tiene papeles de banco, contratos, efectivo separado en tres secciones. Husmeo, arquitecto, estuvo en el banco, es la raya de los miserables albañiles que explota. Me gustaría dar una vuelta, tomar un trago en el Hotel W. Tienen razón. Los peleadores de perros me darían menos por ti. Tal vez cuando el dinero se acabe terminaré haciéndolo. Prendo la radio, avanzamos en la noche. Dejaremos el auto en alguna calle de la colonia Buenos Aires, sabrán aprovecharlo. Tus ojos, luz que no se apaga. La alegría no es un estado de ánimo, es una galleta para los perros domesticados y felices, salta por ella, te la regalo.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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