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Sábado , 22.09.2018 / 17:01 Hoy

Un desnudo de Calderón de la Barca

Bichos y parientes


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Calderón de la Barca es el escritor que más admiración literaria me produce. Literaria. No dramática (sus personajes son ideas vestidas, elocuencias en versos magníficos), no moral (no entiende el mal; hasta los demonios se excusan: “tengo licencia”, dicen cuando entran en escena). No he leído obra suya que no me produzca deslumbramiento: su versificación, su inteligencia, sus astucias formales. Y una admirable decepción: prefiero leer sus obras que verlas representadas: gran literatura, pero teatro arruinado.

Shakespeare es su antípoda: personajes con frecuencia contradictorios, incapaces de dar razón de sí mismos, inconsecuentes y... vivos. Pero las ideas morales de Calderón no solo se hicieron viejas. Algunas nos resultan insoportables: habría que ver un mundo en el que un violador remedia su daño casándose con la mujer que violó. Y el daño que repara no tiene que ver con ella sino con el honor de la familia y, en primer lugar, del padre. En esto, Calderón no es distinto de Lope y otros dramaturgos de su siglo. Quizá la misoginia del “honor” hispano tenga alguna herencia ideológica que no se ha tomado en cuenta en tanto debate actual.

La sexualidad y el erotismo no existen en las tablas del Siglo de Oro. El cuerpo les produce más miedo que los demonios. Se deja ver desde Lope y antes, pero en Calderón es aparatosa la distancia del ser humano en tanto alma e inteligencia y su inexistente cuerpo. El desnudo existe en la literatura picaresca, cuando a algún pobre varón le roban la ropa (siempre un hombre, jamás una mujer), o esa sucia fijación quevedesca con el ojo del culo, o en escasas escenas cómicas, como el Cardenio del Quijote. Pero son desnudos risibles y siempre textuales. Nunca en escena.

Por eso sorprende hallar en Calderón el único desnudo femenino del teatro del Siglo de Oro. O algo así. En El mágico prodigioso, Cipriano ha vendido su alma al diablo, a cambio de poseer a Justina. En la escena, Cipriano ve llegar al demonio con una mujer, cubierta con un manto negro. Cuando el diablo ha de desnudar a Justina para entregársela a Cipriano, arranca el manto y Calderón indica: “que con facilidad se quite todo y quede un esqueleto que ha de volar, o hundirse, o como se haga con velocidad, si bien será mejor desaparecer al viento” (vaya, hasta sus instrucciones escénicas son poemas).

No sé si tenga o no que ver, pero de pronto pienso en los periodicuchos amarillos: siempre la foto de una guapa casi desnuda, junto a la de un cadáver. Despertar el deseo e infundir terror.

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