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Sábado , 26.05.2018 / 20:27 Hoy

Un escritor secreto

La noticia de la aparición de sus Diarios (1945–1985) fue por eso un regalo para mí. Aunque los había leído, durante semanas imaginé cómo sería el libro, pero mi imaginación no fue suficiente. 

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Malva Flores

Todos hemos realizado alguna vez un deslinde de los escritores que leemos: apuntes íntimos que hablan de nuestra percepción de sus obras y de ellos mismos. Pensamos, tal vez, en la existencia de dos clases de escritores: quienes lo son y quienes lo aparentan. A partir de esa primera distinción elaboramos otras, más personales aún. Hoy se llama “escritor de culto” lo que probablemente yo designo como “escritor secreto”. Junto con Alejandro Rossi y un puñado más, Salvador Elizondo es uno de mis escritores secretos preferidos —quizá el mayor de ellos.

Hay otros en mi clasificación. Los nombro “escritor biblia”, pero podrían llamarse “escritor I–Ching” o cualquier nomenclatura que sirviera para definir su carácter: una suerte de verificación del azar objetivo, cuya naturaleza se revela en el momento en que se abren las páginas de alguno de sus libros y ahí está la respuesta que buscamos. Tengo dos o tres escritores “biblia”. Los “secretos” —esa cofradía caprichosa, reducida— deambulan en mi biblioteca mental dejando a su paso un resplandor talismánico: el que me protege contra la intromisión de los rabiosos ignorantes que quieren destruir —con su lenguaje bárbaro, diría Rossi— la literatura.

Regreso siempre a Salvador Elizondo cuando quiero respirar: oxígeno en el aire enrarecido por las fórmulas con las que hoy se habla de literatura e, incluso, con las que se escribe algo que nos quieren vender como literatura. La noticia de la aparición de sus Diarios (1945–1985) (prólogo, selección y notas de Paulina Lavista, Fondo de Cultura Económica, México, 2015) fue por eso un regalo para mí. Aunque los había leído en Letras Libres (donde aparecieron por primera vez), durante semanas imaginé cómo sería el libro, pero mi imaginación no fue suficiente. Dice Paulina Lavista, en el prólogo que acompaña esta edición, que a sus doce años conoció a Elizondo en casa de su padre, Raúl Lavista, y le pareció “fascinante”. Lo mismo puedo decir de este libro —y hay que destacar la curaduría de Gerardo Villadelángel y el diseño de León Muñoz Santini y Andrea García Flores—. La fascinación que provoca nace del propio libro visto como un objeto artístico, donde las fotografías de Lavista crean un nuevo relato que acompaña la lectura de las líneas escritas por Elizondo durante cuarenta años. Palabras, pero también dibujos, poemas, cuentos, y las semillas de varias de sus novelas o textos que vieron por primera vez la luz en sus cuadernos. Así, por ejemplo, el poema “El hipogeo secreto” (“Un libro en otro libro contenido/ que contiene al autor y al personaje/ confundiendo la forma y el lenguaje/ con que otro los hubiera proferido”) o el proyecto de los “Museos imaginarios”.

Apenas salido de la infancia, Elizondo se desesperaba en Elsinore y escribía: “A los 15 años estoy derrotado y ya no puedo luchar, todo a mi alrededor se mueve con pasos de incertidumbre y de tristeza a través del medio ambiente de mi melancolía infusa”. Me miro en el retrovisor del tiempo a esa misma edad, con un estremecimiento parecido que, por supuesto, nunca pude expresar de esa manera. Hay escritores que lo son y otros que lo parecen, pienso, mientras sigo leyendo y me encuentro la entrada del 13 de mayo de 1973, donde Elizondo lamenta la muerte de su maestro de pintura, Jesús Guerrero Galván, ese artista “de auras, de la luz, de cosas difíciles de pintar. Fue en cierto modo el pintor no de una realidad sino de un estado de ánimo mexicano”. Muy lejos de Elizondo el deseo de pintar el estado de ánimo nacional, pero su escritura es también el dibujo de un alma melancólica, a veces mordaz, o eso es lo que yo más admiro de su prosa notable, de su cadencia que nos habla por sí misma de una forma de leer el mundo: la de la poesía, a la que dedica no pocas entradas.

Sus opiniones políticas o sus apuntes sobre diversas tragedias nacionales harán las delicias de los comisarios del “campo cultural”, cuyo propósito no es entender, apreciar y compartir una experiencia estética sino denostar a un escritor que, en el caso de Elizondo, no creía en la “razón” de las mayorías ni tampoco en la de los políticos (“¿Cómo puede un político tener más la razón que un poeta?”, se pregunta). Él mismo da cuenta del cambio, al parecer irreversible, de la cultura mexicana. Al terminar 1980, escribe: “No soporto ‘el arte de nuestros días’. Todo está en manos y depende del juicio de tipos tontos que escriben artículos tontos. En este momento siento que me arrastra una marejada de estupidez”.

Aunque por su diario y por las fotografías desfilan personajes que van desde Borges hasta Ofelia Medina, encontramos cosas banales que le suceden a cualquiera: la descompostura de un auto, balances de fin de año, apuntes de viajes, enfermedades de los niños, cortes de cabello… Elizondo sabía que leeríamos esas minucias de la vida cotidiana. Pensaba que “leer un diario íntimo es un crimen comparable al de enviar cartas anónimas, solo que mejor”. En su caso se cumple esa última certeza: sus Diarios son también, y sobre todo, una obra artística.

En una entrevista reciente, Savater dijo que lo único que aún disfrutaba era leer, pues al hacerlo se sentía dentro “de un paraíso invulnerable en el que estaba feliz.” Eso me ocurre con los Diarios, porque quizá la índole genuina de un escritor secreto radica en su talento para provocar la existencia de esa zona de felicidad invulnerable y personal.

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